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CATALUÑA

¿2017, año de la independencia?

El secesionismo catalán se conjura para celebrar sí o sí el referéndum y que no acabe siendo un nuevo 9-N

Carles Puigdemont.

Carles Puigdemont.

Actualizada 01/01/2017 a las 19:12
  • COLPISA. BARCELONA

Cuando el Barça era un club que no tenía la dimensión actual, una pancarta se veía año tras año en el Camp Nou: "Aquest any, sí". Pero la liga no llegaba, al año siguiente tampoco, ni al otro ni al otro. Al independentismo le empieza a pasar algo parecido. Los principales dirigentes soberanistas llevan anunciando la llegada de la secesión al menos desde 2014: primero con la consulta del 9-N y más tarde con la celebración de las elecciones catalanas, que Artur Mas presentó como plebiscitarias y como el referéndum definitivo. 2017 será el tercer Tourmalet para el secesionismo. Está por ver si será la meta o se convierte en la enésima meta volante.

"2017 será el año de la ruptura", opina Antonio Baños, excabeza de lista de la CUP. "Será el del referéndum", apunta desde una posición más moderada Josep María Vila d'Abadal, dirigente de Demòcrates de Catalunya (escisión independentista de Unió) y exalcalde de Vic (Barcelona). "¿Cuándo seremos independientes? El próximo año o el que sea. Lo seguro es que será un año u otro", asevera. Los planes de Junts pel Sí y la CUP pasan por convocar un referéndum que pretenden que sea vinculante en septiembre de 2017. En caso de victoria del sí, activarán la declaración de la secesión y acto seguido llamarán a las urnas para las elecciones constituyentes del nuevo Estado.

Esa es la teoría, porque como destaca Teresa Freixes, catedrática de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Barcelona, las fuerzas independentistas han modificado su hoja de ruta varias veces en los últimos meses. "Ahora -apunta- están en el escenario del referéndum, pero antes estaban en el de la proclamación de independencia; veremos en qué pantalla estarán dentro de tres meses". Oriol Bartomeus, profesor de Ciencia Política en la Autónoma de Barcelona, cree que habrá referéndum, pero a su juicio la clave estará en qué tipo de votación se llevará a cabo. Intuye que lo que habrá será un nuevo 9-N, que "si sale igual que el de 2014, será un fracaso y supondrá el final del proceso soberanista".

Baños no ve el riesgo de que se repita el 9-N. Su argumento es que la ley de transitoriedad jurídica, que se aprobará en julio, marcará el punto final al periodo autonómico. Esta norma establecerá, señala, que la única legalidad vigente será la catalana y por tanto servirá como marco legal para el referéndum. Incluso la aprobación de la ley y la convocatoria de la consulta podrían hacerse el mismo día para evitar los vetos del Constitucional. "Será vinculante, organizado desde el Gobierno catalán, desde la legalidad, con validación mundial y censo; técnicamente será posible", se conjura Vila D'Abadal. "El 9-N fue una realidad porque el Gobierno central no se atrevió a quitar las urnas y ahora pasará lo mismo", vaticina. "No sé si físicamente habrá urnas o si tendremos a la Guardia Civil retirándolas, pero lo que está claro es que el año que viene se agotará, para bien o para mal, el proceso político que se inicio en 2012", según Baños. "Septiembre -añade- es el 'deadline' del independentismo: si no sabemos culminar el proceso, o no tenemos la suficiente fuerza, o nos peleamos, ya está, no seguimos y cada uno se va a su casa, no pasa nada".

MIEDO

La falta de unidad es precisamente uno de los peligros que afronta el soberanismo en su año de la verdad. La legislatura empezó con la decapitación política de Artur Mas para contentar a la CUP, que se cobró una víctima de peso para garantizar su apoyo a la investidura, pero anticapitalistas y exconvergentes no han dado aún con la fórmula para aparcar sus enormes diferencias. "La pugna entre la CUP y el PDeCAT será muy fuerte estos próximos meses", augura Bartomeus. Unas declaraciones de la presidenta de la Diputación de Barcelona, Mercè Conesa, que pidió "realismo" a los suyos, admitiendo que el referéndum podría no celebrarse, eran, según Bartomeus, la voz a una parte de la antigua Convegència que integra el "independentismo pragmático que usa el proceso para sentar a negociar al Gobierno", pero que ve que la situación "se le ha ido de madre" y que la apuesta secesionista "solo ha servido para engordar a Esquerra y debilitar al PDeCAT".

Entre los debiltados restos de la antigua Convergència, están los que creen que rectificar el rumbo les hundiría aún más y los que consideran que no hacerlo les está hundiendo (CiU tenía 62 diputados en 2012 y ahora hay encuestas que le dan 15 al PDeCAT). Baños señala que en el bloque moderado hay algunos que "desearían que esto saliera mal para gestionar la derrota" y otros a los que les ha entrado miedo porque empieza a haber imputaciones penales. "Pero el primero que diga que hay que frenar, lo tiramos al pilón", expresa con ironía. "El que tenga miedo que se aparte", añade en serio. Para Oriol Bartomeus lo que subyace en la pugna entre las fuerzas independentistas es una competición para ver quién es el primero que pone pie en tierra y carga con el sambenito de "traidor".

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