Gran hotel, Vicki Baum

Me encuentro con la escritora austriaca en el hotel Adlon de Berlín. Es una mañana luminosa de junio. A través del cristal de la cafetería, vemos cómo la brisa de principios de verano sacude ligeramente la copa de los tilos. Dentro de un rato, saldré a la calle, disfrutaré de este día de tanta luz, pero ahora quiero hablar con la señora Baum sobre su novela.

Me gustaban mucho los hoteles. Me parecían lugares perfectos. En ellos, en esos alojamientos de categoría, es posible toparse con toda clase de individuos. En ellos es posible cualquier tipo de suceso. Aunque se haya dicho a menudo, es cierto que constituyen un mundo en sí mismos, un universo suficiente.

Y más allá de la realidad, en los confines de la literatura, esos sitios cerrados son muy atractivos para el escritor. No sólo por lo que he comentado antes, por la variedad de destinos que se dan ahí, sino porque la tarea del autor resulta más sencilla desde el momento en que la acción se limita en la práctica a un único espacio.

Sí, hay varios aspectos que suponen una ventaja. Me refiero a que, al ambientar la historia en un hotel, el nivel simbólico queda solucionado desde el principio.

Así sucede con el asunto de la recepción y de las habitaciones, con el ámbito del personal y de los huéspedes, con la atmósfera del vestíbulo o de la puerta giratoria. Todos esos elementos ofrecen varias interpretaciones, admiten un doble sentido. He ahí también una de las críticas que pueden hacerse al libro. Creo que yo insistí demasiado en subrayar las connotaciones, los paralelismos que pueden establecerse entre el hotel y la vida. Eso es algo que debe quedar en manos del lector. En definitiva, el autor no necesita explicar cosas que son evidentes para cualquiera.

Usted ha mencionado la vida, pero también la muerte juega un papel importante en ese contexto.

Porque con frecuencia se escogen los hoteles para morir. No siempre para hacerlo enseguida, ni de golpe, ni de manera violenta. A menudo el personaje elige el bullicio del lugar, el lujo y el prestigio del mismo, para pasar de un modo placentero sus últimos días. Así ocurre con Kringelein, el contable enfermo, quien, sin embargo, acaba abandonándolo con un ánimo renovado, con nuevas ganas de vivir.

Por lo demás, hay una sordidez peligrosa en ese entramado de cuartos y pasillos. El hermetismo de los espacios, la amortiguación de ruidos con las moquetas empuja a los huéspedes a una forma peculiar de soledad. Aunque parecen felices entre esas paredes, a veces tienen la sensación de ser prisioneros de algo o de alguien, de estar ahí contra su voluntad. Claro que no ocurre todo el tiempo. Se trata de momentos fugaces, como los que experimenta la bailarina rusa al volver del teatro. Acaso durante unas pocas horas entre la tarde y la noche, quizá en medio de una madrugada. En esos instantes, la persona alojada pierde de repente el entusiasmo del viaje, la euforia de la estancia, y, si se descuida o es de sentimientos frágiles, puede terminar muriendo en el baño o tirándose por el balcón.

Y entre tanto acontecimiento, entre todos esos sobresaltos provocados por el propio hotel, usted crea una especie de contrapunto en la figura del Doktor Otternschlag.

Quería que fuese una referencia fija, un punto al que regresara la acción una y otra vez. Cada varios episodios, el foco vuelve a ese personaje. Le vemos en el hall esperando, buscando novedades en vano, preguntando por cartas o mensajes dejados a su nombre. De ese modo, a través de la ansiedad inquisitiva del médico, de sus consultas en recepción, fui dando ritmo al libro. Por otra parte, él personifica la decepción de las expectativas generadas por el hotel, todas las cosas que no llegan. No, a ese hombre nada le satisface y, sin embargo, se siente incapaz de marcharse de allí.

Es hora de salir a Unter den Linden. La luz de la calle es demasiado intensa como para ser ignorada. Antes de despedirme de la señora Baum, quiero saber qué ocurrió con Herr Preysing más allá de la novela, en ese habitáculo de la imaginación que el autor no pone nunca por escrito, que se reserva para sí mismo.

Dejó su trabajo y a su familia. Se afeitó el bigote y deambuló por Berlín como un espíritu libre.

           

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