La lucha contra el demonio, Stefan Zweig

Es una tarde lluviosa de abril. Estoy con el escritor austriaco en un café del centro de Viena. He quedado con él para hablar del ensayo que dedicó a tres autores alemanes, Hölderlin, von Kleist y Nietzsche, a tres espíritus atormentados que sólo encontraron la paz una vez muertos.

Me sentía en deuda con ellos. Como escritor en lengua alemana, como viajero y como hombre de mi época. Me alegraba saber que habían existido. Que habían pasado por el mundo unos individuos tan inquietos, tan inconformistas, tan diferentes a los demás. Después de haberlos leído, de conocer la vida que habían llevado, me di cuenta de que compartían muchos rasgos, los propios de un genio. Entonces me propuse escribir sobre ellos consciente de que, al hacerlo, lograría expresar ideas tan brillantes como las suyas.

Sí, su libro es muy estimulante para el lector. Transmite la misma pasión que usted atribuye a esos tres personajes.

Fue un sentimiento muy inspirador para mí. Me refiero al entusiasmo, a la intensidad con la que afrontaban todo lo que hacían. Enseguida noté que ejercían una influencia positiva en mi vida y en mi obra. Y es que, desde el momento de madurez creativa en el que yo me encontraba, indagar en ellos suponía poder seleccionar lo que me interesaba evitando lo perjudicial. Si hubiese abordado ese tema muchos años antes, en mi primera juventud, quizá habría tratado de imitarles. Habría sucumbido a su encanto. A la atracción de un despojamiento total. De una existencia errática. De la locura. No habría salido bien parado.

Por otra parte, era un alivio que ya hubiesen muerto. Porque, si les hubiese conocido en persona, habría sufrido una gran decepción. Habría visto sólo su faceta miserable, su carácter insoportable. No en vano, lo que nos importa de este tipo de artistas es el aire que levantan a su paso. Lo que un escritor admira en ellos es la huella ardiente que dejan cuando se van. Lo que busca es el estremecimiento que provocan en los demás antes de marcharse. El autor se vuelca sobre su rastro como un paleontólogo sobre los huesos aún reconocibles de un dinosaurio. Y para eso es necesario que ya no estén, que ya se hayan ido, que lo que quede sea la intuición de su existencia más que una prueba real de la misma.

Su ensayo está escrito con un lenguaje claro y sencillo, con un tempo muy ágil. Sin embargo, algunos fragmentos son demasiado teóricos, demasiado abstractos. Podría haber incluido más referencias a episodios concretos de la vida de los tres.

El equilibrio que usted echa de menos está logrado en la semblanza de Hölderlin, pero no en las otras dos. Claro que yo no pretendía escribir su biografía. No se trataba de eso. Yo no quería perseguir al hombre en su peregrinaje por el mundo, en sus acciones cotidianas, sino entender su viaje mental. Yo quería averiguar hacia qué puertos estéticos o filosóficos se dirigían y compartir los hallazgos con el lector. Quería saber dónde empezaba la obsesión de Hölderlin por el ritmo, la de Nietzsche por la verdad y la de Kleist por el éxtasis de los sentimientos. Quería saber de qué manera la convertían en palabras y dónde, una vez conseguido eso, hallaban la paz momentánea como creadores y como seres humanos.

Uno de los elementos comunes a los tres es la incomprensión que generaron en sus contemporáneos. ¿Cree usted que es algo inherente al genio y, por tanto, inevitable en este caso?

Como subrayo en mi libro, lo más triste no es que fuesen incomprendidos por la mayoría, sino que fuesen rechazados por quienes sí les comprendían. Por aquellos que, siendo conscientes de su calidad, de la belleza de sus poemas o de la profundidad de sus reflexiones, preferían ignorarles para no salir malparados en la comparación, para no verse ensombrecidos por su estatura.

Ahora anochece en Viena y la luz de las farolas ilumina nuestra mesa a través del cristal. Antes de despedirme del señor Zweig, le pregunto si le gustaría que alguien escribiese sobre él de una forma parecida, cómo querría ser recordado.

Sería bonito protagonizar una novela. Que un autor de ficción me convirtiese en personaje de una historia. Que me hiciese andar despacio por las calles de una ciudad y detenerme de vez en cuando a contemplar las estrellas.

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2 respuestas a La lucha contra el demonio, Stefan Zweig

  1. Per dijo:

    Ignacio, dado que Stefan lo pide a gritos sordos, ¿por qué no alguno de nosotros le da el gusto de aparecer como personaje paseando por las calles despacio, pudiendo detenerse, de vez en cuando a mirar las estrellas?

    No he tenido la suerte de leer el ensayo que comentas, pero nuestra amiga Fátima me regalo hace no mucho Clarissa y me impresionó sobremanera la forma de describir (tan poética y a la vez narrativa, cosa extraña) a los personajes y su situaciones. Me quedé maravillado con este autor por su sensibilidad y su capacidad de transmitir lo que sentía sin complicarse en banalidades. Felicitaciones una vez más por la entrevista.

    Un abrazo, Per.

  2. joaquin sanchez arce dijo:

    P
    obres no sabian que el hombre solo descansa en DIOS vivieron atormentados por el demonio cabrito, ahora ya estan con el unico que hace feliz al hombre DIOS, que EL reprenda a satanas que esta vencido
    ¡¡¡¡¡ALELUYAAA¡¡¡¡¡¡¡

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