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El 8 de diciembre de 1980, un desequilibrado llamado Mark Chapman terminaba a disparos con la vida de uno de los mayores mitos del siglo XX. John Lennon fallecía a las puertas del ascensor del edificio Dakota, cuando se disponía a subir a su apartamento tras volver del estudio de grabación. Unas horas antes, el propio Lennon había firmado a su asesino el último autógrafo que daría en su vida. Se escribía así una de las páginas más negras de la ya de por sí luctuosa historia de la música popular. Veinticinco años después, la figura del ex beatle sigue igual de vigente que entonces, y su muerte se recuerda estos días con homenajes, recopilatorios y reediciones que vuelven a dar testimonio de la relevancia de una figura cuya importancia radica en las canciones que escribió pero cuyo peso va mucho más allá de éstas.
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