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«Los aquelarres de Zugarramurdi sólo eran "gaupasas" entre vecinos»


Sábado, 12 de agosto de 2006
nerea alejos

P OCOS escritores pueden presumir de seguir vendiendo cientos de libros años después de haberlos publicado. Toti Martínez de Lezea sí. Recientemente ha publicado Brujas (en euskera, con el título Sorginak), un ensayo de 200 páginas en el que detalla la caza de brujas que padecieron el País Vasco, Navarra y el País Vasco francés y que se saldó con la ejecución de unas mil personas. La escritora alavesa, que visita Navarra con mucha frecuencia, se acercó ayer por la tarde al Salón de Esoterismo de San Sebastián para ofrecer una charla. -Usted sostiene la inquietante teoría de que la brujería era un método de la Iglesia y el Estado para controlar la vida privada de las personas. -No te quepa la menor duda. La caza de brujas alcanzó su punto álgido coincidiendo con el comienzo del Renacimiento, en el siglo XVI. ¿Por qué entonces? ¿Es que antes no había brujas? El objetivo era acabar con lo que quedaba de la cultura pagana. Y también interesaba eliminar la competencia que les hacían las curanderas, parteras y herboleras a los médicos. De hecho, un posible origen de la palabra «sorgina» (bruja) podría venir de «sortu» y «egina», es decir, «la que hace salir», en referencia a la comadrona. Se consideraba que no había nada más pernicioso para la fe cristiana que la partera, porque no sólo se encargada de traer niños al mundo, sino de proporcionar métodos para abortar. Y eso iba contra el interés de los curas y los nobles, que no pagaban impuestos, sólo los campesinos. Y éstos no podían faltar. Si no, ¿de qué iban a vivir los otros?

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La escritora Toti Martínez de Lezea, en una fotografía tomada en su casa de Larrabetzu (Vizcaya).



-Quizá las historias de brujería también eran una manera de desviar la atención de otros asuntos.

-Más que nada preocupaba el miedo de que te pudieran acusar. ¿Por qué son famosas las brujas vascas y no las de Cuenca? Influyó el hecho de que se hablara una lengua como el euskera, o que vivieran en una zona de difícil acceso, donde se mantenían más arraigadas las tradiciones precristianas. Pero aquí los principales acusadores de brujería eran los propios vecinos, y quienes juzgaban, los párrocos y los alcaldes. A la gente se le acusaba por rencillas o por defectos físicos, como tener un dedo de más o de menos. No era el hecho de que llegara la Inquisición y se llevara a la gente, porque los inquisidores sólo aparecen donde se les llama. Un inquisidor, Salazar Frías, que firmó la sentencia de muerte de las brujas de Zugarramurdi, después del juicio hizo una investigación en el norte de Navarra y desmontó todas las acusiones. Él mismo dijo que nunca hubo brujería en el País Vasco y Navarra hasta que se empezó a hablar de ello.

-Entonces, ¿a qué se deben las historias sobre los famosos aquelarres en Zugarramurdi? ¿Qué era lo que se hacía allí?

-(Saca risa de bruja). Yo, personalmente, creo que hacían "gaupasas". Se pasaban la noche de fiesta.

-¿"Gaupasas" u orgías?

-La gente de los pueblos, para entretenerse, solía reunirse en lugares no cultivables: cuevas, bosques...

En esa época, las tierras de Zugarramurdi eran propiedad del Monasterio de Urdax, y fue el abad, don León de Aranibar, el que denunció el tema de la brujería al tribunal de Logroño.

-¿Y no podían juntarse en la plaza del pueblo?

-¿Por qué iban a tener que hacerlo bajo la vigilancia del cura del pueblo? ¡No señor! Simplemente comían, bebían, charlaban, bailaban...La idea que se nos ha transmitido del aquelarre como orgía y desenfreno es un invento de los inquisidores y de la propia población.

-¡Pues cuánta imaginación tenían!

-Hasta los propios acusados tenían imaginación para acusarse a sí mismos. La Inquisición española no mataba a las brujas que se autoinculpaban, diciendo que habían volado por los aires o que habían hundido barcos en el Cantábrico. La única bruja confesa que conocemos de Zugarramurdi fue María de Zozaya. Fue la única que confesó que había hecho barbaridades.



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