La filosofía poética de Venancio Gorosquieta

Ser escritor es algo que no tiene edad. Y Venancio Gorosquieta Borja ha escrito sus dos libros tras jubilarse y con la mirada puesta en sus padres, hermanos, en sus hijos y nietos: “Me gustaría dejarles un legado“, me dice. En este legado recoge, a través de poemas, sus conocimientos de Filosofía y su experiencia vital, tras más de 4o años dedicado a la enseñanza. A sus 81 años, Venancio es un ejemplo de lucidez, tesón y de conocimiento aplicado a la vida, además de un escritor tardío y lleno de ilusión.

Me jubilé a los 65 años, después de dedicarme a la enseñanza 41 años, los últimos 37 en el Colegio Calasanz de Pamplona. Enseñé también en Jesuitas y fui profesor de Filosofía, de Lengua y de Sociales. Al jubilarme, descubrí que tenía tiempo para otras cosas, aparte de la docencia. Y casi al azar, comencé a escribir en vísperas del nonagenario de mi madre, cuando se me ocurrió regalarle un poema”.

Fue así como surgieron las primeras de las cientos de estrofas que ha escrito, corregido y ampliado varias veces, mejorando el fondo y la forma. Estos trabajos están finalmente publicados  con los títulos de ‘Rimas filosóficas’ (2011) y ‘Esperanzas convergentes’ (2017). Dos libros que son un testimonio de su entrega a la enseñanza, pero con la mirada siempre puesta en el análisis de los temas filosóficos y antropológicos fundamentales, observados desde su experiencia vital. “Pensaba siempre  en dejarles algo a mis nietos, algo que no es material; un legado para que algún día lo lean y entiendan un poco mejor la aventura de vivir“, me dice. Lo acabo de conocer gracias a su hija, y me llama la atención la mirada bondadosa y la profunda sinceridad de este profesor jubilado. Intuyo en sus palabras mucho estudio y conocimiento, pero sobre todo mucha comprensión.

Cuando comencé a escribir, sentí que había llegado con mi jubilación el momento de la vida en el cual toman fuerza las preguntas: ‘quienes somos, de dónde venimos y a dónde vamos’. Entonces decidí explicar con poesías estas definitivas preguntas, desde los escritos de los grandes filósofos y también desde mi propia perspectiva, escribiendo las “Rimas filosóficas”. Tales de Mileto, Sócrates, Platón, Aristóteles, Kant, Heidegger… han ido aportando luces y sombras a las grandes cuestiones, que inquietan a los seres humanos.

¿Qué es la Filosofía? le pregunto.

Filosofía es vivir

de una forma dudosa,

consciente y angustiosa,

el incierto porvenir.“, me contesta.

Yo soy yo y mis circunstancias’, afirma con Ortega y Gasset, uno de sus filósofos de cabecera, junto con otros pensadores modernos. Siguiendo  el pensamiento de Whitehead, me explica que somos un evento, un suceso, una chispa de luz, derivada del Big Bang, y que seremos luz al final,  “cuando todo termine y se transforme en luz, según la Ecuación de Einstein”.

Pero ¿y la trascendencia? Llegados a este punto, me cuenta Venancio que para ampliar los conocimientos de Magisterio, -en los años en que estaba ubicado en la Plaza San José-, estudió Filosofía y después Psicología. Y es ahí cuando introduce a Freud en su discurso.

Freud  reduce la conciencia humana a un reflejo sensorial que, al llegar a la zona cortical del cerebro, se convierte en conciencia, en un haz de reflejos conscientes. Al morir  el cuerpo, muere también su conciencia, convertidos sus reflejos en cenizas. Pero, si sólo nos fiáramos de los sentidos, nos estaríamos perdiendo algo. Como dice Platón: ‘se apoderó de mí el temor de quedarme completamente ciego de alma si miraba las cosas con los ojos’. Aquí está la clave -me dice Venancio-. Siento que soy libre y que amo. El amor y la libertad son valores y experiencias vitales, que superan y trascienden los sentidos. Son las huellas, los indicios de la trascendencia del ser humano.

Si a ésto sumamos las orientaciones de Popper, cuando dice que todas las teorías humanas son falsables, pues no conocemos todas las variables posibles, concluimos  que  tiene que existir una Ciencia absoluta, que trasciende y fundamenta la ciencia humana, que es objetiva y cierta, aunque sea falsable. Gracias a esta oculta Ecuación, que yo entiendo divina, el continuo devenir tiene una significación, que afirmamos o negamos, porque somos libres“. En esa libertad, Venancio se confiesa creyente, pero un creyente al estilo de Unamuno; los que ansían creer, aunque vivan asediados por las dudas. Y me cuenta que admira a los filósofos que nos ayudan a pensar, sembrando dudas y asombro. De ahí que asegure que filósofo es “la persona que enseña a vivir conscientemente asombrados”.

Le pregunto por su segundo libro titulado ‘Esperanzas convergentes’, un trabajo mucho más personal, compuesto por una serie de 80 poemas, con los que “pretendo interpretar los testimonios vitales de importantes figuras históricas y de personas anónimas, nuestra vida cotidiana y nuestro entorno cultural. Pero también deseo que animen al lector a soñar cada día con su trabajo, con el amor y la paz“.

“Estamos en un mundo falsamente pragmático, pues no buscamos los valores que valen por si mismos. Nos falta vivir  una verdadera confluencia de valores, con respeto y tolerancia“, señala Venancio.

Este segundo libro nació de sus “Rimas crepusculares”, profunda y ampliamente renovadas, con matices y mensajes filosóficos. “Escogí temas sencillos aparentemente, porque quería aplicar los mensajes filosóficos  a todas las cosas que nos rodean. Comienza el primer poema con una cita de Heráclito, preludiando el complejo devenir. De un Principio vital, por él llamado Fuego, ahora sería el Big Bang, dimanaron el Sol, la Luna, la Tierra, el agua, los árboles… Surgieron después los seres humanos, con sus oficios, culturas y ensueños, que podemos transformar en valores, en las esperanzas convergentes, en las razones del corazón, ocultas a los sentidos. El devenir natural se acabará con el tiempo. Pero la evolución creadora tiende siempre hacia formas superiores, según nos explica Bergson, de la misma manera que nos pregunta el último poema:

                 ¿El silencio amoroso

                  es la forma superior

                  del impulso creador,

                  infinito, armonioso?

El legado de Venancio Gorosquieta es auténtico y sincero. Le digo que me admira por su capacidad de ilación argumental, por sus teorías encadenadas y sentido común, transmitidos con poemas claros, sencillos y rítmicos. “Me sirvo de las redondillas, siguiendo la línea de Machado, porque  creo que transmiten con claridad y sencillez  los sentimientos y pensamientos, profundamente complejos. En el segundo libro me salen las estrofas más espontáneas, y el ritmo me lleva desde el principio hasta el final de una forma ágil. Desde los títulos hasta la última estrofa, todos los octosílabos tienen su acento predominante en la tercera sílaba“.

Le pregunto si alguna vez en su vida se imaginó a los 81 años como escritor y me dice : “Esto de escribir es una cosa curiosa. Cuando me sale, escribo de seguido, aunque después hago muchas revisiones. Pienso que he aprovechado el tiempo de mi vejez y que dejo mi testimonio a mis hijos, mis hermanos y mis nietos, y a los que quieran leer mis libros en la red de bibliotecas públicas de Navarra. Más allá de que las sociedades en las que vivimos se olviden de la Filosofía y apuesten por un pragmatismo peligroso, es obligatorio que nos preguntemos de dónde venimos y a dónde vamos, para saber quiénes somos y para aprender a aceptarnos y a aceptar a los demás, sus puntos de vista y sus formas de ser diferentes. Si no somos capaces de hacerlo, no habremos avanzado nada como sociedad e iremos a la deriva“.

A punto de despedirme me muestra las fotos de toda su familia. Ellos presiden el salón de su hogar, y son el objeto primero de su legado como escritor. Venancio me habla de su esposa, a quien dedicó su primer libro: (“A Carmen, mi esposa, que me ha enseñado el significado de la vida, con su donación total a nuestros hijos y nietos”); me habla de sus cinco hijos y de todos sus nietos a quienes dedicó su segundo libro: (“A mis hijos y nietos, mis cumplidas añoranzas, las humanas esperanzas de mis años ya completos…”), junto con sus padres y hermanos: (A mis padres y hermanos, que forjaron mis afectos y limaron mis defectos, en los tiempos ya lejanos). Mientras me habla de todos ellos, se le ilumina la mirada.

Me cuenta que hace pocos días uno de sus nietos le preguntó, con inocencia infantil, por qué no era famoso si escribía libros. Venancio sonríe, mientras me explica que le respondió que, al igual que hay futbolistas de primera división, de segunda y de regional, su abuelo era un escritor de regional, pero que lo verdaderamente importante -dijo a su nieto- era jugar.

Sonrío yo también y le digo que, más allá de las categorías, lo que no llegó a explicarle a su nieto es que Venancio ha superado ya todas las clasificaciones y, siguiendo el símil futbolero, podría decirse que ya ha ganado su Liga y su Champions.

Y entonces me contesta que, si eso es así o no, tendrán que decirlo sus nietos, cuando lean sus libros en el momento adecuado, “porque para todo en esta vida hay un tiempo“.

Y su sonrisa se hace aún más amplia y su mirada aún más bondadosa.

 

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