EL TESTIGO

Título original. La mécanique de l’ombre. Año. 2016. Duración. 88 min.País. Francia. DirectorThomas KruithofGuion. Yann Gozlan, Thomas Kruithof. Música. Grégoire Auger.Fotografía. Alex Lamarque. Reparto. François Cluzet, Alba Rohrwacher, Simon Abkarian, Sami Bouajila,Denis Podalydès, Alexia DepickerProductora.Coproducción Francia-Bélgica; Casting7 / Scope Pictures / Silenis Media. Género. Intriga. Thriller | Espionaje.

Debuta Thomas Kruithof con un ejercicio formal, El Testigo, cuyo título en francés, La mecánica de(en) la sombra es mucho más certero, además de interesante, tanto desde el punto de vista del contenido, como del formal.

El cine negro —el polar, como lo llaman en el país vecino— francés, en especial el rodado a lo largo de los 60 y los 70 del siglo pasado, siempre ha apostado por los derroteros del cine de autor. Por un formalismo que, en ocasiones, aplasta la dramaturgia y pausa el ritmo en busca de un camino propio y diferenciado del noir norteamericano. Directores como Clement, Becker, Sautet, Melville, Verneuil, Truffaut, Chabrol o Godard han contribuido a él con grandes obras —Plein soleil, Le trou, Classe tous risques, Le Doulos, Bande apart, La samouraï, Que la bête meure, Derneir domicile connu, Le Boucher o Le cercle rouge son buen ejemplo de ello— y han marcado una ruta a seguir que, Besson, Kassovitz, Reno y Cassel aparte, aún transitan algunos. Entre ellos, Kruithof, que, fiel a sus maestros, plantea una película ‘de autor’ que, por desgracia, se desangra a medida que pasan los fotogramas.

No es que lo haga en lo formal, donde Kruithof lo tiene claro y despliega un catálogo de maestría en los encuadres, en la colocación de la cámara —fantástico el trabajo del experimentado Director de Fotografía Alex Lamarque—, sino en su desarrollo narrativo y dramático. Porque El testigo arranca bien, pero algunas de las decisiones tomadas en la escritura —como la subtrama entre el protagonista y una joven, creada únicamente para justificar un elemento del clímax, no para otra cosa— son, cuanto menos, cuestionables. Cuando no desacertadas. Tampoco el tramo final es del todo satisfactorio. Aún así, el guion esconde buenos momentos y, cómo no, una de esas pinceladas de autor que busca dotar al conjunto de una metáfora destinada únicamente a unos pocos elegidos. Los cultos. Los inteligentes. Los que merecen recibir el mensaje. Me refiero al elemento visual con el que Kruithof pretende decirnos lo que realmente quiere decirnos. Que Jerusalén arde en llamas. Que Occidente entero lo hace. Que está podrido. Que somos Sodoma. Que no hay ni diez justos entre quienes nos gobiernan. Que todos los que ostentan la potestas son iguales. Que su único interés es el de salvar su culo o colocarlo en una silla cada vez más mullida, más alta. Y para ello se vale de un elemento visual, el puzzle que el protagonista trata de culminar y que acaba finalmente desparramado por el suelo de su apartamento: Jeremías lamenta la destrucción de Jerusalén (Rembrandt, 1630).

No se crean que no es posible armar una buena película de un tipo que escucha. De un tipo normal, de un pobre desgraciado como nosotros que en un momento dado oye lo que no le corresponde; de un cordero al que le es revelada la ferocidad del lobo; la oscuridad del poder. Cierto señor llamado Florian Henckel von Donnersmarck lo hizo hace diez años en La vida de los otros. Ya en el siglo pasado, Coppola nos regaló La conversación (1974). En El Testigo, sin embargo, uno nunca acaba de saber a qué juega realmente Kruithof: si a una película de personaje, si a un thriller, si a una de intriga, si a una de espionaje…

Con todo, es posible que El Testigo agrade a aquellos que lo único que le piden a un filme es un ejercicio estético lleno de personalidad. Pero si lo que realmente les gusta es un buen ejercicio de buen cine de autor, de cine bien rodado y escrito, alejado de esas corrientes comerciales que tanto desprecian, lo que les recomiendo es que le echen un vistazo a El topo (Tinker Tailor Soldier Spy, 2011), del sueco Tomas Alfredson. Entenderán a qué me refiero.

Publicado en Sin categoría | Deja un comentario

DEL NOBLE ARTE DE ENTRETENER

Título original. The Mummy. Año. 2017. Duración. 105 min. País. Estados Unidos. Director. Alex Kurtzman. Guion. David Koepp, Christopher McQuarrie, Dylan Kussman (Historia: Jon Spaihts, Alex Kurtzman, Jenny Lumet). Música. Brian Tyler. Fotografía. Ben Seresin. Intérpretes. Tom CruiseRussell CroweAnnabelle WallisSofia BoutellaJake Johnson,Courtney B. VanceMarwan KenzariJavier BotetShina Shihoko Nagai,Solomon Taiwo JustifiedEmily NgJason MatthewsonDylan SmithRez Kempton.

Hoy la cosa va para un poco más largo de lo habitual. Avisados quedan.

Cuando el productor Jerry Bruckheimer encargó a Gore Verbinsky llevar al cine la atracción de Disney Piratas del Caribe, lo hizo pensando en ofrecer un espectáculo de calidad cuyo único objetivo fuera el de entretener. Y lo hizo siguiendo la estela de Stephen Sommers y su versión de La Momia (The Mummy, 1999), una cinta de aventuras que recuperaba el sabor de aquellas viejas narraciones producidas entre la década de los 30 y la de los 50 protagonizadas por actores como Errol Flynn, Burt Lancaster, Gregory Peck, Stewart Granjer o Tyrone Power. Películas dirigidas por grandes cineastas como Hawks, Walsh, George Sidney, Michael Curtiz, Rudolph Maté, Andrew Marton, Jacques Tourneur o Robert Siodmak.

Los que ya tenemos cierta edad recordamos muchos de aquellos títulos: El capitán Blood, El hidalgo de los mares, El halcón y la flecha, Robin de los bosques, Scaramouche, El temible burlón, Los contrabandistas, El mundo en sus manos, El halcón de los mares, Su imperio era el océano, El prisionero de Zenda, La espada bengalí, Los tres mosqueteros, Las minas del rey Salomón, Beau Geste

 

No toda obra de ficción nace con el mismo propósito. Buena parte de ellas solo busca hacer que el público disfrute, se evada, se emocione, se aterre, ría, llore y/o viva una aventura ambientada en algún lugar lejano y exótico; que viaje al pasado, que atisbe el futuro. Así lo hicieron Stevenson, Dumas, Melville, Scott, Verne, Kipling, Conrad, Twain, London o Rider Haggard, que nos han legado algunas de las novelas más leídas y recordadas de todos los tiempos; libros que han forjado nuestra pasión por leer, por soñar, incluso por escribir.

Nadie duda hoy del merecido puesto que ocupan en el panteón de la Historia de la Literatura.

¿Por qué?

Porque sus obras —algunas de las cuales fueron publicadas como folletines por entregas en periódicos populares como Le Siècle— ofrecían un entretenimiento de calidad.

 

¿A qué viene toda esta digresión?

Muy sencillo: al estreno de La Momia (The Mummy, 2017), dirigida por Alex Kurtzman (creador de Fringe y guionista de La Leyenda del Zorro, La Isla, Star Trek y la saga Transformers) y protagonizada por Tom Cruise.

Debo confesarles que al ver el nombre de sus dos guionistas, David Koepp (Parque Jurásico, Atrapado por su pasado, Misión Imposible I, La habitación del pánico entre algunas otras) y Chirstopher McQuarrie (Sospechosos habituales, Valkiria, Jack Reacher), había concebido ciertas esperanzas. La Momia, sin embargo, es una de las peores películas que han llegado a nuestras pantallas en lo que va de año. De década, incluso. 

Lo sé, soy un iluso.

No es que le pida peras al olmo, o naranjas al olivo, no crean. Pero cuando acudo al cine a ver una película espero, por lo menos, que la historia que me cuenten, por muy simple, por muy sencilla que sea, esté bien escrita y contada. Es decir, que me entretenga con un nivel de calidad aceptable.

Lo que nos lleva de nuevo a lo que hoy nos ocupa realmente…

El noble arte de entretener, de escribir un relato cuyo único objetivo sea el de hacernos pasar un buen rato, está en peligro de extinción. El blockbuster y su equivalente literario, el bestseller —lo que en Estados Unidos llaman ficción popular— tienen mala prensa entre los defensores de un cine y una literatura más ‘elevados’, cuyo principal argumento en contra es —casi— siempre el mismo: esas películas, esas novelas son un mero entretenimiento; por lo tanto, se trata de obras menores. No seré yo quien les lleve la contraria en lo primero. Pero sí en lo segundo en algunos casos. Porque, créanme, entretener bien no es nada fácil. Requiere de imaginación, de habilidad, de pericia, de gusto por construir bien, por narrar mejor. Es decir, al igual que sucede con otro tipo de obras —de ese cine con C, de esa literatura con L—, también requiere de buenos escritores, de buenos guionistas, de buenos cineastas.

Por desgracia, La Momia carece de todo eso.

La Momia es solo ruido. Es un mal espectáculo, una película carente de imaginación. Un nuevo —otro— crossover entre monstruos que no ofrece ni siquiera un buen rato de entretenimiento.

Cuando la Universal apostó por su particular ‘panteón’ de monstruos a lo largo de la década de los 30 y los 40 —todas ellas eran películas de mero entretenimiento; de lo que se bautizó como serie B—, regaló al mundo algunas de las mejores cintas que se recuerdan: Frankenstein y La novia de Frankenstein (James Whale, 1931 y 1935); Drácula (Tod Browning, 1931); El hombre invisible (James Whale, 1933), El hombre lobo (George Waggner, 1941) o El hombre y el monstruo (Rouben Mamoulian, 1931).

Ochenta años después, parecen empeñados en destrozar aquel legado. Una pena.

 

 

 

Publicado en Sin categoría | Deja un comentario

LAS CONFESIONES

Título original. Le confessioni. Año. 2016. Duración.100 min. País. Italia. Director. Roberto Andò. Guion. Roberto Andò. Música. Nicola Piovani. Fotografía. Maurizio Calvesi. Intérpretes. Toni ServilloConnie NielsenPierfrancesco FavinoMarie-Josée Croze,Moritz BleibtreuLambert WilsonDaniel AuteuilRichard Sammel,Johan HeldenberghTogo IgawaAleksei GuskovStéphane FreissJulian Ovenden,John KeoghAndy de la TourGiulia AndòErnesto D’Argenio

Uno tiene cada vez más claro que el terreno en el que Roberto Andò (Viva la libertad, Viaggio segreto, El manuscrito del príncipe) se mueve más a gusto es el del manifiesto visual, no el de la dramaturgia. Las confesiones, su última película, es una historia que no acaba de decidirse por qué quiere ser, si un thriller, si un drama, si una fábula…

Acaso sea todas esas cosas. Pero tampoco es ninguna de ellas.

Les sitúo: una reunión secreta de los ministros de economía de los países que integran el G8 en la que van a poner en marcha un plan secreto, terrible —probablemente desguazar el mundo—, hasta que el presidente del FMI aparece muerto en su cuarto, un aparente suicidio. La última persona que ha hablado con él es un monje cartujo (Toni Servillo). Un hombre de pocas palabras. De casi ninguna. Como señala uno de los invitados, a diferencia del de un artista, el suicidio de un banquero es siempre un misterio, porque ya sabe que el mundo es imperfecto; una mierda, vamos.

Como ven, el punto de partida es de lo más interesante —me viene a la mente cierto chiste de abogados—. ¿Estamos ante un thriller? Bien podría ser, pero uno pronto se da cuenta de que no. Que lo que de verdad importa en el libreto no es averiguar si la muerte del director del FMI ha sido realmente auto infligida. Lo que importa es otra cosa. Esa cosa imprecisa que a veces denominamos ‘El Tema’.

Cuando uno escoge la dramaturgia como modo de contar, de transmitir ideas, sentimientos, adquiere un compromiso. Uno muy sencillo: contar una historia. Construir, articular una trama a lo largo de la cual los personajes revelen —y se rebelen también— su temperamento, su carácter, su ser a través de palabras, sí, pero principalmente mediante sus acciones. Mimesis de praxis que diría nuestro querido Aristóteles. Y el guion de Andò carece de trama. Acaso uno puede vislumbrar algún trazo inicial al carboncillo, pero la cosa no llega ni a boceto. De modo que la promesa hitchcockiana —tanto en el fondo como en la propia forma— se desvanece casi de inmediato y queda reducida a un ir y venir de personajes, la mayoría clichés, sacerdotes de la nueva religión que todo lo manda y ordena en el mundo actual, la Economía. Y entre ellos, una escritora de best sellers infantiles y un músico director de una ONG que tampoco llegamos a conocer.

La película regala algunos momentos buenos, frases devastadoras, verdades que hieren —impagable el chiste sobre el hombre al que deben trasplantar el corazón y le preguntan acerca de si prefiere el de un niño, el de un banquero o el de un economista—; también unos cuantos silencios de lo más elocuentes. Uno capta la intención satírica, la lección ética, la fábula moral que contiene el metraje; la pena es que Andò no haya hecho el esfuerzo de integrarla en una trama mínimamente interesante. Quizás como si de hacerlo, tamaña infamia —vulgar— fuera a restarle seriedad a la propuesta.

Algunos cineastas parecen estar por encima de semejantes nimiedades, de armar un relato, de construir y desarrollar una trama como si ello fuera una concesión intolerable. Pero qué quieren que les diga: de esto va la cosa, el cine, el teatro, la novela. De contar bien una buena historia. Es así como uno hacer llegar ‘El Tema’ al espectador. No de otro modo. Por desgracia, Andò parece olvidar que varios grandes maestros italianos que le precedieron, igualmente comprometidos política, socialmente; igualmente críticos con el sistema, igualmente sarcásticos; igualmente intelectuales nos contaron lo mismo a través de grandes relatos. 

Hablo de Visconti, de De Sica, de Marco Ferreri, también de Pasolini.

Eso sí, como siempre, Toni Servillo lo borda. Llena la pantalla. Aunque apenas use la voz.

Publicado en Sin categoría | Deja un comentario