Veintidós cuentos, Mercè Rodoreda

Es una tarde calurosa de mayo. Me he citado con la escritora catalana en Barcelona. Nos hemos sentado en un banco de la plaza Bonanova. Algunas de sus historias suceden en estas calles, en esta parte de la ciudad. Quiero que me hable del libro que las recoge.

Antes de nada, déjeme recordarle que todo ha cambiado mucho. Todavía me sorprende el hecho de que un mismo lugar pueda ser tan distinto en dos épocas diferentes. En realidad, no se trata tanto del sitio como de las personas que lo habitan, de su vida, de su mundo. En todo caso, me alegro de que las cosas hayan ido a mejor. Y, en lo que se refiere a mis relatos, no tuve más remedio que retratar de algún modo lo que había.

Sí, habría sido difícil escapar a tanta tristeza, a la sordidez de entonces. Es verdad que esa atmósfera era algo relacionado con el tiempo, con el momento histórico, pues también sus cuentos ambientados en París crean esa sensación en el lector.

Debo admitir que a la literatura no le importa esa circunstancia. Más bien le conviene. Así como hay cierta indiferencia de los niños hacia el entorno donde se desarrollan sus juegos, también lo literario es inmune a las incomodidades, se adapta sin aspavientos a cualquier espacio por desagradable que sea. Y es que, en definitiva, las historias se alimentan de conflictos y éstos surgen enseguida allí donde la existencia de la gente es complicada o miserable.

Mi libro se beneficia de todo ese material. Sale ganando con él. O, expresado de otro modo, podría afirmarse que mi instinto de narradora encontraba un filón, un terreno prometedor en aquel contexto. En el corazón de aquellas ciudades metidas en guerras o recién salidas de ellas. En el interior de esas sociedades empobrecidas y desanimadas.

Sin olvidar a sus personajes…

Claro. No hay relato sin ellos. Me interesaba acercarme todo lo posible a mis criaturas. Bajar a la tierra. Entrar en la escena. Porque, si lo pensamos bien, la literatura es la única disciplina que se ocupa de hombres y mujeres concretos. La Historia y la Filosofía, la Sociología y la Psicología, pueden permanecer en lo abstracto, limitarse a darnos lecciones genéricas sobre el ser humano. Les basta con exponer conclusiones sobre éste sin tener que aportar ejemplos, sin la obligación de concentrarse en un individuo particular. La ficción literaria, en cambio, desprecia las verdades globales, desconfía de ellas. Necesita abrir la puerta de los domicilios, allanar las moradas para que el lector sepa cómo es la vida de quienes las habitan.

Y en ese mismo sentido, usted era especialmente rigurosa. Quiero decir que, de alguna manera, no descansaba hasta no haberlos desnudado del todo.

Consideraba que era mi deber como escritora. Pero, más allá de eso, es cierto que también me empujaba mi propia curiosidad. Ahí reside el estímulo principal de cualquier autor. En las ganas de averiguar. En las ganas de conocer. Y si éstas llevan a un científico a descubrir leyes infalibles, a nosotros nos permiten escudriñar el alma de nuestros vecinos.

¿Qué veía usted en la de los suyos?

El deseo de redimirse a través del amor. De salvar sus existencias anodinas por medio de él. Quizá porque son conscientes de lo limitado de sus posibilidades, de que no se les permitirá llegar muy lejos, ellos depositan sus esperanzas en ese sentimiento universal. Saben que una vez allí, calentados por ese fuego, serán únicos mientras ardan, especiales gracias a los matices de su pasión, y que paradójicamente se convertirán en hermanos de todos los hombres que hayan experimentado lo mismo.

Ya no hace tanto calor. Ahora baja una ligera brisa desde el Tibidabo, desde la sierra de Collserola. La señora Rodoreda hace ademán de levantarse. Yo me anticipo y acerco mi mano para ayudarle. Antes de despedirme de ella, le pregunto qué pasó con el chico y la chica de su cuento Carnaval.

Después de separarse aquella noche, cada uno siguió su camino. Él estuvo deprimido durante meses, le costó recordar cómo era antes de conocerla. Ella no sufrió tanto, pero comprendió que en el futuro nadie volvería a mirarla con aquella intensidad.

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