Castañas

Apostados en la calle, los castañeros sobreviven al siglo pasado, cuando a otros colegas -carricos de helados, de pan, barquilleros…- se los llevó el tiempo. Desde hace ya unos días muestran las esquinas algunos puestos de castañas, antojo y reminiscencias, me saben, de un tiempo pasado muy dado a recordarlo entre el romanticismo y la murga de la memoria, pero que está bien donde quiera que esté y ojalá no vuelva. Esto de las castañas en un cucurucho de papel nos retrotrae a la ciudad gris y desangelada gratamente superada, aun reconociendo el alarde del castañero que ha abierto una web con su punto com.

Cambian los tiempos, pero también el tiempo. Llevamos unos años -éste parece que promete- que ni frío (de verdad) hace. No sé hasta qué punto el desembarco laborioso de un régimen político de libertad tiene que ver con el clima o si aquí es aplicable el desencuentro del culo y las témporas, pero es evidente que la democracia ha difuminado las isobaras de la dictadura hasta extremos impensables. Porque no me negarán que las nevadas eran de aúpa en pleno franquismo; y las heladas, también, y los sabañones, y…, y… Parecía que el anticiclón de las Azores se nos quedaba en aquellas latitudes en puertas y se resistía a visitar un autárquico país cerrado en su ombligo de esparto para evitar cualquier tipo de corriente, así no fuera ni política. Rebozados en la utopía de Versace, permanecíamos atrincherados en El Álamo contra los indios cafres de una Europa, caterva de ignorantes, que no podía entender nuestro progreso evolutivo del Seiscientos, ni digería las copas futboleras, el folclore representativo y crisol del amplio mosaico español, las demostraciones verticales del sindicato unicornio y la escasa permisividad horizontal… cuño de auténtica reserva moral de Occidente. Luego, esos bárbaros del norte llegarían en manada, disfrazados de turistas, y nos tumbarían por la arena playera nuestra pretendida virtud con el exiguo percal del biquini, pero ésa sería otra historia. En todo caso, ¡cuántas mañanas amanecía la ciudad envuelta en nieves y ventiscas! Entonces, el recurso de la castaña era apreciado y apreciable, tanto como alimento, que nunca estaba de más, como de calefacción de bolsillo. Además, este fruto solía mantenerse en niveles adquisitivos muy accesibles y no se veía afectado por un IPC que, francamente, no sabíamos ni que existiera. No era sólo la castaña un recurso callejero, sino que en las casas también aportaba calorías: asadas y cocidas.

No tengo nada contra las castañas -en todo caso, lo tuve contra las pilongas distribuidas a saco por la autoridad-, pero es bien cierto que determinados sabores u olores te meten en el túnel del tiempo a trompicones y algo, por ahí adentro, te devuelve un paisaje, si no olvidado, repleto de matices que suenan a estridente arpegio, por más que lo endulzáramos con La balada de John y Yoko.

Quizá sea higiénico conservar algún daguerrotipo de aquel pasado, siendo verdad que pocas cosas le quedan de una etapa cada vez más perdida en la innovación  y con menos testigos directos de unas batallitas hoy etiquetadas como un cómic sepia de abuelos cebolletas. Honor y loa, pues, a los asadores de la castaña callejera y perdurable, que en democracia flirtea con bochorno y cierzo, y cumple cada año con ser heraldo del general invierno, aunque últimamente sus estrellas no hayan superado los galones de un cabo chusquero.

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