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LIBRO

Las mujeres que asistieron a los presos de Ezkaba se hacen oír por primera vez

Amaia Kowasch Velasco ha plasmado en un libro las redes de apoyo de 1934 a 1945

Algunas de las mujeres que subieron al fuerte

Fotos de algunas de las mujeres que subieron al fuerte.

La pamplonesa Amaia Kowasch Velasco, ayer, en lapresentación.

La pamplonesa Amaia Kowasch Velasco, ayer, en lapresentación.

Calleja
Actualizada 07/12/2017 a las 14:00
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Amaia Kowasch Velasco iba a todos los homenajes, pero nunca oía hablar de las mujeres. Si aparecían en los libros era además de manera escasa. Por eso cuando en la UPNA, donde estudiaba un título de experta en género, le pidieron hace seis años presentar una propuesta de investigación se planteó ésta: la ayuda de las mujeres a los encarcelados en el Fuerte de San Cristóbal entre 1934 y 1945. No le costó encontrar el primer testimonio. Lo tenía en casa, el de su abuela Carmen Fleta Recio, que Kowasch recogió hablando con su madre y su tío al haber fallecido la mujer en 1998. Kowasch siguió indagando y el resultado lo presentó este viernes, en forma de libro, editado por el Gobierno de Navarra: Tejiendo redes. Mujeres solidarias con los presos del Fuerte de San Cristóbal, 350 páginas que estudian las redes de apoyo que distintos grupos de mujeres crearon en esos años para ayudar a estos encarcelados que muchas veces ni conocían, hacer lo posible para que su estancia en el penal “pudiera ser más llevadera, lavarles la ropa, llevar comida, tabaco, visitarles, escribirles cartas y servir de enlace con sus familiares de otros lugares”. “Un tema que ha sido invisibilizado y ha pasado inadvertido durante muchos años”. Por eso las mujeres del libro, una “investigación pionera” en palabras de la consejera Ana Ollo y con prólogo del médico forense Paco Etxeberria, son las protagonistas, con sus testimonios o con los contados por sus hijos e incluso nietos.


Kowasch, pamplonesa de 27 años, trabajadora social, sexóloga, experta en género, que ha estudiado antropología social y ha trabajado con Txinparta (asociación por la memoria histórica de Ansoáin), se refirió a aquellos once años en los que “cientos de personas nacionalistas, socialistas, comunistas, anarquistas y republicanas fueron encarceladas. Contó que fueron las mujeres de Pamplona las primeras en organizarse en 1934, ante la represión iniciada por el gobierno republicano radical-cedista. “Aquel año se trasladó a cientos de presos desde diferentes lugares del Estado al Fuerte de San Cristóbal, que se convirtió en un penal”.


La autora destacó dos grandes desafíos a los que se ha enfrentado. Por un lado, la complejidad de escribir sobre la participación y la historia de las mujeres en ese periodo. “Por eso en este libro están todos sus testimonios. Es importante ponerles nombre, recuperar su voz, sus recuerdos y sus vivencias para así comprender nuestra historia desde una perspectiva de género”. Y ese periodo histórico, por se concreto, ha sido el segundo desafío: de 1934 a la Guerra Civil y la posguerra, “que dificulta aún más la recuperación de estas voces enterradas de las mujeres”.


Sobre cómo ha hallado a estas mujeres, la autora relató que, tras recabar las vivencias de su abuela materna, tuvo “dos suertes muy grandes”. Una, encontrar a una mujer de 106 años, Petra Irigoien Vidaurreta, “con una memoria privilegiada”, que participó en Emakume Abertzale Batza, de apoyo a los presos nacionalistas vascos, y que le hizo un listado de las mujeres que subían con ella al fuerte. “Con ese listado, Gotzon Bergerandi [fallecido en 2016], de Pamplona y que conocía a mucha gente, fue llamando a los suyos para ver si el apellido de mi lista era su familiar”. El trabajo fue a veces detectivesco, buscando dónde podía haber familiares de presos para ir allí y formularles “la pregunta que hasta ahora no se había hecho: ‘¿Y tu madre, tu abuela, tu tía, pudo venir a Pamplona?”.


El libro está separado por años, ya que las circunstancias políticas hicieron variar el trabajo de esas redes de apoyo. En 1934, por ejemplo, tras una alianza entre el Partido Comunista y el Partido Socialista, se organizaban desde la Casa del Pueblo, sorteándose los presos del fuerte. “Así comenzaron a subir”. En 1936, tras estallar el golpe de estado y la Guerra Civil, muchas de estas mujeres fueron detenidas precisamente por esta labor.


También trabajó la organización de las mujeres anarquistas y de las solidarias, “las que no formaban parte de ninguna organización política y que subían al fuerte”. A partir de esa fecha la clandestinidad es la palabra clave. La organización que Kowasch más ha podido encontrar de entonces es la de Emakume Abertzale Batza. “Así como en el 34 se ayudó a todos los presos, sin mirar la ideología, estas mujeres ayudaron en 1936 solo a los gudaris vascos”.


La respuesta mayoritaria inicial cuando la autora comenzó a recoger los testimonios fue “yo no sé nada”: no daban importancia a la labor que hicieron. Y es que hay que tener en cuenta que, hasta hace seis años, las preguntas que se dirigían a las mujeres eran sobre qué sabían de los presos. “Nunca se les había preguntado a ellas: ‘¿Y tú qué hiciste?’. Y a mí me da mucha pena porque creo que he llegado muy tarde”, exclamó la autora. No obstante, se le notaba ayer satisfecha por el cambio que ha advertido en las mujeres a las que ha entrevistado al percibir lo que hicieron, “cómo venían desde Segovia, 24 horas en distintos trenes para una visita de menos de diez minutos y para regresar a Segovia con la ropa sucia, lavarla y volver”.

Algunas de las mujeres que subieron al fuerte

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