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Los Austrias y la semilla de la locura

  • De Juana la Loca a Carlos II, César Cervera repasa en 'El imperio de los chiflados' los delirios de la estirpe de los Habsburgo

Los Austrias y la semilla de la locura

Los Austrias y la semilla de la locura

Los Austrias y la semilla de la locura

Actualizada 23/07/2016 a las 23:05
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  • COLPISA. MADRID
La semilla de la locura anidó en sus genes. Lejos de batallar contra ella, apostaron por la endogamia, "una estrategia suicida que la perpetuó". Esa es la tesis que César Cervera Moreno (Candeleda, Avila, 1988) sostiene en 'Los Austrias. El imperio de los chiflados' (La Esfera de los Libros), un ensayo en el que recorre la dinastía y detalla las chaladuras y graves problemas mentales, físicos y emocionales que caracterizaron a los monarcas de la casa de Habsburgo, reinante en España desde Felipe I y Juana la Loca hasta Carlos II, 'El Hechizado'.

Periodista especializado en temas históricos, Cervera se remonta a Felipe I, casado con Juana la Loca, con quien desembarcó en España una dinastía extranjera que había hecho ya de los matrimonios entre parientes y su tóxica consanguinidad su seña de identidad en Europa. Los Habsburgo ('los halcones') se implantan en la península a través de la descendencia de Juana la Loca, "quizá víctima de los malos tratos, con episodios de paranoia, melancolía y esquizofrenia y fobia a gobernar", enumera Cervera. Desde entonces, "pusieron la hacienda y la infantería castellana a disposición de sus disparatadas empresas", sostiene el autor.

"En el imperio de los chiflados, la locura y la genialidad convivieron sin problemas", arguye para explicar que la regia saga se perpetuara e hiciera posible la grandeza del imperio a pesar de sus taras. Analiza en detalle a los monarcas de una estirpe marcada por la endogamia y que colocaron sucesivamente en el trono del imperio a Carlos I, 'El Depresivo'; Felipe II, 'El Imprudente'; Felipe III, 'El Ludópata'; Felipe IV, 'El Vicioso', y Carlos II, 'El Endemoniado'. Cervera justifica en el libro cada uno de estos apelativos discutiendo otros mucho más condescendientes. "Carlos tenía poco del victorioso guerrero que retrata Tizano. Inseguro y acomplejado, la depresión le destrozó y recluyó en Yuste". "Felipe II tenía poco de prudente; era un obsesivo compulsivo con una visión mesiánica de sí mismo, dificultad para tomar decisiones y empecinado en el error cuando decidía. Se planteó invadir China con solo 7.000 soldados y coleccionaba reliquias y cuadros eróticos", destaca. "Igual que Felipe III tenía poco de piadoso -se empeñó hasta las cejas con el Duque de Lerma, en quien delegó, y fue un ludópata y malo por tonto- y Felipe IV menos aún de Rey Planeta, a menos que hablemos de mujeres, ya que era un sexoadicto con una legión de hijos naturales, 20 con nombres y apellidos, y que dejó como heredero al hechizado Carlos II: el pobre niño envejecido que renegó de su familia y ahogó la historia de los Austrias en España".

La elevadísma consanguinidad es la causa de la deficiencias físicas y mentales, según Cervera, que cita un estudio del catedrático Gonzalo Alvarez Jurado con la ascendente escalada de coeficiente de los monarcas de la estirpe suicida: Felipe I, 0,025%; Carlos I, 0,037; Felipe II, 0,12 y Felipe IV, 0,11. Hasta llegar a Carlos II y su alarmante y elevadísimo 0,25%, "similar al que se hallaría en el fruto de una relación entre un padre y una hija". "He tratado de difuminar al máximo la línea entre la esfera privada y pública, para explicar cómo las locuras y vicios afectaban también al pueblo de este imperio de los chiflados", escribe Cervera, redactor en el diario ABC y creador de la página web 'Una pica en Flandes'. "Se equivocan quienes creen posible separar la vida privada y pública de los reyes, como si fuera factible diferenciar al dirigente del padre de familia o al guerrero del hombre trastornado y vulnerable", aduce.

Asegura que la vida privada de los monarcas "ha sido un aspecto desdeñado por los historiadores demasiadas veces", hasta el punto de que "algunos reyes se han convertido en estatuas sin alma aferradas a un apodo, cuando los reyes también lloran, ríen, se excitan y prefieren irse de puente antes que trabajar en los despachos". Recorre así la confusa y peculiar España "que alimentó sus contradicciones, las del Emperador de la Cristiandad que arrasó Roma; las del rey puritano que vivía obsesionado con el sexo; las del pacificador que disparó los gastos militares. Advierte de que "en ningún caso 'Los Austrias' trata de regresar a los términos de la leyenda negra, ni de recrearse en anécdotas poco creíbles". "Relata cómo el Imperio español sobrevivió varios siglos, a pesar de los problemas mentales y familiares de sus soberanos", concluye.

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