Un regalo para estas Navidades

Una de las muchas cosas que agradezco al Teléfono de la Esperanza es el mundo emocional del que me nutre, un mundo que cada vez más personas hacen que ya no sea tan paralelo al que estamos habituados. Poco a poco ese mundo lleno de luz va abriendo brechas en el muro que nos aísla de lo trascendente, de lo importante para el ser humano.

Una vez más me han permitido darme un garbeo por ese mundo en el que soy bombardeado continuamente por sentimientos y emociones que yo recibo con los brazos abiertos y que devuelvo agradeciendo, abrazando y creciendo como ser humano.

Según van pasando los años y se van repitiendo esos “garbeos” soy más consciente de que soy parte de esa empresa con trabajadores que no tienen por qué conocerse entre sí pero que, armados con una buena maza y una recia cuña, van abriendo brechas en el muro para dejar que pasen rayos de luz.

Esta vez la vuelta a la rutina ha sido diferente. Me he despertado, he desayunado y he ido al trabajo. En la hora del café yo todavía estaba intentando conectar con el mundo real en el que todo lo vivido parecía estar fuera de lugar: los compañeros hablaban de las noticias del día, de si el café no estaba tan rico esta vez, de los regalos para sus seres queridos…una decía que una Play para su hijo, otro que una pulsera a la que su mujer, en un alarde de sibilina estrategia, le había echado el ojo y se lo había dejado caer un mes atrás…los he imaginado en la cena de Nochebuena, a la hora de los regalos, compartiendo esos detalles que hacen más felices a las personas que quieren y recibiendo con más o menos ilusión los de ellos. Y me he imaginado a mí en la misma situación. Sé lo que voy a regalar a cada una (aunque como siempre todavía no lo he comprado) y de repente me ha venido una reflexión a la cabeza: ¿qué pasaría si fuera el último regalo que les puedo dar? ¿y si para sus cumpleaños o para las próximas navidades ya no estoy, o ya no están? No quiero ser agorero, pero esas preguntas me han hecho imaginar a mis seres queridos sonriendo con mis regalos y yo pensando “¿y ya está? ¿esto es todo lo que les voy a regalar?”. Y he tomado la firme decisión de hablar con cada uno y decirles todo lo que les quiero y por qué. Soy consciente de que pondrán cara rara (es el efecto de los primeros golpes de la maza) pero sé que en el salón el ambiente se volverá diferente, dejará de ser el testigo de un rutinario encuentro familiar navideño y sentiré cómo van entrando hilos de luz.

Y ahora pienso en ti querido lector, querida lectora, y no te imagino acercándote a cada uno, por turnos, para decir a cada uno que le quieres y por qué. Pero quizás no haga falta hacerlo así, solo es necesario encontrar un momento a solas estos días para hacerlo.

La respuesta “pero ya saben que les quiero” no les sirve de consuelo a las personas que han perdido a un ser querido: todos nos arrepentimos de no haberlo hecho o de no haber pasado más tiempo con ellos (otro buen regalo) hasta que nos faltan. Yo, desde luego, no voy a esperar más.

 Carlos Moreira. Psicólogo del Teléfono de la Esperanza

 

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