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El balcón de Pilatos

Al sur de la sierra de Urbasa, entre Zudaire y Baquedano, se encuentra el balcón de Pilatos. Desde lo alto de este precipicio de 924 metros, se divisa el nacedero del Urederra, uno de los parajes más hermosos de Navarra.

Senda del puerto viejo de Baquedano.La cornisa del mirador tiene caprichosos salientes, como el que se puede ver en la imagen y sobre el que dos personas divisan el nacimiento del Urederra.Detalle del nacedero principal.




EL NACEDERO


El Urederra tiene su origen en las entrañas de Urbasa, donde existe un enorme acuífero formado por las lluvias y nieves que caen en la sierra. Esta es una montaña kárstica, con el subsuelo hueco como una esponja, por cuyas oquedades circulan corrientes subterráneas que van a dar a un enorme lago interior. Como dice Balbino García de Albizu, el acuífero de Urbasa supera cuatro veces la capacidad del pantano de Yesa. «Cuando sube el nivel, el agua surge por diversos lugares, pero sobre todo por este semicírculo rocoso situado al sur de la sierra y conocido habitualmente como el nacedero del Urederra. «Aquí, desagua el noventa por cien del volumen total del acuífero», añade Balbino.

Durante siglos, esta impresionante obra de la naturaleza pasó desapercibida para la inmensa mayoría de los navarros, que ni siquiera habían oído hablar de este apartado rincón de Tierra Estella. Sin embargo, con la eclosión del turismo de masas, el nacedero del Urederra y Ubaba (el balcón de Pilatos) se han convertido hoy en uno de los parajes más visitados de Navarra. Este lugar se encuentra entre los términos concejiles de Zudaire y Baquedano en el municipio de Amescoa Baja. El entorno fue declarado reserva natural en 1987, y posteriormente se incorporó al parque natural de Urbasa-Andía.

TEXTO: JOSÉ A. PERALES FOTOS: JOSÉ A. PERALES




El mirador de Ubaba, popularmente conocido como balcón de Pilatos, forma parte de una hendidura o retroceso de la cornisa calcárea de la sierra de Urbasa, que se abre aquí en un alarde de frescura y de misterio. En este lugar nace el río Urederra, que surge a 713 metros de altitud y recorre el valle de Amescoa Baja para encontrarse con el Ega diecinueve kilómetros más abajo. Durante siglos, la erosión producida por el río, ha abierto un boquete cada vez mayor en el borde de la sierra, formando ese impresionante anfiteatro rocoso que parece una evocación de los confines del mundo. De hecho, así llaman los franceses a este paraje: cul de sac (fondo de saco) o bout du monde (límite del mundo).

Como dice Balbino García de Albizu, autor de varios trabajos sobre toponimia y etnografía de la zona, esta hendidura abierta por el río forma parte del monte Limitaciones, el cual pertenece a los valles de Amescoa desde 1412. Los habitantes de esta zona situada al sur de Urbasa, usufructuaron los diversos recursos de la sierra (pastos, cultivos, madera, piedra, agua y nieve) desde tiempo inmemorial. Pero, al ser entonces todos los montes navarros de propiedad real, los amescoanos tenían que compartir sus aprovechamientos con los ganaderos de otras zonas que -como los pastores de la Ribera- venían generalmente a pasar el verano en Urbasa.

Ello dió lugar a conflictos, que se resolvieron finalmente cuando el rey Carlos III reconoció la propiedad de los amescoanos , y su derecho exclusivo a usufructuar la franja meridional de la sierra, conocida hoy como monte Limitaciones. En total, se trata de más de 5.000 hectáreas, que se extienden desde Entzia (en la frontera con Álava) hasta la falla de Zumbelz, límite con la sierra de Andía.

El mirador de Ubaba

«El río ha recibido diferentes denominaciones según las épocas», señala Balbino García de Albizu. «Aquí, en Amescoa, al tramo inicial -el que va desde el nacedero hasta el puente de Baquedano o incluso hasta el molino viejo- se le llamaba Ubagua o Ubaba (boca del agua)». Hoy, sin embargo, este nombre se aplica solo a la parte de arriba del cortado, conocido también como «balcón de Pilatos».

«Esta ultima denominación no tiene arraigo en la tradición local. Sin embargo, el nombrecito ha hecho fortuna entre los numerosos turistas que visitan este paraje. «El auténtico balcón de Pilatos se encuentra en Lucerna, cerca de los Alpes suizos, donde existe una leyenda asociada a este lugar», dice Balbino. «También existen numerosos balcones de Pilatos en Sudamérica, e incluso en España. Pero aquí, en las Amescoas siempre se ha conocido este paraje como Ubaba.

El balcón es la parte de arriba, el borde de la sierra, desde donde se divisan el valle de Amescoa y otros parajes de tierra Estella. Y el nacedero es el lugar donde aflora el Urederra, en forma de cascada, creando toda esa garganta húmeda, cubierta de nieblas la mayor parte del año.

Abajo, en los bosques de haya y roble que rodean el nacedero, cantan -entre otros pájaros- los herrerillos y carboneros, los chochines y mosquiteros, y la lavandera cascadeña. En el acantilado, por su parte, anidan los buitres, milanos, alimoches, y otras especies rupícolas. Pero lo más emocionante es quizás sorprender hoy el majestuoso vuelo del quebrantahuesos, en medio del circo rocoso.

Todos estos valores medioambientales atraen desde hace años a numerosos turistas, que vienen hasta Urbasa atraídos sobre todo por el balcón y el nacedero. Sin embargo, el mirador de Ubaba y la sierra de Urbasa, encierran también historias interesantes, y una gran riqueza cultural, que resultan todavía desconocidas para el gran público.

Testigos del pasado

En l922, José Miguel de Barandiarán junto con Telesforo de Aranzadi y Enrique de Eguren investigaron varios dólmenes en la sierra de Urbasa. Algunos de ellos, como el de Zurgaina (hoy semiarruinado), se encontraban en el mismo balcón de Ubaba, al borde de este acantilado rocoso, al que se accede por los puertos de Zudaire y Baquedano. Ello demuestra que esta zona de Urbasa estuvo habitada desde tiempos muy remotos», dice Balbino .

Durante siglos los pastores de la Ribera y los propios habitantes de las Amescoas subían en verano con el ganado al raso de Urbasa, utilizando los puertos que quedan a ambos lados del farallón rocoso. En alguno de ellos existen todavía topónimos que reflejan viejos accidentes o sucesos trágicos acaecidos en el camino. Es el caso de «Donde murió el maestro», de los Bueyes de Otegi, o de la Cruz de Feliciana. «Esta última era una mujer que subió el puerto con un burro y un par de gallinas. Las llevaba al médico de Alsasua, como agradecimiento por haberle curado una herida. Pero en determinado momento, el burro pilló una placa de hielo y se despeñaron».

Tampoco hay que exagerar el peligro de estos parajes, por los que han pasado miles de personas a largo de la historia. Seguramente, en la carretera existe hoy mucho más riesgo que aquellos viejos caminos. Sin embargo, la espectacularidad del acantilado, y sus paredes rocosas, configuran un escenario abrupto y vertiginoso, capaz de tragarse a cualquiera.

Según cuenta José Luis Ansorena en su libro Memorias de Urbasa, durante la Guerra Civil, hubo varias personas que murieron despeñadas por estas paredes verticales, que van a dar al nacedero. Estas luctuosas historias guardan relación con otros asesinatos terribles acaecidos en las simas de Urbasa al comienzo de la guerra.

La acción de Artaza

Con todo, el episodio más trágico, y el que mas muertes se cobrado en los últimos siglos, tuvo lugar durante la primera guerra carlista. Se trata de la acción de Artaza, en la que murieron más de 700 personas. En ella participaron Zumalacarregi, apodado entonces el tío Tomás, y el general Valdes, ministro de la guerra, quien se hizo cargo personalmente del mando de los ejércitos nacionales. Este último llegó a las Amescoas con mas de 16.000 hombres con la intención de derrotar definitivamente al general carlista en su propio cuartel general. Sin embargo, Zumalacarregui que contaba solo con 5000 hombres, logró ganar la batalla, valiéndose de su conocimiento de la zona y de sus tácticas guerrilleras. «Hay un momento, en el que las tropas de Valdes suben a la sierra, y se van moviendo por toda la ceja de Ubaba, oteando los movimientos de Zumalacárregui», recuerda Balbino. «Sin embargo el general carlista, oculto entre el follaje, hostiga a los cristinos de noche y de día, hasta provocar la desbandada del ejercito nacional. En la acción de Artaza, como se conoce esta batalla, Zumalacárregui logró dejar en ridículo al ministro de la guerra. También logró pasar a la historia con los títulos de lobo de las Amescoas y duque de la Victoria».




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