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MUNDO DEL TOREO

Muerte desde la barrera

En 11 meses el banderillero Roberto Martín, ‘Jarocho’, ha visto morir en el ruedo a sus amigos Iván Fandiño y Víctor Barrio

La cuadrilla de Iván Fandiño, con Jarocho a la derecha, lleva al torero a la enfermería herido de muerte.

La cuadrilla de Iván Fandiño, con Jarocho a la derecha, lleva al torero a la enfermería herido de muerte.

AFP
Los compañeros de Fandiño arropan a la familia de Iván Fandiño 28 Fotos

Los compañeros de Fandiño arropan a la familia de Iván Fandiño

Compañeros de profesión del torero vizcaíno Iván Fandiño han trasladado sus condolencias y cercanía a la familia del maestro, al que han rendido su ultimo adiós en la intimidad de la capilla ardiente ubicada en Amurrio (Álava).

EFE
Actualizada 20/06/2017 a las 10:23
  • Javier Guillenea

En menos de un año Roberto Martín 'Jarocho' ha tenido entre sus brazos los cuerpos más muertos que vivos de dos de sus mejores amigos. El 9 de julio de 2016 levantó de la arena de Teruel a Víctor Barrio, ya sin vida, con el pecho atravesado por una cornada. El sábado trasladó a la enfermería a Iván Fandiño, el torero de Orduña que murió después de que un toro le rompiera por dentro en la plaza francesa de Aire sur l’Adour. “Es muy duro todo. Es muy difícil de asimilar lo que ha pasado en once meses, lo que se ha vivido y lo que se está viviendo”, dice el banderillero burgalés de 37 años. Jarocho acudió ayer a Orduña para despedir a su amigo Iván, un hombre “que eligió un camino muy duro, el de la independencia”, un torero “muy fiel a su concepto que se ganaba los contratos con la espada y la muleta”. De lo que ocurrió el sábado en Aire sur l’Adour, el banderillero prefiere recordar lo bueno, las sensaciones de una tarde que prometía éxitos y acabó en tragedia. “Me quedo con su gran actuación con el primer toro, en el que le dieron una oreja. Las cosas estaban saliendo bien”. Se queda también con la frase hecha, la que se repite tantas veces y sienten de veras quienes la pronuncian. “Sabiendo la dureza que conlleva, Iván ha muerto haciendo lo que más le gustaba”.


“Se me hace difícil recordar”, dice. Con la suerte de cara, Iván Fandiño salió a dar un quite a Provechito, el primer astado del lote del diestro Juan del Álamo, y allí comenzó la desgracia. Tropezó con el capote, perdió el equilibrio y cayó al suelo. No hubo tiempo para más. El toro embistió al torero y le propinó en el costado derecho una cornada de quince centímetros que le destrozó el hígado, un riñón y los pulmones.


Con la rapidez que solo proporciona la práctica, Jarocho y sus compañeros de cuadrilla alzaron al herido y lo llevaron en volandas a la enfermería, donde los médicos se dieron cuenta enseguida de la gravedad de las lesiones. “Se miraban unos a otros, me di cuenta de que se sentían impotentes, como todos nosotros”, explica el banderillero.

“Iván entró consciente y con mucho dolor, le costaba respirar; pedía que le sedaran pronto”. Durante el tiempo inusualmente amplio que permaneció en la enfermería a la espera de ser trasladado al hospital de Mont de Marsan, “casi una hora”, el diestro vizcaíno se mantuvo unido a la vida por un hilo cada vez más fino pero aún lo suficientemente fuerte como para dejar su impronta. “Estoy convencido de que él sabía que llevaba una cornada muy fuerte y que intentaba tranquilizarnos”, afirma Jarocho.


“Dijo que quería que le hiciesen algo porque se le iba el cuerpo”, señala el banderillero con voz apagada. Herido de muerte, sabedor de su destino, Iván Fandiño se comportaba como un torero, como el dueño de una suerte irrepetible. “Un torero es torero en la plaza y lo sigue siendo en la enfermería. En esos momentos hay que ser fuerte e Iván lo ha sido”, asegura Jarocho, que sabe de lo que habla. “He llevado a muchos matadores a la enfermería, he visto cosas muy duras, se te quedan imágenes que impactan mucho”. “Es que es una impotencia muy grande ver cómo se va tu matador y que no se puede hacer nada para evitarlo”, insiste . De entre sus palabras asoma la figura de Víctor Barrio, su íntimo amigo y compañero diario de entrenamiento. Un toro de nombre Lorenzo le empitonó por debajo de la axila derecha y le perforó el corazón. Jarocho tiró de capote para apartar al astado del matador pero ya era demasiado tarde.


La muerte de Víctor Barrio fue la primera de un matador español en lo que va de siglo. En solo once meses la cuenta ha subido a dos, ambos ante los ojos de Jarocho. “Es mucho en muy poco tiempo”, admite, sin que por ello se plantee dudas sobre el oficio en el que debutó como matador en 1999 después de una triunfal carrera como novillero. Las cosas no le fueron como esperaba pero no por ello lo dejó. Cambió el oro por la plata, se hizo banderillero. “Merece la pena seguir, es una profesión en la que hay mucha verdad, en la que se muere. Sabemos el riesgo que asumimos, que los toros cogen, que se puede morir, pero es algo que nunca piensas”. En lo que ahora sí que piensa es “en seguir dándolo todo”. “Tenemos que hacerlo, no queda otra, ese es el mejor homenaje que le podemos rendir a Iván, hay que darlo todo por esta profesión a pesar de que toquen vivir momentos durísimos”. Lo dice convencido, aunque sabe que él vivirá uno de esos momentos desde el otro lado de la barrera, que unas manos lo conducirán corriendo a la enfermería y será entonces cuando deba demostrar que un torero lo es más allá del ruedo. No sería la primera vez. “Por supuesto que me han corneado, tengo cinco o seis cornadas. Aquí nadie se libra, es algo que tarde o temprano llega”.

 

Despedida en Orduña

 

El mundo del toreo despidió ayer a Iván Fandiño y apoyó con su presencia, primero en el tanatorio de Amurrio y después en el funeral que se ofició en Orduña, a la familia del matador fallecido. Los maestros Enrique Ponce, El Fandi, Curro Díaz, Pepín Liria, Luis Miguel Encabo, Javier Conde, Paco Ureña y Juan Antonio Ruiz, Espartaco, destacaron la figura del torero vasco, “uno de los grandes de los últimos diez años”. “Esté donde esté, que lo saquen por la puerta grande porque ha sido un hombre grande”, afirmó emocionado Espartaco. Por la tarde la iglesia de Orduña se quedó pequeña para acoger al gentío que acudió a decir el último adiós al diestro, que era muy querido tanto en su localidad natal como en Guadalajara, donde residía.


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