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El roble de Garaioa

Entre los municipios de Aribe y Oroz Betelu, se encuentra el roble «milenario» de Garaioa. Así se conoce en el valle de Aezkoa a este árbol monumental que lleva fama de ser uno de los más antiguos de Navarra.

La bióloga Puy Ziaurriz.Peña de Ariztokia vista desde la senda que lleva al roble. Desde aquel mirador se domina bien el robledal de Betelu. Boca de una antigua mina.




GIGANTE


AUNQUE no tiene mil años, como popularmente se dice, el viejo roble de Garaioa es un símbolo perfecto de la cultura de las montañas. Lo mismo que la casa tradicional vasca, el roble -que alcanza su esplendor a los 300 años- se perpetúa a lo largo de varias generaciones humanas. A los niños que van a visitar el anciano árbol, les gusta meterse dentro del tronco y sentirse enanitos junto a este gigante oscuro, que para algunos es una representación de Basajaun, la fuerza de bosque.

Antiguamente, el roble se utilizaba no solo para leña y carbón, sino también para hacer muebles y sobre todo para levantar la estructura de las casas. «Como esta madera es más dura, no penetra en ella la polilla, y esto aseguraba el esqueleto de la vivienda», dice Puy Ziaurriz. «De ahí nace la vieja costumbre de cortar un árbol cuando nace un hijo en la familia. Se entendía que en veinte años, cuando el vástago estaba en condiciones de formar un hogar independiente, la madera del árbol ya se había secado lo suficiente, y estaba lista para formar parte de la estructura de la nueva casa».

TEXTO: JOSÉ A. PERALES FOTOS: JOSÉ A. PERALES




Visitar el roble «milenario» de Garaioa se ha convertido en uno de los principales alicientes para los aficionados al senderismo y a la naturaleza que andan por el valle de Aezkoa. Existe un sendero local (SL) señalizado que parte de Aribe y conduce hasta el propio roble a través del bosque. El recorrido completo es de 6.600 metros (ida y vuelta). Para realizar este sencillo paseo, hay que tomar una pista de hormigón que se abre a la derecha entre los dos puentes de Aribe, en dirección a Garaioa, y adentrarse luego por un camino de tierra (también a la derecha), que se estrecha más adelante hasta derivar en una senda. Esta última asciende entre unas frondas dominadas por hayas, hasta llegar a punto donde aparece, como un gigante oscuro, el viejo roble de Garaioa.Según dicen en Aezkoa, se necesitan ocho personas con los brazos abiertos, para rodear el tronco de este magnífico ejemplar en el que se refugian los murciélagos por las noches. Aunque está hueco por dentro y la mitad del árbol se ha secado ya, el viejo roble tiene todavía energía suficiente para rodear con sus ramas el talle de una haya cercana, y para soportar en su tronco numerosas especies parásitas: enredaderas, musgos, hongos, etc…

«En realidad, este árbol monumental podría tener algo más de 600 años, pero la gente le llama el roble milenario. De todos modos, es difícil conocer su edad con precisión, ya que el tronco está hueco, y no se pueden ver sus anillos», señala Puy Ziaurriz, bióloga residente en Orbaitzeta.

Más de veinte metros

Según dice Yolanda Val, ingeniero de montes del Departamento de Medio Ambiente, el roble de Garaioa, tiene una altura de entre 20 y 23 metros de altura y un diámetro, a la altura del pecho, de 2,42 centímetros. Se trata un tipo de roble poco común en Navarra: un ejemplar híbrido entre roble albar y roble peloso».

«En la Valdorba, en las Amescoas y en Izagaondoa ( Lizarraga), hay también algunos robles con un diámetro parecido, e incluso alguno de mayor edad. Todos figuran en el catálogo de árboles monumentales de Navarra realizado en 1991, pero el de Garaioa es probablemente el más alto de la comunidad foral», recuerda Oscar Schwendtner, miembro de la Asociación de Amigos de los Árboles Viejos.

«Este es un roble típico de tierras ácidas, de suelos muy pobres, con poca sustancia para crecer», añade Puy Ziaurriz. Antes había bastantes robles de este tipo en la zona de Baztan y de las Cinco Villas, pero allí desaparecieron debido a la presión demográfica y a la explotación intensiva. En cambio aquí, como la población de Aezkoa era menor, y el acceso a los bosques más difícil, se ha mantenido mejor, a pesar de los problemas generales que tiene esta especie».

En el robledal de Betelu

El roble de Lexangua (así se llama el paraje donde se halla) está situado en un extremo del término de Garaioa, cerca del antiguo camino que conduce desde Aribe al barrio de Olaldea (Oroz Betelu). Antiguamente, este camino era bastante frecuentado por los habitantes del valle de Aezkoa, que solían ir a por leña, a hacer carbón, o a trabajar en las pequeñas minas de hierro, plomo, plata y mercurio que existían en la zona.

De hecho, el topónimo Olaldea hace referencia a las minas. Por debajo del camino que conduce hoy al roble «milenario» puede verse todavía la boca de algunas de ellas, con las casetas de los obreros y los almacenes de piedra devorados por la vegetación. «Estas minas estuvieron funcionando a pleno rendimiento hasta el siglo XIX», señala Ziaurriz. Entonces, algunos lugareños solían pasar mercurio de contrabando a la parte francesa, donde el citado metal se cotizaba bien. Pero luego, con el encarecimiento de la mano de obra, las vetas ya no resultaban rentables, y fueron abandonándose poco a poco, aunque algunas de ellas fueron explotadas todavía de modo artesanal hasta los años cuarenta del pasado siglo.

Hoy estas sendas forman parte del espléndido bosque, conocido tradicionalmente como el robledal de Betelu. «Este es un bosque mixto, principalmente de haya y roble, que alberga también abedules, castaños, cerezos silvestres y un abundante sotobosque de boj.

Antes o después de adentrarse en él por el sendero marcado, merece la pena subir al mirador de Ariztokia (en la carretera de Oroz Betelu, a dos kilómetros de Aribe) donde se obtiene una buena vista panorámica del bosque. «Aristokia significa «lugar de robles», lo cual puede tener una relación con este desfiladero recorrido por el río Irati que enlaza Aribe con el vecino barrio de Olaldea (Oroz Betelu), señala Ziaurriz. Aquí habitan entre otras especies el corzo, el jabalí y el gato montes. También encuentras a veces el rastro de zorro y de algún mustélido ( martas, garduñas, visones, etc.). Más fácil que ver a éstos últimos, resulta sin embargo escuchar a los carboneros, pinzones y trepadores azules entonar su canto alegre en las profundidades del bosque.

A diferencia de otras zonas del Pirineo navarro, el robledal de Betelu es un espacio natural muy bien conservado. «En esta zona nunca hubo mucha presión sobre el bosque, ya que la dificultad de su acceso y la existencia en el valle de otras zonas más fáciles de explotar, dificultaban su aprovechamiento intensivo», añade la experta ecóloga. A esto, hay que añadir otros factores más recientes (como la caída del precio de la madera, el retroceso demográfico de los últimos años y el cambio en las formas de vida) que favorecen hoy más que nunca la recuperación del bosque.

Antes de los dinosaurios

Ubicado entre los términos de Oroz Betelu, Garralda, Aribe y Garaioa, el citado robledal está encajado en medio del «domo» de Oroz Betelu. Así llaman los geólogos a estos suelos que forman parte del macizo paleozoico. «Este es un terreno de la época primaria, anterior por tanto a la era de los dinosaurios».

Según dice Puy Ziaurriz. «el roble surgió en esta zona hace más de 7000 años, mientras que el haya lleva solo 3000 años. Desde entonces, se ha dado una fuerte competencia entre ambas especies. «En principio, el haya juega con ventaja, ya que el roble -que nació en épocas más lluviosas y templadas- ha tenido adaptarse a cambios más radicales de temperatura.

«Si todavía aguanta aquí la presión del haya, es por las características del terreno, ya que este suelo, además de ser muy ácido, es bastante impermeable. Como consecuencia, drena mal y se encharca fácilmente. Esto favorece al roble, al cual le gusta tener la cabeza seca y los pies mojados. Por eso, en este bosque mixto los robles dominan la parte baja del monte, cerca del río Irati, mientras que los hayas - que prefieren tener los pies secos y la cabeza mojada- están más presentes en la parte de arriba, especialmente a partir de los 750 metros (lo normal en otras zonas es que aparezcan ya a los 600 metros).

Además de las minas y del roble milenario, el robledal de Betelu ofrece otras sorpresas inquietantes, como la presencia en la zona de gleras (enormes pedregales movedizos, que se mueven pendiente abajo ) y la existencia de plantas carnívoras. «Al tratarse de un suelo ácido, a las plantas les falta un componente básico para crecer: el nitrógeno . Por eso hay en esta zona algunas especies pequeñas, como las babosas, que producen una secreción en la que se quedan pegados algunos insectos», explica Puy Ziarriz. «Al digerirlos, las plantas obtienen aquel componente que les falta».




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