El teatro para la vida de David Diamond

¿Y si algunas de las lacras de nuestra sociedad como la violencia, el racismo o la falta de respeto medioambiental pudieran combatirse desde una disciplina artística como el teatro? Esto que puede sonar a utopía es una realidad y esta semana se ha podido vivir en Pamplona de la mano de David Diamond, el padre del denominado Theatre for living o Teatro para la vida. Una herramienta creativa, crítica y constructiva para lidiar con los males de nuestra civilización.

Theatre for living o el teatro para la vida es un movimiento mundial que ha revolucionado el ámbito de la escena y que trabaja en beneficio de la convivencia, la paz y la educación, abordando las necesidades de una comunidad y tratando de superar las barreras que impone el formato o el lenguaje. Soy consciente de haber oído hablar de esta iniciativa en alguna ocasión, pero sinceramente, no sabía mucho acerca de sus orígenes ni de su creador hasta hoy. Una de mis mejores amigas y colega me ha invitado a conocer a David Diamond, director teatral, escritor y precursor de este Teatro para la vida y nada me apetece más que escucharle hablar y tener ocasión de compartir con él algunas de sus ideas.

Hemos quedado a las 8 y tengo cerca de media hora para entrevistarle. El facilitador de este encuentro me advierte de que, tras una jornada continua de formación, David está agotado, pero aún así accede a unos minutos de charla y a tomarse una copa de vino con nosotras. El dramaturgo canadiense nos espera sentado al fondo de un restaurante con encanto en pleno centro de la ciudad y nada en su apariencia serena y menuda haría pensar en la fuerza interior que le ha llevado a convertirse en un referente mundial del arte, del teatro y de los derechos humanos.

Nos saluda muy cortés y se disculpa por su cansancio a esta hora de la tarde. Me cuenta que la mayor parte del tiempo mientras está enseñando se lo pasa perdido en la traducción” ya que él no habla español, pero que aún así, la energía y la fuerza creativa de sus alumnos fluye hasta convertirse en una fuerza de unidad gracias al teatro.

Me explica que el Teatro para la vida que enseña estos días en Pamplona llega por primera vez a España, pero que ha resultado un éxito ya en muchos otros lugares y países. “Se trata de expresar desde las emociones y desarrollar la obra de teatro desde una perspectiva basada en la teoría de sistemas, entendiendo a la comunidad como un organismo vivo“. Algo que este dramaturgo y director de escena canadiense ha interiorizado desde niño: “Recuerdo que desde muy pequeño he estado interesado en los Derechos Humanos. Las cosas suceden de un modo injusto y creí que de alguna manera podría cambiarlas. Frente a la fuerza del miedo, descubrí el poder de la interpretación a los 17 años. Otra de mis pasiones era la Física, todo lo relacionado con las fuerzas de la naturaleza, la ciencia, la ciencia ficción. De hecho, en mi infancia, la ciencia era ya como ciencia ficción porque los descubrimientos permitían atisbar un mundo muy alejado de lo que existía hasta entonces, cosas que a veces resultaban inverosímiles. Ese fue el binomino que marcó mi camino durante años y que aún hoy supone una especie de brújula: derechos humanos y ciencia”.

El curso de teatro internacional que imparte esta semana tiene lugar en la Ciudadela y está organizado por la Escuela Navarra de Teatro con el apoyo del Ayuntamiento de Pamplona. En él trabaja sobre todo “la inteligencia emocional dentro del trabajo comunitario, proponiendo una comunicación más abierta, con la que crear activamente la realidad a la que se aspira, en unos términos más justos que la realidad que vivimos. Hay demasiada injusticia en este mundo“, dice David reflexionando en voz alta sobre su trabajo.

David me cuenta que la propuesta del Teatro para la vida que él practica propone “abordar los conflictos sociales a través del arte, siguiendo las propuestas de Augusto Boal y su Teatro del Oprimido“, aunque todo ello está en buena parte recogido en su libro ‘Teatro para la vida: el arte y la ciencia del diálogo basado en la comunidad’, ganador del premio “Distinguished Book Award” de la Alianza Americana de Teatro y Educación.

Y todo surge de una vocación interna y de una llamada interior que se remonta a su infancia y primera juventud: “A los 17 años ya era actor. A los 22, me profesionalicé, y poco más adelante comencé a intuir la fuerza que podía tener el colectivo. Movilizar conciencias, hacer preguntas, buscar respuestas, ser crítico e inquisitivo, aguzar el ingenio, explorar la creatividad… son acciones que día a día fueron forjando mi mirada. En 1984 vine a Europa y después viajé a Brasil donde tuve ocasión de conocer algunas tribus y explorar ciertas formas de vida tradicional que me hicieron replantearme muchas cosas y comenzar a trabajar textos políticos para intentar cambiar todo aquello que no funcionaba y que, en el fondo, era resultado del colonialismo”.

En más de tres décadas ha trabajado en cerca de 500 comunidades en Canadá, los Estados Unidos, Nueva Zelanda, Alemania, el Reino Unido, Austria, Brasil, Namibia, Finlandia y Australia, y en numerosas Naciones Indígenas como Gitxsan, Wet’suwet’en, Sto: Lo, Nu-chah-nuulth, Mohawk, Ute, entre otras.

Me doy cuenta mientras le escucho hablar de que la fuerza de David nace de su interior y se transmite a través del cauce de su mirada. Una mirada directa e inquisitiva llena de interrogantes en busca de respuestas: “El hecho de ser de un lugar en Canadá, Winnipeg, donde el paisaje es plano y uniforme, y donde la linealidad te permite ver hasta el horizonte, sin que haya nada que interrumpa esa visión y la perspectiva, es como una señal para mí. Quizá es una señal de que yo debía intentar una búsqueda de respuestas e ir tras esa perspectiva”.

Hay dos términos que definen toda su obra, me explica mientras su expresión se torna apasionada y se llena de matices: “el arte, como catalizador de emociones y maneras de expresión; y el diálogo que crea la obra. Además, creo que es fundamental la actitud: estar abierto y receptivo al otro, a lo que ocurre ahí afuera. No de una forma meramente observadora y pasiva sino como agente de intervención, análisis y cambio hasta llegar, si es necesario, a una ruptura total con lo establecido”.
Me preocupa la violencia, me dice en el último momento antes de despedirnos: “¿Cómo es posible que se genere tanta violencia en el mundo y que, además, no seamos capaces de atajarla más allá de encerrar en cárceles a tanta gente violenta? Ese no es el camino ni la solución y un día tras otro no dejó de preguntarme “¿Por qué?”.

Y la pregunta queda abierta.

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