Sesión de vuelo con Cristina Requejo

Cristina Requejo nació con alas aunque ha sido en la madurez cuando esas alas le han permitido alzar el vuelo y llegar a disfrutar plenamente de las alturas. Las alas ya estaban ahí cuando era una niña noble, sensible y “asilvestrada” que no paraba de hacer trastadas a sus cinco hermanos menores. Lo interesante es que es ahora cuando ha aprendido a usarlas, mientras el cielo “crece un poco cada noche“. Hace un año sufrió un problema serio de salud que la llevo a volcar sus emociones en  poemas y, a raíz de esa escritura desnuda, se descubre en un poemario titulado “¿De dónde esta manía de ser pájaro?” (Editorial Enkuadres). Poemas escritos desde la herencia de lo vivido. 50 textos donde plasmar la vida y que destile, gota a gota, en silencio, como herramienta de entendimiento de todo lo que nos ocurre.

  • ¿Con qué sueñan los pájaros, Cristina?

Pienso que los pájaros aspiran a no tener que soñar, pero para ello, necesitan miles de kilómetros de vuelo. No tener que soñar significa vivir en plenitud, haber logrado la distancia necesaria entre pasado y presente para reconocer y reconocerse desde la perspectiva que nos aporta el paso del tiempo. Ese es el sueño de los pájaros, un sueño de conocimiento y autoconocimiento que los libere de la pesadumbre que conlleva aquello que magnificamos, de cualquier servidumbre; anhelan la levedad, lo esencial frente a lo accesorio, la libertad que aporta el no estar sometido a una búsqueda, sino al hecho de celebrar cualquier encuentro.  Ese ‘no tener que soñar’, es el sueño de los pájaros, y sólo se puede alcanzar volando, ahí la paradoja. Sus paradas, no son para anidar o enraizarse, sino para alimentarse de aquello que impulsa más su vuelo: la experiencia que aporta lo vivido y la necesidad de comprenderlo.

  • Los sueños son una parte fundamental de la materia con la que están construidos tus versos. ¿De qué más fuentes beben tus poemas?

Sueños como aspiración a lo que te contaba en la respuesta anterior. Yo me alimento de la vida, de lo que nos da y de aquello que nos arrebata. De las presencias y de todas las ausencias, de la alegría y del dolor, de la risa y el llanto, de heridas que aún sangran  y también de cicatrices, y de cualquier objeto cotidiano, o de un gesto o una mirada que actúan como magdalenas proustianas en mi cerebro. Todo lo vivido, propio o ajeno, deja un poso, y en mi caso, después de un tiempo, como si dentro se despertara un volcán, ese poso se agita y exige una transformación: convertirse en palabra. Necesito distanciarme de lo vivido para poder contarlo; soy, por ejemplo, incapaz de escribir una sola línea si me encuentro triste o demasiado alegre, o si estoy pasando por un momento malo, porque me bloqueo, pues ahí la urgencia es superar lo que está sucediendo, sobreponerse a ello. Las montañas rusas emocionales siempre se calman, y es desde esa calma, que trae consigo aceptación y comprensión,  desde la que sólo soy capaz de escribir. Ninguno de mis poemas ha sido creado a partir del estado de ánimo que de ellos se pueda inferir, sino de la herencia que nos deja lo vivido.

  • Leyendo tu poemario se me ocurre que escribes para poder volar más alto. ¿En qué momento el cielo se te quedó pequeño?

Se me queda pequeño día a día, de ahí esa necesidad expansiva, jaja. En realidad, cuando todo te interesa, cuando el gusano de la curiosidad vive contigo, todo te mueve y te conmueve.  Decía John Keats algo así como que nada es real hasta que se experimenta. ¿Cuántas ocasiones nos ofrece la vida para hacer o deshacer, o incluso para quedarnos  quietos y no mover ficha? Muchas, afortunadamente. Yo, para bien o para mal, nací con alas, y no lo digo como si esto fuera algo extraordinario, no, porque en ocasiones es una cruz, pero no sé vivir de otra manera. Precisamente porque el cielo es inmenso y ofrece un aprendizaje que para mí es pura tentación, estoy siempre en movimiento. A estas alturas de la vida, si no me acepto como soy, me vería como a una desconocida. El cielo crece un poco cada noche, y mi necesidad de volarlo, también lo hace.

¿Escribir para poder volar más alto? Tal vez ese sea un medio, pero no el fin de mi    escritura. En los 50 poemas que conforman este libro, no hay ficción; detrás de cada uno hay una historia que en cierto modo me define, una historia propia o robada a alguien cercano. Para mí es muy valioso lo vivido y cómo lo vivimos, y la finalidad es siempre llegar a comprender; para ello, necesito contármelo, y mi herramienta es la escritura. Vivir, comprender, eso es para mí querer volar más alto.

  • Pero podías haber pintado cuadros con colores de atardeceres infinitos. O haber dado forma a partituras que nos hicieran soñar en do mayor… sin embargo, empezaste a escribir versos. ¿Cómo fue el proceso de la escritura para ti hasta llegar a publicar tu primer libro?

Fue la lectura la que despertó en mí el  placer de  escribir. Empecé a leer desde muy pequeña, y además, no siempre esas lecturas iban acordes con mi edad, pero yo no me conformaba con leer tebeos o a Enid Blyton, y los alternaba con Flaubert, Kundera, Cortázar o Baudelaire. Me encantaba cambiarle los finales a todas las novelas; si Flaubert se enterara  de lo que hice con su Emma, no sé qué me haría. Hasta hace poco más de un año,  siempre escribí prosa, y tengo algunos  relatos  publicados en un par de antologías. También publiqué durante meses mis relatos en un periódico local de El Bierzo. Y  tengo un blog abandonado en el que durante unos años, colgaba alguno de mis textos.

 Fue a raíz del concurso de poesía Cuenta 140, de El Cultural, que lleva Joaquín Pérez Azaústre, cuando me atreví, viéndolo como un juego, a escribir mis primeros versos. Él me animó, sin saberlo, a lanzarme a escribir poemas más extensos  de los 140 caracteres que exige ese concurso.

Disfruté mucho escribiendo estos poemas, pero no los escribí con intención de publicarlos; ni siquiera me rondaba la idea de crear un poemario. Escribía a ratos algún poema que  a veces colgaba en las redes, y otras muchas se quedaban guardados en una carpeta.

Hace  año y medio tuve un problema serio de salud. Mi vida pegó un vuelco, y tuve que cambiar algunas de mis rutinas. En un primer momento  todo fue muy desconcertante, sentí incluso mucho miedo, pero yo no soy capaz de instalarme en el desánimo, no va con mi naturaleza, así que, pensé que a la vida, cuando viene fea, siempre se le puede sacar un dividendo. El mío ha sido este poemario. Me puse a escribir como si estuviera poseída, poemas y poemas, hasta que un día me paré a releerlos. Me vi en todos ellos tan desnuda, tan yo, ahí, de un modo absolutamente inconsciente, que me sorprendí. Fue así como descubrí esa manía mía de ser pájaro, y tantas otras cosas sobre mí y sobre mi manera de ver y concebir la vida. Hoy sé que esos poemas son fruto de ese poso agitado del que hablaba antes, y que se fueron gestando según yo iba viviendo, sin saberlo. Tenían que nacer, era el momento.

  • ¿Eres una persona maniática? ¿Cuáles son tus manías?

No soy una persona maniática, creo que tengo más defectos que manías, y más que manías, son necesidades. Necesito mi espacio, mi tiempo, mi soledad, y también rodearme de aquellos que me quieren y a quienes  quiero. Necesito, por encima de todo, sentirme libre, dueña de mi vida, y no llevo nada bien que nadie me pida explicaciones.  No soporto el ruido, ni que la gente hable gritando, así que busco la soledad y el silencio en muchos momentos. ¡Qué complicado es eso para mí! Pero no soy una persona solitaria; también necesito estar rodeada de mi gente. En ese sentido, sí que soy afortunada, pues la vida me ha puesto cerca a muchas, muchas personas maravillosas.

  • ¿Es posible que las manías sean una válvula de escape de nuestro yo más real, ese que escondemos bajo la armadura con la que salimos al mundo?

Sin duda; ese ‘yo’ no puede permanecer encorsetado, ni debe. Antes te comentaba que para mí es importante el aceptarme como soy, con manías, defectos, y otras taras, pero no siempre nos atrevemos a conocernos del todo, porque para eso, hay que hacer mucha introspección y practicar a cada rato un ejercicio de honestidad con uno mismo, ver y reconocer nuestras luces y nuestras sombras, sin reservas, y encontrarnos con nuestros fantasmas y demonios. Pienso que es algo muy necesario, aunque a veces doloroso, mantener ese cara a cara con nosotros, sin máscaras ni autoengaños. Hay cosas que siempre podemos intentar cambiar en relación a nuestros defectos, e identificarlos es ya un gran paso. A la larga, nos facilita la vida y también se la facilita a quienes nos rodean.

  • La memoria es fundamental para ti. ¿Qué seríamos sin memoria, Cristina?

Sin memoria, perderíamos nuestra identidad, y eso es más terrible que la muerte. Le temo más al deterioro de la memoria que a cualquier otra enfermedad. Sería algo así como haber vivido para morir en blanco, como si acabaras de nacer, sin llevarte nada contigo, sólo esa niebla tan tremenda.

  • Y para tener memoria y valorarla necesitamos de un ambiguo ingrediente: el tiempo. ¿Qué es el tiempo para ti? ¿Y cómo lo gestionas día a día?

El tiempo lo concibo como una oportunidad, por eso le doy tanta importancia. Oportunidad para todo, hasta para poder perderlo; tal y como escribió  Eduardo Galeano, “Pobres, lo que se dice pobres, son los que no tienen tiempo para perder el tiempo”, y no puedo estar más de acuerdo con él. Pero el tiempo también vuela, y para mí, distribuirlo y repartirme, supone un esfuerzo, porque aunque no queramos, vivimos bajo el mandato de un reloj. Con los años he ido adquiriendo un poco de serenidad y me cuesta menos disciplinar mi anarquía horaria, pero a veces es una locura, porque aunque necesito y quiero conciliar todas mis facetas, no resulta sencillo, y aunque lo logre, es pagando el peaje de la aceleración. Casa, hijos, pareja, amigos, trabajo, y a eso súmale tareas pereza como pasar la ITV  o tener que ir a pedir un Certificado de empadronamiento o renovar el DNI, ¡todo lo burocrático me produce terror! Mi tiempo siempre es mejor cuando mis hijos están de vacaciones, cuando no estamos sujetos a horarios, porque la prisa me aturde. Y cuando puedo dedicarle horas a mi gente, sin agobios.

Madrugo mucho para disfrutar, desde que empieza el día, de un rato de mi tiempo, sólo yo, un café, la casa en off, y algo de prensa digital o consultar mi correo. A partir de ahí, de lunes a viernes, los días son un poco acelerados, pero para resarcirme, le robo algunas horas a la noche, donde todo vuelve a estar en calma. Duermo más bien poco.

Para escribir, aprovecho los ratos que tengo libres, que no son muchos, por eso escribo notas en el trabajo o incluso en el supermercado mientras hago la compra. Y también logro sacar tiempo para leer, y para estar con mis amigos, o disfrutar de mis hijos. No sé, pero empiezo a pensar que hacemos magia con el tiempo, y eso que yo tiendo a dispersarme.

  • ¿Y el amor? ¿Se puede sobrevivir a esa herida? ¿Se vuela igual después de la herida profunda de haber amado y sufrido por esa razón?

El amor es algo extraordinario cuando ocurre, y  también cuando desaparece, aunque nos duela. Porque el amor enriquece, y no siempre está llamado a durar, sino a vivirlo. Las heridas que nos deja, a veces se convierten en bonitas cicatrices  después en el recuerdo.  El tiempo es un buen catalizador de emociones, y lo que en un principio nos parece una tragedia, hablo de una ruptura, de la sensación de fracaso que provoca,  el tiempo lo convierte a veces en una comedia divertida. Y cuando ya lo sabemos, porque hemos chocado de frente con el desamor, es mucho más llevadero. Se cura.

No siempre van de la mano amor y sufrimiento; de ser así, escaparíamos del amor como de la peste, o al menos, eso sería  lo sensato. Pero como en el amor la sensatez se queda a un lado, siempre digo que hay que vivirlo, sin grandes expectativas, pero con la misma ilusión con la que vivimos aquel primer amor.

Después de la herida, se vuela incluso con más ganas, pero también con otro tipo de exigencia. No vale cualquier amor cuando tu vida resulta satisfactoria y el amor romántico, aunque es maravilloso, no supone el pilar más importante.

En cualquier caso, me encantaría llegar a envejecer amando. A veces, soy pura contradicción.

  • ¿Qué soñabas cuando eras una niña y las alas no eran en ti más que una intuición?

Fui una niña traviesa que dio mucha, mucha  guerra. Un auténtico trasto, rebelde y asilvestrado. Benditos mis padres, porque soy la mayor de seis hermanos y los traía siempre en jaque. Pero –eso dicen- era noble. Y muy sensible también. Soñaba con tener todo lo que ahora me produce dentera: un marido, un sofá compartido a todas horas, dormir siempre  acompañada, aplausos y felicitaciones, la aprobación de todo el mundo, ¡buf! Qué lastre. Y muchas de esas cosas sí las encontré, pero mis sueños, por suerte, fueron cambiando, y me deshice a tiempo de todo aquello que no me hacía feliz.

Quién sabe, si de ahí, nació esta manía que tengo  de ser pájaro.

  • ¿Y ahora, con tu primer sueño de versos cumplido, qué..? ¿Con qué nos sorprenderás la próxima vez?

Estoy trabajando en un segundo poemario, que a saber dónde termina. Empecé con él cuando envié el manuscrito del primero a la editorial, porque yo, como te dije, encuentro placer en la escritura. No hablo de una necesidad de escribir, sino de hacerlo por puro placer y diversión. Si escribir fuera una imposición, ya no sería divertido, sino un trabajo más, y no tendría sentido.

Por otro lado, me propusieron un proyecto ambicioso en prosa que me ilusionó mucho en su momento, pero lo tengo en cuarentena, al menos hasta que me vea capaz de hacerlo. No es el momento, por ahora, pero quizá lo sea en unos meses.

  • Gracias, querida Cristina. Y feliz vuelo.

 

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