DEL NOBLE ARTE DE ENTRETENER

Título original. The Mummy. Año. 2017. Duración. 105 min. País. Estados Unidos. Director. Alex Kurtzman. Guion. David Koepp, Christopher McQuarrie, Dylan Kussman (Historia: Jon Spaihts, Alex Kurtzman, Jenny Lumet). Música. Brian Tyler. Fotografía. Ben Seresin. Intérpretes. Tom CruiseRussell CroweAnnabelle WallisSofia BoutellaJake Johnson,Courtney B. VanceMarwan KenzariJavier BotetShina Shihoko Nagai,Solomon Taiwo JustifiedEmily NgJason MatthewsonDylan SmithRez Kempton.

Hoy la cosa va para un poco más largo de lo habitual. Avisados quedan.

Cuando el productor Jerry Bruckheimer encargó a Gore Verbinsky llevar al cine la atracción de Disney Piratas del Caribe, lo hizo pensando en ofrecer un espectáculo de calidad cuyo único objetivo fuera el de entretener. Y lo hizo siguiendo la estela de Stephen Sommers y su versión de La Momia (The Mummy, 1999), una cinta de aventuras que recuperaba el sabor de aquellas viejas narraciones producidas entre la década de los 30 y la de los 50 protagonizadas por actores como Errol Flynn, Burt Lancaster, Gregory Peck, Stewart Granjer o Tyrone Power. Películas dirigidas por grandes cineastas como Hawks, Walsh, George Sidney, Michael Curtiz, Rudolph Maté, Andrew Marton, Jacques Tourneur o Robert Siodmak.

Los que ya tenemos cierta edad recordamos muchos de aquellos títulos: El capitán Blood, El hidalgo de los mares, El halcón y la flecha, Robin de los bosques, Scaramouche, El temible burlón, Los contrabandistas, El mundo en sus manos, El halcón de los mares, Su imperio era el océano, El prisionero de Zenda, La espada bengalí, Los tres mosqueteros, Las minas del rey Salomón, Beau Geste

 

No toda obra de ficción nace con el mismo propósito. Buena parte de ellas solo busca hacer que el público disfrute, se evada, se emocione, se aterre, ría, llore y/o viva una aventura ambientada en algún lugar lejano y exótico; que viaje al pasado, que atisbe el futuro. Así lo hicieron Stevenson, Dumas, Melville, Scott, Verne, Kipling, Conrad, Twain, London o Rider Haggard, que nos han legado algunas de las novelas más leídas y recordadas de todos los tiempos; libros que han forjado nuestra pasión por leer, por soñar, incluso por escribir.

Nadie duda hoy del merecido puesto que ocupan en el panteón de la Historia de la Literatura.

¿Por qué?

Porque sus obras —algunas de las cuales fueron publicadas como folletines por entregas en periódicos populares como Le Siècle— ofrecían un entretenimiento de calidad.

 

¿A qué viene toda esta digresión?

Muy sencillo: al estreno de La Momia (The Mummy, 2017), dirigida por Alex Kurtzman (creador de Fringe y guionista de La Leyenda del Zorro, La Isla, Star Trek y la saga Transformers) y protagonizada por Tom Cruise.

Debo confesarles que al ver el nombre de sus dos guionistas, David Koepp (Parque Jurásico, Atrapado por su pasado, Misión Imposible I, La habitación del pánico entre algunas otras) y Chirstopher McQuarrie (Sospechosos habituales, Valkiria, Jack Reacher), había concebido ciertas esperanzas. La Momia, sin embargo, es una de las peores películas que han llegado a nuestras pantallas en lo que va de año. De década, incluso. 

Lo sé, soy un iluso.

No es que le pida peras al olmo, o naranjas al olivo, no crean. Pero cuando acudo al cine a ver una película espero, por lo menos, que la historia que me cuenten, por muy simple, por muy sencilla que sea, esté bien escrita y contada. Es decir, que me entretenga con un nivel de calidad aceptable.

Lo que nos lleva de nuevo a lo que hoy nos ocupa realmente…

El noble arte de entretener, de escribir un relato cuyo único objetivo sea el de hacernos pasar un buen rato, está en peligro de extinción. El blockbuster y su equivalente literario, el bestseller —lo que en Estados Unidos llaman ficción popular— tienen mala prensa entre los defensores de un cine y una literatura más ‘elevados’, cuyo principal argumento en contra es —casi— siempre el mismo: esas películas, esas novelas son un mero entretenimiento; por lo tanto, se trata de obras menores. No seré yo quien les lleve la contraria en lo primero. Pero sí en lo segundo en algunos casos. Porque, créanme, entretener bien no es nada fácil. Requiere de imaginación, de habilidad, de pericia, de gusto por construir bien, por narrar mejor. Es decir, al igual que sucede con otro tipo de obras —de ese cine con C, de esa literatura con L—, también requiere de buenos escritores, de buenos guionistas, de buenos cineastas.

Por desgracia, La Momia carece de todo eso.

La Momia es solo ruido. Es un mal espectáculo, una película carente de imaginación. Un nuevo —otro— crossover entre monstruos que no ofrece ni siquiera un buen rato de entretenimiento.

Cuando la Universal apostó por su particular ‘panteón’ de monstruos a lo largo de la década de los 30 y los 40 —todas ellas eran películas de mero entretenimiento; de lo que se bautizó como serie B—, regaló al mundo algunas de las mejores cintas que se recuerdan: Frankenstein y La novia de Frankenstein (James Whale, 1931 y 1935); Drácula (Tod Browning, 1931); El hombre invisible (James Whale, 1933), El hombre lobo (George Waggner, 1941) o El hombre y el monstruo (Rouben Mamoulian, 1931).

Ochenta años después, parecen empeñados en destrozar aquel legado. Una pena.

 

 

 

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