LAS CONFESIONES

Título original. Le confessioni. Año. 2016. Duración.100 min. País. Italia. Director. Roberto Andò. Guion. Roberto Andò. Música. Nicola Piovani. Fotografía. Maurizio Calvesi. Intérpretes. Toni ServilloConnie NielsenPierfrancesco FavinoMarie-Josée Croze,Moritz BleibtreuLambert WilsonDaniel AuteuilRichard Sammel,Johan HeldenberghTogo IgawaAleksei GuskovStéphane FreissJulian Ovenden,John KeoghAndy de la TourGiulia AndòErnesto D’Argenio

Uno tiene cada vez más claro que el terreno en el que Roberto Andò (Viva la libertad, Viaggio segreto, El manuscrito del príncipe) se mueve más a gusto es el del manifiesto visual, no el de la dramaturgia. Las confesiones, su última película, es una historia que no acaba de decidirse por qué quiere ser, si un thriller, si un drama, si una fábula…

Acaso sea todas esas cosas. Pero tampoco es ninguna de ellas.

Les sitúo: una reunión secreta de los ministros de economía de los países que integran el G8 en la que van a poner en marcha un plan secreto, terrible —probablemente desguazar el mundo—, hasta que el presidente del FMI aparece muerto en su cuarto, un aparente suicidio. La última persona que ha hablado con él es un monje cartujo (Toni Servillo). Un hombre de pocas palabras. De casi ninguna. Como señala uno de los invitados, a diferencia del de un artista, el suicidio de un banquero es siempre un misterio, porque ya sabe que el mundo es imperfecto; una mierda, vamos.

Como ven, el punto de partida es de lo más interesante —me viene a la mente cierto chiste de abogados—. ¿Estamos ante un thriller? Bien podría ser, pero uno pronto se da cuenta de que no. Que lo que de verdad importa en el libreto no es averiguar si la muerte del director del FMI ha sido realmente auto infligida. Lo que importa es otra cosa. Esa cosa imprecisa que a veces denominamos ‘El Tema’.

Cuando uno escoge la dramaturgia como modo de contar, de transmitir ideas, sentimientos, adquiere un compromiso. Uno muy sencillo: contar una historia. Construir, articular una trama a lo largo de la cual los personajes revelen —y se rebelen también— su temperamento, su carácter, su ser a través de palabras, sí, pero principalmente mediante sus acciones. Mimesis de praxis que diría nuestro querido Aristóteles. Y el guion de Andò carece de trama. Acaso uno puede vislumbrar algún trazo inicial al carboncillo, pero la cosa no llega ni a boceto. De modo que la promesa hitchcockiana —tanto en el fondo como en la propia forma— se desvanece casi de inmediato y queda reducida a un ir y venir de personajes, la mayoría clichés, sacerdotes de la nueva religión que todo lo manda y ordena en el mundo actual, la Economía. Y entre ellos, una escritora de best sellers infantiles y un músico director de una ONG que tampoco llegamos a conocer.

La película regala algunos momentos buenos, frases devastadoras, verdades que hieren —impagable el chiste sobre el hombre al que deben trasplantar el corazón y le preguntan acerca de si prefiere el de un niño, el de un banquero o el de un economista—; también unos cuantos silencios de lo más elocuentes. Uno capta la intención satírica, la lección ética, la fábula moral que contiene el metraje; la pena es que Andò no haya hecho el esfuerzo de integrarla en una trama mínimamente interesante. Quizás como si de hacerlo, tamaña infamia —vulgar— fuera a restarle seriedad a la propuesta.

Algunos cineastas parecen estar por encima de semejantes nimiedades, de armar un relato, de construir y desarrollar una trama como si ello fuera una concesión intolerable. Pero qué quieren que les diga: de esto va la cosa, el cine, el teatro, la novela. De contar bien una buena historia. Es así como uno hacer llegar ‘El Tema’ al espectador. No de otro modo. Por desgracia, Andò parece olvidar que varios grandes maestros italianos que le precedieron, igualmente comprometidos política, socialmente; igualmente críticos con el sistema, igualmente sarcásticos; igualmente intelectuales nos contaron lo mismo a través de grandes relatos. 

Hablo de Visconti, de De Sica, de Marco Ferreri, también de Pasolini.

Eso sí, como siempre, Toni Servillo lo borda. Llena la pantalla. Aunque apenas use la voz.

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