Olor a musgo

 

Dentro de poco, los pavos caminarán libremente por las calles, en fechas navideñas, sin que nadie los moleste. Incluso puede que les hagan la ola. Hay varios signos en el ambiente que aventuran la predicción, pero, por comenzar por el más inmediato, digamos que las actuales luces de Navidad deslumbran en las ciudades, más o menos, como un saco de piedras.

¿Qué fue de aquellas bombillas de 100 vatios? Al carajo se fueron, porque gastaban mucho y lo que aquí se roba a mansalva al país, se ahorra en ilusión. No es lo mismo robar con conocimiento de causa, hasta hartar, como hacen los hijos de sus mamás, que para eso lo son, que derrochar vatios inútiles en darle una alegría al pueblo llano, ya ves tú la tontería. Que lo suyo es trabajar, si se lo curra para tener empleo, y punto.

Por eso, a los pavos debe de hacerles gracia que alguien pueda siquiera imaginar su mosqueo tradicional con unas luces navideñas de cuarto menguante, mientras la realidad se atiborra al otro lado del espejo con el cuarto creciente. Y mangante. Un pavo siempre temió la Navidad, pero ya no es necesario. Incluso Edison, Tomas, para los amigos, se haría cruces si viera en qué cotas de miseria se desenvuelve su mágico invento de la bombilla.

Ésa, la falta de destellos, será una causa para que los pavos puedan en su día transitar tranquilamente por las vías más concurridas, sin miedo al desaguisado o, mejor, al guisado propio.

Hay más, claro.

Pronto dejará de comerse pavo porque ofende. No sé a quién, pero es seguro que su sacrificio molesta a algún estómago delicado. Veremos qué pasa cuando se descubra que la flora también padece al cercenarla por el tallo, y a ver entonces dónde nos agenciamos un karma en buen estado. Sea eso lo que sea.

De momento, han comenzado a ofender los belenes, las campanas y hasta el mismísimo nombre de la Navidad. El progresismo vuelve a ser algo tan viejo y manido como darle una patada a un cura, mira qué adelanto, y lo único que se salva son las fiestas de no trabajar porque, si algo hay sagrado, ni se duda, es el ocio. No ofende quien quiere, sino el negro calendario laboral.

Pero no se resuelve aquí sobre asuntos íntimos o personales, como la fe en esa religión que encumbra la Navidad secularmente: no es necesario, no debería serlo. Se puede ser perfectamente un ateo o un creyente respetuoso con los demás; con el más antagónico se puede dialogar y condescender, sin necesidad de hacerse callar mutuamente. Cada uno con lo suyo, libremente. Tolerando y sin coartar. ¡Pero que alguien se sienta ofendido por la Navidad, resulta indescifrable!

A mí, por ejemplo, estas fechas me provocan, cada vez más, un sentimiento encontrado, una especie de nostalgia de antaño y de repulsa de hogaño; seguro que se debe al paso del tiempo, y me veo, como fueron los mayores, cuando era niño, reprochando esto y aquello, quejándome de algunas novedades, de ciertos quebrantos, de… qué se yo… sin darme cuenta de que formo parte de la espiral que un día se me tragará, primero a mí, luego a quienes lleguen detrás, etcétera… Un eslabón más. Luego me recupero. Es verdad, me basta con oler un poco de musgo para retomar el pulso vital. En un puñado de esa planta encuentro la sabiduría que me reconcilia con el mundo.

Déjenme, pues, aspirar el musgo en estos días.

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