CAMPEONES

Título original. Campeones. Año. 2018. Duración. 124 min. País. España. Dirección. Javier Fesser. Guion. David Marqués, Javier Fesser. Música. Rafael Arnau. Fotografía. Chechu Graf. Intérpretes. Javier GutiérrezJuan MargalloLuisa GavasaJesús VidalDaniel Freire, Athenea MataRoberto ChinchillaAlberto Nieto FerrándezGloria Ramos, Itziar Castro. Morena Films / Movistar+ / Películas Pendleton

En un tiempo de corrección política en cuanto al verbo, al sustantivo, al adjetivo, a los complementos de todo tipo, y en el que uno ya no sabe cómo nombrar las cosas sin que arda Troya, la de los altos muros, va Javier Fesser y pare Campeones junto a David Marqués.

Si uno echa un vistazo a su carrera —que no ha parado, sigue siendo un cortometrajista empedernido—, una de las primeras cosas que aprende de Javier Fesser es que es un tipo al que le va el mambo. Gracias a Dios. Porque cada una de sus obras es un huracán de aire fresco. Cuando tras filmar El milagro de P. Tinto (1998) algunos le etiquetaron como el Jeunet español, negándole cierta identidad propia —con malicia, con solo un poco, por vagancia o directamente por falta de esfuerzo por parte del reseñador—, Fesser les dio un sopapo en toda la cara rodando una maravilla titulada Camino (2008).

Y vuelve a hacerlo ahora con Campeones.

No es una película redonda. Ni perfecta. Pero sí está llena de momentos brillantes, de frases paridas a base de talento. Fesser y Marqués abordan el tema de la —aquí viene donde el cronista se la juega, aprieta los dientes y espera que su texto no provoque un tornado devastador en su contra en alguna red social— discapacidad intelectual de frente. Sin miedos. De un modo directo, sin paternalismos. Ahí es donde la película consigue escenas maravillosas gracias al texto y al trabajo de Fesser con los actores, desde Javier Gutiérrez —inmenso una vez más— hasta el último de los componentes de ese equipo de baloncesto que es un ejemplo de todo: de vida, de superación, de humor, de amistad, de compañerismo. Incluso de una sincera mala leche.

La película, sin embargo, flaquea un poco en las escenas pensadas para. Me explico. Mientras el guion se mantiene por derroteros narrativos, es decir, se dedica a contar, la cosa funciona muy bien, pero cuando le llega el turno a las escenas pensadas para la lágrima, para la lección, para el mensaje, uno es perfectamente consciente de que han sido concebidas para ello, sin tener en cuenta el buen nivel mostrado por la mayoría de sus hermanas, en las que las cosas, simplemente, pasan,  no se ‘construyen’ ad hoc para decir algo. Y no me refiero, no crean, a la épica –necesaria- del partido final, sino, por ejemplo –sin ánimo de hacerles eso que ahora llaman spoiler y que toda la vida hemos etiquetado como joder el final-, sino a las que forman, por ponerles un ejemplo, el dueto ducha-ascensor.

Durante la mayoría del metraje, los personajes actúan, cambian, evolucionan, hacen evolucionar –impagable la frase de la película: El discapacitado es él, pero nosotros le vamos a ayudar, referida al personaje interpretado por Gutiérrez– de una forma maravillosa, no hacía falta ‘construir’ escenas para explicitarlo, sino, simplemente, escribir buenas escenas para contarlo. Quizás les parezca una diferencia sutil, propia de escritor purista, pero, créanme, no lo es.

Una de las cosas más difíciles en el arte de contar historias es, precisamente, saber hacer eso: contarlas. No optar por exponer, por describir, por hacer explícito, a veces de un modo grueso, lo que uno quiere contar. Porque ahí es donde uno le ve las costuras a la cosa.

¿Cómo distinguir esas escenas?

Suele ser fácil: son las más cargadas de música, esa arma de ‘explicitación masiva’ que el cine suele usar en exceso.

Pero a pesar de esos minúsculos peros –siempre es más fácil verlos desde la barrera que darse cuenta de ellos mientras uno escribe, también se lo digo- , Campeones es una buena película. Enorme a veces. Y con algunas de las mejores frases de diálogo que este cinéfago recuerda en bastante tiempo.

Fesser. Una vez más. Siempre distinto. Siempre único.

 

 

Publicado en Sin categoría | Deja un comentario

EL AVISO

Título original. El aviso. Año. 2018. Duración. 92 min. País. España. Dirección. Daniel Calparsoro. Guion. Chris Sparling, Jorge Guerricaechevarría, Patxi Amezcua (Novela: Paul Pen). Música. Julio de la Rosa. Fotografía. Sergi Vilanova. Intérpretes. Raúl ArévaloAura GarridoHugo ArbuésBelén CuestaAntonio Dechent,Aitor LunaLuis CallejoSergio MurJulieta SerranoJuan López-Tagle,Antonio DuránAlfredo VillaPatricia VicoJavier PerdigueroJorge Usón,Jon BermúdezMateo JalónIgnacio HerráezVíctor Castillo. Morena Films / Tormenta Films / ICAA / Movistar+ / Netflix / Televisión Española (TVE) / Warning of Rivard.

El aviso, la nueva película dirigida por Daniel Calparsoro, es una víctima extraña de dos procesos: el de su adaptación, su posterior reescritura y su remate final, por un lado; y el de su dirección, por otro.

La novela en la que está basada (El aviso, Paul Pen, RBA, 2011) era ya de por sí una película; quizás sería más correcto decir que se trataba de una serie completa: en ella conviven dos historias paralelas, una desgranada en los capítulos pares, otra en los impares, 12 episodios —una temporada— que funcionaban como un tiro. Sin complejo alguno. A pesar de los cambios, su adaptación a la gran pantalla bebe de esa misma estructura: dos historias situadas en épocas temporales distintas que acaban coincidiendo en un atisbo final. Pero no acaba de funcionar. Quizás el problema de fondo esté en un guión que no se cree lo que Pen sí se creía al escribir la novela y parece acabar reduciéndolo todo a la historia de un matemático esquizofrénico que deja de tomar su medicación.

Tampoco contribuye a mejorar el texto cierta falta de tensión dramática en la dirección. El trabajo de Calparsoro es narrativa y técnicamente impecable —es un tipo que lleva muchos años sabiendo muy bien lo que se hace—, pero menos poderoso en lo dramático, algo parecido a lo que ya le sucedió en Cien años de perdón (2016). Uno no puede dejar de observar un cambio en el Calparsoro director a partir de Asfalto (2000). Es como si a medida que se ha convertido en un tipo con más oficio, más completo, hubiera ido perdiendo la fuerza de sus tres primeras películas: Salto al vacío (1995), Pasajes (1996) y A ciegas (1997). Se trata de una apreciación puramente subjetiva, lo sé, pero donde antes era capaz de transmitir fuerza, drama, rabia, congoja, ahora tiende a quedarse a medio camino. De transmitir frío incluso.

Uno sigue siendo capaz de verle asomar, de reconocerle en determinadas escenas, pero le pierde de vista en otras. Como si pusiera el brillante oficio que atesora por encima del riesgo a contar de un modo distinto. Con el tiempo, se lo digo desde cierta experiencia como narrador, tendemos a instalarnos en la seguridad de lo conocido, de lo que sabemos que hacemos bien, de una técnica aprendida y dominada con los años, y eso nos acaba apartando de lo que nos impulsaba en un principio: el ansia de contar las cosas de un modo distinto sin importarnos si nos íbamos a estrellar o no. Fuerza que, precisamente, mostró el propio Arévalo en su debut como director con Tarde para la ira (2016). Pero, a veces, el oficio —el sacar adelante las películas con solvencia, que no es poco teniendo en cuenta de lo que cuesta levantar un proyecto cinematográfico en este país— acaba prevaleciendo sobre otras cosas.

Y contamos peor una historia.

Bien es cierto que en poco ayuda un guion escrito a ocho manos que combina escenas que funcionan muy bien con otras que no acaban de querer adentrarse en ciertas complejidades, que no acaban de creerse lo que se está contando. Un guion que apuesta antes por llegar a un final, el que sea, que por armarlo como se debe, sin complejos, creyéndose el mundo que se ha construido.

No hace falta llegar al extremo del Aronofsky de Pi (1998), sino ahondar un poco más en el misterio que la propia película plantea a lo largo de sus primeros 30 o 40 minutos. Para muestra, un botón: pasar por alto un detalle tan decisivo en una secuencia numérica como la fecha significativa de un suceso (12 de abril) rompe la verosimilitud y credibilidad de un personaje. De toda una historia.

Quizás ahí radique la diferencia entre nuestros narradores y los de otras latitudes: en creernos lo que contamos, sin miedo. Sin complejos.

Nuestra literatura ya lo ha conseguido. ¿Por qué no nuestro cine? Excepción hecha de Juan Antonio Bayona.

Publicado en Sin categoría | Deja un comentario

LOVING PABLO

Título original. Loving Pablo. Año. 2017. Duración. 123 min. País. España. Dirección. Fernando Léon de Aranoa. Guion. Fernando Léon de Aranoa (Libro: Virginia Vallejo). Música. Federico Jusid. Fotografía. Álex Catalán. Intérpretes. Javier BardemPenélope CruzPeter SarsgaardJulieth RestrepoÓscar Jaenada,David OjalvoDavid ValenciaLillian BlankenshipGiselle Da SilvaNathan Cooper,Pedro CalvoManuel José ChavezJoavany AlvarezMark Basnight,Diego LandaetaMihail Stoyanov. Coproducción España-Bulgaria; Escobar Films / B2Y EOOD.

Loving Pablo contaba con todos los elementos necesarios para funcionar bien sobre el papel, pero no acaba de hacerlo del todo sobre el celuloide.

Así es esto llamado dramaturgia, cine, el maravilloso oficio de contar historias.

Sobre el papel, les decía, la última película de Fernando León de Aranoa disponía de grandes mimbres: el relato directo de la presentadora de televisión colombiana Virginia Vallejo, una de las personas que mejor conoció —entre las sábanas, que es donde mostramos partes de nosotros mismos que jamás revelaríamos en otras circunstancias— a Pablo Escobar; el talento y la experiencia como narrador –Familia, Barrio, Los lunes al sol, Un día perfecto— de León de Aranoa; dos actores de peso, Javier Bardem y Penélope Cruz; un personaje dramático de primera —uno de esos tipos tan fascinantes como tenebrosos, quizás precisamente por eso— o el talento de ese monstruo de la Dirección de Fotografía que es Álex CatalánGrupo 7, La Isla mínima, También la lluvia, Camino, El hombre de las mil caras…

A pesar de ello, el edificio se tambalea.

Y lo hace porque la base sobre la que se asienta —sobre la que debería asentarse, sin de— todo producto audiovisual con vocación narrativa, el guion, titubea.

La capacidad de construcción dramática de León de Aranoa está fuera de toda duda —un tipo que ha parido Los lunes al sol tiene todo el crédito del mundo—, pero en Loving Pablo, su escritura no acaba de definirse, de decantarse por un camino claro. Por un lado, parte de la cinta está contada desde el punto de vista de la amante, voz en off incluida; por otro, recurre —salta— a un narrador omnisciente y se adentra en terrenos en los que opta por el retrato más clásico de un Pablo Escobar que, a estas alturas, ya hemos visto hasta la saciedad en series y películas como El patrón del mal, Narcos, Blow, Escobar: paraíso perdido, además de en un buen puñado de documentales. 

Al igual que Nicolás Entel —director de Pecados de mi padre, que atesoraba el testimonio directo de Sebastián, hijo del propio Escobar—, León contaba con otro de esos retratos ‘únicos’, el vivido en propias carnes por su amante. Y esa parece ser su elección inicial. Pero la película abandona demasiadas veces ese camino para tomar otros derroteros. Meandros narrativos que, sin ser desastrosos —de hecho, algunas de las mejores escenas de la película, como en la que un elefantiásico Escobar huye en cueros por el lecho de un río, están aquí—, perjudican al conjunto. Y en esto de la escritura dramática, es importante definirse, tener claro qué se quiere contar y cómo hacerlo. Uno podrá acertar o equivocarse, gustar a unos y horrorizar a otros, pero si no urdes bien los hilos —por mucha calidad que tengan—, el entramado te suele acabar saliendo mal o, cuanto menos, irregular.

Pero llegados a este punto, permítanme que les repita una vez más lo que siempre les digo: vayan al cine y juzguen por ustedes mismos. A veces, disfrutar de varias escenas magistrales, aunque sean pocas, bien valen una entrada.

También disfrutar de un Javier Bardem enorme. En todos los sentidos.

Publicado en Sin categoría | Deja un comentario