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Relato ganador del Certamen del Club de Lectura: Las Perseidas

14/06/2017 a las 22:00
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  • Raquel Corrales Úcar

Llegaban las ansiadas vacaciones para mi familia, y para mi. Mi marido había acomodado la furgoneta para nuestro viaje. Una auténtica pasada la compra que hicimos a Renault el año pasado. Confort y sencillez, nos llevábamos nuestra pequeña casa con nosotros. Daba gusto viajar así. Mis dos hijos, Paula y Loren disfrutaban más dentro que fuera de ella.

Este año iríamos hasta Italia. Soñábamos con los paisajes que nos encontraríamos en nuestras rutas. Estaba todo a punto. Sólo faltaba revisar el aceite y nos marcharíamos de nuestra ciudad.
Loren estaba eufórico, no hacía más que pedirle a su padre ir delante con él. Se quedaba embobado viendo como cambiaba las marchas y el intermitente le fascinaba. Pero no podía ser. Ese sitio me correspondía a mi.Así que tras la primera llorera de las vacaciones, los dos se sentaron en sus sillas adaptables y les puse el cinturón.

Comenzaba nuestro viaje, ¡ qué nervios!.Cruzamos la frontera de Francia relativamente temprano, no sin antes hacer parada en Zarautz y corretear un poco por la playa. Queríamos llegar a París , aunque nos desviásemos del camino, porque allí James me pidió matrimonio. Idílico si, típico también, pero especial y único para mi.

Dormimos en un pueblo llamado La Roque-Gageac y contemplamos las perseidas de agosto. ¡Cómo no!, hubo discusión entre Paula y Loren por usar el catalejo.

Antes de conocer a James, yo ya había perdido la esperanza de ser madre. De hecho tuve a Paula ya con treinta y seis años, algo mayor. Pero no me arrepiento de lo que antes decidí, no ser madre nunca. Fue una época de rebeldía ante los hombres. Antes si había tenido otros novios, pero todo fueron relaciones fallidas que hicieron que yo me cerrara en banda al amor.

Decidí pensar en mí, sólo y exclusivamente en mí. Comencé a cuidarme, a sentirme mejor conmigo misma y entonces ocurrió. Si me hubiera anclado al pasado seguramente ni le habría visto en la cafetería del hospital donde trabajamos los dos. Pero ese día , por lo que sea, si le vi. Y él a mi también. Yo estaba leyendo mi periódico, cuando se acercó a mí.

Comencé a almorzar con él. Y todo vino seguido. Sin llantos, sin dudas, ambos lo teníamos muy claro desde el principio. Tuvimos un noviazgo atípico porque su familia si era de Pamplona, ciudad donde vine hará nueve años a trabajar. Pero la mía estaba en Madrid. Así que digamos que he pasado más tiempo con su familia que él con la mía. Aún así , mis padres le adoran y vienen muy a menudo a ver a sus nietos.

Tras las perseidas , la noche quedó muy oscura en aquel lugar. Encendimos nuestras linternas y la tablet de James para contar historias. Al principio eran historias inocentes sobre aquél precioso monte, pero la cara de James al seguir leyendo cambió , me miró como diciendo “esto no se lo voy a contar a los críos”. Entonces les dije que iba siendo hora de dormir, mañana teníamos que seguir viajando. Les acosté y les besé en la frente. Cerré la puerta delantera que separa las camas de la cabina de conducción.

La puerta de James estaba abierta y la tablet sobre el asiento. Pensé que mi marido habría salido a tomar un poco el aire, porque la verdad que hacía bastante calor para ser la una de la madrugada. Salí de la furgoneta en su busca, esperaba encontrármelo sentado en alguna roca cerca del río. Pero no fue así, no había rastro de él. Comencé a asustarme y regresé a la furgoneta. Las puertas estaban cerradas. ¡Mierda!..Por no despertar a los niños, decidí llamarle al móvil. Apagado. Golpeé levemente la puerta donde estaban nuestras camas pero tampoco hubo contestación.

Pasaba el rato y él no aparecía. Tras el cristal de a ventanilla podía ver la tablet aún iluminada. Mi vista sólo consiguió leer La Roque-Gaeac, Perseidas, brujas y espíritus. Pues si que estamos bien, pensé.
Normalmente soy muy escéptica y creo en estas cosas. Pero ahora solo quería dormir junto a James y mis hijos dentro de la furgoneta y me estaba empezando a poner nerviosa.

Caminé alrededor de la camioneta unas cinco veces más, intentando oír la respiración de mis hijos, pensando dónde podría haberse metido mi marido y maldiciendo no tener una copia de las llaves.
A eso de las seis de la mañana caí rendida, debí quedarme dormida entre las rocas próximas, al frescor de aquel río.

Algo me salpicó desde el agua, posiblemente algún pececillo saltarín mañanero. Inmediatamente me di la vuelta y corrí hacía la furgoneta, pero tropecé con una piedra y caí al suelo. No podía mover la pierna, pero si la cabeza, giré la vista y vi la furgoneta abierta de par en par. Chillé como loca los nombres de James, Paula y Loren. Comencé a llorar, lloraba desconsolada, un grito agonizante salió de mis adentros. No contestaba ninguno. ¿Cómo era posible ? ¿A dónde habían ido? ¿Mi familia había desaparecido en aquel lugar? Era imposible, anoche yo misma arropaba a mis hijos dentro -¿Dónde están Dios mío, dónde?
Intenté acceder al móvil que llevaba en mi bolsillo y llamar a la policía. No tenía mucha idea de francés, pero me entendí más o menos con ellos.

Tardaron poco en acudir . Los sanitarios entablillaron mi pierna. Expuse lo ocurrido al agente, el cual hizo varias llamadas telefónicas.
- Lo único cierto señorita Zugasti, es que la furgoneta Reanult es de su propiedad. Pero me temo que usted nunca se ha casado y que tanto Paula como Julen no existen. Siento mucho tener que decirle esto, pero contamos con un gran equipo de psicólogos que la podrán ayudar.

Acto seguido, me desmayé


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