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POLÍTICA

La pugna entre Sánchez y Díaz lleva al PSOE a la mayor crisis de su historia

La presidenta andaluza ha pasado de ser la gran valedora a ser el verdugo del líder socialista

Pedro Sánchez y Susana Díaz.

Pedro Sánchez y Susana Díaz.

Pedro Sánchez y Susana Díaz, pugna en el PSOE.

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Actualizada 29/09/2016 a las 08:02
  • COLPISA. MADRID
No es fácil entender cómo ha llegado el PSOE a la batalla cainita que libran Pedro Sánchez y Susana Díaz que ha desembocado en la mayor crisis del partido en su centenaria historia. La presidenta de la Junta de Andalucía fue la gran valedora del ¿todavía? líder del partido para enfundarse dos años después el traje de verdugo. Entre medias, un cúmulo de razones confusas, agravios, y sobre todo, una guerra de egos y ambiciones.

Todo empezó un 28 de mayo de 2014. Aquel día el diputado Eduardo Madina condicionó su participación en la carrera para elegir al secretario general tras la dimisión de Alfredo Pérez Rubalcaba a que se celebrasen primarias bajo el principio de "un militante, un voto". Un planteamiento que truncó la pretensión de una ascendente Susana Díaz de ser elegida líder del PSOE por aclamación de los cuadros del partido. La presidenta de la Junta de Andalucía tomó partido por un casi desconocido diputado madrileño que se presentaba sin demasiadas esperanzas, Pedro Sánchez. Díaz arrastró en la operación a los barones de las principales federaciones y el ignoto pasó al estrellato al ganar las primarias con el 48% de los votos por el 36% de Madina. La interpretación que se hizo fue que Sánchez era el secretario general, pero Susana Díaz tenía el control del partido.

Nada más lejos, el nuevo líder del PSOE mostró de inmediato sus cartas y retó a quien quisiera a competir de nuevo en primarias por la candidatura a presidente del Gobierno en las elecciones de 2015. La presidenta andaluza torció el gesto, no era lo previsto, el candidato debía ser cosa suya, y, contrariada, dio cien días al nuevo secretario general del PSOE para examinar su gestión. En octubre, ya confesó para justificar sus ya evidente diferencias que Sánchez tenía una estrategia y ella, otra. En privado, la presidenta andaluza afirmaba que su patrocinado "no daba la talla y le faltaba preparación" para dirigir el PSOE.

La inquilina del sevillano palacio de San Telmo no compartió muchas decisiones de los primeros días de Sánchez. Al igual que otros barones, que también veían con recelo los primeros pasos del que había sido su candidato. La relación entre ambos enseguida pasó de ser cálida a gélida. Las apariciones de Sánchez en aquellos primeros meses en platós televisivos ajenos a la política para darse a conocer hicieron levantar más de una ceja entre los barones, incluida la andaluza.

Las alarmas se encendieron con la fulminante destitución del líder del Partido Socialista de Madrid, Tomás Gómez, ordenada por el secretario general en febrero de 2015. Gómez participó de forma muy activa en la operación para aupar a Sánchez y tenía buenas relaciones con Díaz.

AUTONOMÍA

Pero al margen de los asuntos orgánicos, el líder socialista se mostró muy celoso de su autonomía y no se prestó a ser instrumento de nadie. Ciertas veleidades, a juicio de los críticos, hacia el soberanismo catalán o la frialdad con que acogió la imputación en el caso de los ERE de los expresidentes andaluces Manuel Chaves y Gaspar Zarrías, a los que el partido no costeó sus defensas, ahondaron las diferencias con Susana Díaz. Aquel, para la presidenta andaluza, no era su proyecto, y marcó territorio para limitar al mínimo la presencia de Sánchez en la campaña de las elecciones andaluzas de marzo de 2015.

A partir de ahí, ni se molestaron en esconder su antipatía mutua. Solo hacían breves paréntesis electorales. En las elecciones municipales y autonómicas de mayo de 2015, el retroceso socialista quedó maquillado por los acuerdos con Podemos que permitieron recuperar poder institucional. Las elecciones generales del 20 de diciembre pasado marcaron el principio del fin. La presidenta andaluza, dicen en su entorno, se subía por las paredes cuando Sánchez calificó de "histórico" el peor resultado de los socialistas con 90 escaños. Díaz volvió a amagar con un desembarco en Madrid, un deporte que ha practicado cada cierto tiempo desde que Sánchez llegó a Ferraz. Unos movimientos que minaron su credibilidad, incluso para los críticos, y que fueron motivo de mofa para el secretario general y los suyos.

Pero la presidenta andaluza y otros barones colocaron un corsé de hierro al líder delpartido con las condiciones para negociar su investidura, nada con el PP y nada con el partido que apoye el derecho a decidir, lo que incluía a Podemos, aunque se hiciera la vista gorda. El fracaso de Sánchez hizo creer a muchos que el PSOE iría a la oposición, máxime tras los de nuevo peores resultados de la historia en los comicios repetidos en junio. El líder socialista, sin embargo, desafió a todos; se negó a facilitar el Gobierno de Rajoy, algo que ningún crítico pedía en público (salvo Felipe González y Guillermo Fernández Vara) pero sí en privado, y lanzó el reto imposible de pactar con Podemos y Ciudadanos. En paralelo, lanzó el órdago de las primarias en octubre y el congreso federal en diciembre, enterrando los argumentos que él mismo había empleado meses antes para aplazarlos. Sánchez cree que su fuerza se alimenta de la militancia, Susana Díaz ha construido su poderío orgánico con los dirigentes. Los críticos han dicho basta y han preparado el desembarco en Normandía.

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