Año viejo

 

Pasados los deseos de paz y amor, caducadas las amables palabras antes de tumbar las primeras cuatro semanas de 2016, vuelve la burra al trigo, que es como ratificar el regreso de ese constante goteo de corruptos. Si la corrupción fuera un partido, no habría otro más compacto y unitario, y democrático: todos los gremios tienen ahí acomodo.

Da igual una empresa del Gobierno que un diplomático, un diputado, un alcalde, un empresario, un ateo, un cristiano, un sindicalista, un futbolista o un tenista. Entre tanto, sigue la bronca política por ver quién pilla mejor cacho, y comenzamos a entender que el año nuevo será viejo en lo fundamental y peor en algunos añadidos.

Vaya como ejemplo la constatación de que el cambio no trae la Utopía soñada, y si quieres ganar paraísos, tira de imaginación y sumérgete en la literatura, porque en la vida real no hay asno que soporte tanto palo y tan escasa zanahoria. Los que pensaron algo distinto ya pueden hacer las maletas a sus pensamientos  y largarlos con viento fresco tras comprobar que nadie ata los perros con longaniza –eso, en esta tierra de txistorra debería ser la Carta Magna de los adentros-, ni el IRPF nos va a aliviar un ardite.

Desde la aldea aldeana, se lo digo a la aldea global: si la machada de tener Fueros equivale a ser más idiotas y paganos que el resto de vecinos, ya se las pueden meter por donde les quepan. Dejen, si acaso, la estatua para el turismo, no sólo de Encierro vive el guiri. La pela es la pela es mucho más que una frase llegada del Este. Y los del cambio, que lo hagan lo mejor posible. Dentro de los límites y siempre guardando en la manga aquella máxima popular que frena el descalabro: Virgencita, virgencita…

He comenzado el año de la mejor manera posible, como debe ser. Sin hacer ningún propósito de enmienda ni promesa de mejora, y luego, si mejoro, pues vale. Pero sin ataduras emocionales que nunca me dieron resultado. No voy a repetir más el programa de fracasos que llevo durante tantos años añadiendo cada uno de enero conforme me van cayendo encima los calendarios. Este año, a mi bola.

No tengo promesas, pero sí albergo intenciones. Voy a ser más sibilino, si alguien sabe de qué va eso. Por no liarme, diré retorcido. Comenzaré poniendo el listón alto y, así, volveré a creer en nuestros mandamases.

Pero no elegiré esa opción manida de separar los malos de los buenos y añadir la frasecita cutre que también los hay. No, creeré en todos y me blindaré contra los  pregoneros que anuncian malas y permanentes cosechas de gavillas sin fruto. Total, ya está visto que, a final de año, san Silvestre. Hombre, es verdad que mucha gente no ha dado este paso y sigue pensando, por ilustrar una perenne boutade, que de no haber gentuza choriza, las cosas irían mejor. Ni hablar, como nuevo cofrade retorcido aseguro que las cosas marcharían igual, menos, precisamente, para los chorizos, que irían peor.

Mira, prefiero ser retorcido que ingenuo. Ya no me trago que la ausencia de robos de dinero público nos iba a proporcionar una mejor sanidad, educación o ríos de cultura inundando las calles. Qué va. Un retorcido, aun siendo de nuevo cuño, sabe que un mundo de honrados sería como éste, pero más aburrido, sin noticias en letras de molde, sin asombrosos aspavientos, huero de tertulias enriquecedoras, acusaciones mutuas, de juicios, de escarnios. Espectáculo, oiga. Pero, vaya, en uno y otro caso, sin devolver un euro ni ahorrarlo con buen fin. ¿Lo ven? Da igual, todo da igual.

Soy consciente de que me espera un año duro, porque muchos de ellos, de la gentuza, harán lo posible para que yo desfallezca y caiga en el error de criticarlos y hasta vituperarlos. No lo haré, pueden seguir robando, prevaricando, cohechando y cuantos gerundios entren en el Código Penal; me mantendré con mi fe alta en sus conciencias.

Se lo merecen porque, a su vez, nos los merecemos. O si no, ¿me cuentas quién ha puesto ahí a muchos de ellos previo orgasmo electoral? De mí no van a tener ni la satisfacción de ver cómo me quejo.

Os quiero, chorizos.

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