Cuando Vanina dejó Buenos Aires

Fue un día del mes junio de 2002 cuando la joven Vanina Vázquez Gentile llegó a Pamplona por primera vez sin imaginar que se enamoraría de la ciudad y se quedaría a vivir aquí por más de una década. Acababa de dejar su Buenos Aires natal y Vanina observaba atónita una Pamplona que se preparaba para San Fermín. Por más que lo intentaba, no terminaba de comprender qué significaba aquella locura en las calles, aquel ritmo trepidante, aquella invasión de visitantes y la alegría instalada por nueve días en cada minuto de la vida de una ciudad vestida de blanco y rojo… Quince años más tarde, Vanina contempla la ciudad y el momento social que vivimos con una mirada reflexiva e interesante que nos ofrece múltiples aprendizajes.

Me trajo el azar, una amiga vivía aquí y aquí vine, explica Vanina con toda la naturalidad del mundo. Acabo de entrevistarla para el podcast ‘Con voz propia’ de DN+ donde hemos reflexionado en torno a la situación de la mujer hoy en día y a los avances del feminismo, una cuestión que no siempre es bien entendida. Vanina es psicóloga, experta en género y trabaja como consultora en Equala Iniciativas, y aunque apenas la conozco me siento intrigada por su periplo vital y me interesa conocer más a fondo su punto de vista. Ya no solo como experta o consultora, sino como pamplonesa de adopción, como persona que dejó hace años su país de origen y como mujer.

Sopa de Letras: Han pasado ya muchos años desde la primera vez que llegaste a Pamplona, pero ¿qué imagen tenías entonces de este lugar?

Vanina Vázquez Gentile: Al principio, el orden y la rutina de la ciudad no me dejaron apreciar los matices que tiene Pamplona. Pero poco a poco se presentó otra ciudad. Cuando estás fuera del lugar donde naciste, hay cierta ligereza existencial que en mi caso se tradujo en una actitud un poco lúdica. Conocí mucha gente y las personas de Pamplona demostraron aprecio por Argentina y me lo hicieron saber. En Pamplona he encontrado gente muy diversa, con ideologías muy diferentes, de muchas partes del mundo, que han hecho que quisiera esta ciudad.

SDL: ¿Echas de menos tu país de origen, Argentina? 

VVG: No echo de menos especialmente al país y sí los afectos. Yo vivía en Buenos Aires, una ciudad grande y complicada. ¿Cosas que echo de menos? La pizza y los helados de allí son insustituibles, quien los ha probado sabe de lo que hablo. También las charlas de café con gente amiga o a la salida del cine o teatro para comentar lo visto.

SDL: ¿Crees que existe gran contraste cultural entre ambos países? 

VVG: Después de 15 años, me cuesta un poco darme cuenta del choque. Existen cosas diferentes. Incluso, a pesar de compartir idioma, los usos y vocabulario son diferentes y los primeros tiempos suponen un esfuerzo de comunicación importante. En aquellos comienzos pensaba que la gente estaba enfadada y luego descubrí que se trataba del ‘pronto’ tan característico de aquí. También comprendí por qué resultaba dulce mi acento.
Buenos Aires es una ciudad más impersonal, no existe la necesidad de saber de dónde vienes o de qué cuadrilla eres como aquí. Esa falta de anonimato me resultaba incómoda.
En estos años he conocido mucha gente inmigrante y no para todo el mundo resulta fácil hacerse con esta ciudad. Mi experiencia es positiva y particular, sin embargo, esto no le pasa a todo el mundo. El país de origen, el aspecto, la piel y los prejuicios tienen efectos negativos sobre las personas inmigrantes. En estos años he escuchado muchos comentarios llenos de prejuicios, clasismos, racismo y rechazo hacia la gente de fuera. Es duro escuchar afirmaciones como que ‘los que vienen sólo quieren hacer uso de las ayudas de aquí’, cuando migrar es un proceso duro y complejo que merece respeto.

SDL: ¿Es diferente ser mujer allí? 

VVG: No sé si es diferente ser mujer porque el machismo y su moral están presentes. Hay situaciones más llamativas y propias de cada lugar. Circular por la calle es más difícil allí y el acoso callejero es muy acusado. Adoro la libertad imperfecta de Pamplona.
Luego existe un discurso muy presente de ‘super woman’ que tiene mucho coste para la vida de las mujeres. Tener esa falsa idea de que podemos con todo nos sitúa en un lugar de sobre esfuerzo: vivimos para los otros con la falsa ilusión de que somos poderosas, cuando en realidad servimos al bienestar de quienes nos rodean. Y esto no tiene nada que ver con volvernos egoístas, sino con comprender que la corresponsabilidad en el trabajo doméstico y de cuidado es necesaria para hacer sostenible la vida. También la cifra de asesinatos de mujeres es escandalosa y los procesos de empobrecimiento y los márgenes de exclusión para las mujeres tienen una intensidad mayor allí.
A su vez, hemos tenido una presidenta que, más allá de su gestión, ha soportado infinidad de comentarios y agresiones sexistas. Lo que demuestra que el poder tiene costes diferentes para las mujeres, aun cuando ellas no contradigan el orden establecido.

SDL: Eres experta en género y consultora, ¿en qué situación estamos como mujeres? ¿vamos a mejor, avanzamos?

VVG: Qué pregunta tan difícil de responder. Si nos comparamos con otras generaciones, hemos avanzado muchísimo. Sin embargo, cuando miramos las brechas con nuestros contemporáneos hombres, la cosa cambia un poco y, por ejemplo, los datos en relación a la brecha de género del año pasado no son positivos. El nivel de sensibilidad es mayor y las mujeres logramos organizarnos más.
También existe más visibilidad de toda la inmensa diversidad de opciones de vida, de identidades, de grupos y colectivos. Incluso el debate actual se orienta a cuestionar un mundo dual de mujeres y hombres como han sido entendidos hasta ahora. Sin embargo, existen reacciones frente a las transformaciones sociales. Virginia Woolf decía en “Un cuarto propio”, respecto de la campaña por el voto: ‘Ha tenido que despertar en los hombres un deseo extraordinario de autoafirmación; ha tenido que llevarles a poner un acento en su sexo y sus características (…) Y cuando uno se ve retado, aunque sea por unas pocas mujeres con gorro negro, uno se venga, si nunca ha sido retado antes, de manera un tanto excesiva’.  Han pasado 90 años desde este texto y vemos que hoy día nombrar las discriminaciones sigue siendo entendido como un reto al que reaccionar.
Avanzamos en romper el silencio, muy lentamente, pero no avanzamos en los niveles de violencia contra las mujeres.

SDL: No siempre se entiende bien el mensaje de que las mujeres lo que estamos pidiendo es una igualdad real y poder ser libres, como seres humanos. ¿Por qué crees que hay hombres –y mujeres- que se sienten amenazados ante el avance de la igualdad?

VVG: El poder y el control son dos cosas muy presentes en la humanidad. La transformación social que supone equiparar la ciudadanía de las mujeres -tomando a éstas desde la diversidad que conllevan y sumando a diversos colectivos y situaciones que interseccionan con lo que llamamos mujeres- impacta en sectores que no tienen muchas ganas de cambio y de reparto ni de riqueza ni de obligaciones.
Si las mujeres hemos sostenido la sociedad desde la invisibilidad y de forma gratuita, se hace evidente la dificultad para cambiar esto.
Cuando una mujer dice “no me he sentido discriminada”, sólo se trata de aquello que ignora sobre la discriminación. En niveles de intensidad diversos, nacer y ser identificada mujer tiene efectos. Por supuesto luego esto intersecciona con la clase, el origen, etc.

SDL:  ¿Te han llamado alguna vez ‘feminazi’? 

VVG: En ocasiones en broma y más de uno o una seguro que lo ha pensado y no lo ha dicho. Sí que he recibido comentarios o apreciaciones muy poco agradables por describir las discriminaciones que nos toca vivir o por intentar dar cuenta de qué supone la igualdad de oportunidades. ‘Feminazi’ es un término para ridiculizar y menospreciar al feminismo. No existe un aparato organizado que sostenga la supremacía de las mujeres.
Quien piensa esto seguramente no le gusta escuchar algunas verdades que forman parte de la realidad de la vida de las mujeres.

SDL: Sé que te preocupa la juventud, las mujeres jóvenes a veces no son capaces de identificar actitudes machistas y retrógradas que amenazan seriamente lo logrado durante décadas…

VVG: Me preocupa cómo dialogamos entre generaciones. Hay caminos que tenemos que transitar solas, pero es verdad que yo tuve a mujeres que me orientaron, que me advirtieron, con las que compartí momentos, discusiones y de las que tuve que distanciarme en algunas elecciones. Me pregunto qué sucede en la actualidad con esta transmisión, qué ocurre para que las jóvenes se encuentren en algunas situaciones.
Cómo trabajamos con ellas también es importante tener en cuenta, qué mensajes y fundamentalmente qué modelos están recibiendo.

SDL: ¿Qué cuestiones crees que harán que la situación cambie? ¿Cuándo se dará el final del machismo?

VVG: Soy optimista, pero el machismo goza de buena salud. Tiene mucha capacidad para mutar y acomodarse y eso lo tenemos que tener en cuenta.
En la última entrega de los Goya, los hombres nos explicaron qué sucedía con las mujeres en el cine y por poco nos cuentan cómo ser feministas. Sin embargo, una verdadera transformación o enfoque de género supone no sólo hablar y solidarizarse con cifras y alegatos, sino dar voz a las mujeres para que hablen de cultura, de creación, de cine. A las mujeres nos convocan para hablar de temas de mujeres. ¿Qué pasa con el resto de temas, con la actualidad, la política y la cultura?
La situación mejorará en tanto podamos establecer lazos desde la sororidad y el empoderamiento personal y colectivo. Marcela Lagarde describió la sororidad como “la experiencia de las mujeres que conduce a la búsqueda de relaciones positivas y la alianza existencial y política.” El objetivo es poder detectar y eliminar las formas de discriminación desde el mutuo apoyo, sumando y creando vínculos, en los que cada una es un eslabón de la cadena.

SDL: Vanina, ¿cómo imaginas el futuro, por ejemplo en 50 años más…?

VVG: Me gustaría que la humanidad me sorprendiera.

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Una respuesta a Cuando Vanina dejó Buenos Aires

  1. CARMELA GOÑI dijo:

    Reflexiones inteligentes las de Vanina.
    Cómo mujer Navarra que soy, me gusta que:
    1.- A pesar de ser “forastera”, ha sabido entender el funcionamiento de los Navarros, en este caso. Ni enjuicia ni culpabiliza. Sabe que es cuestión de respeto y adaptación y ha sabido rescatar de nuestra tierra, la apertura a otras gentes, que tanto nos enriquece, a mí parecer.
    2.- Su mirada hacia el hombre no es de arriba a abajo. No necesita desbancarlo, desacreditarlo, para observar que el machismo no tendría lugar si las mujeres nos organizamos y empoderamos con firme decisión. Es otra forma de apoyar, el creer que el cambio social, está en gran medida en nuestras manos

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