Cuento de Navidad, Charles Dickens

Es una mañana fresca de agosto. He venido a visitar al señor Dickens en su residencia de Higham, en el condado de Kent. Ésta es la casa con la que soñó cuando era niño y que más tarde, ya convertido en un autor célebre, compró gracias a los beneficios generados por sus obras. No hay mejor lugar para conversar con él.

Es difícil escribir sobre la Navidad. Ya lo era entonces, a mediados del siglo XIX. Quizá por eso lo hice. Me lo planteé como un desafío literario. Me propuse conseguir un relato que fuese entrañable sin ser demasiado infantil. Una historia sencilla que llegara al corazón de cualquier persona. Que hiciese reír y llorar al mismo tiempo.

No hay duda de que lo logró. Aparte del humor, de la ironía que usted emplea con sus personajes, la narración funciona muy bien gracias a un esquema que el lector asimila con facilidad.

Supongo que se refiere a las tres apariciones, a los tres espectros, y a lo que cada uno de ellos muestra a Mr. Scrooge. Sí, esos viajes desde el presente hacia el pasado y hacia el futuro despiertan una excitación especial en todos nosotros. Al margen de nuestra condición y de nuestra edad. De nuestra cultura o de nuestros medios. Nos pasamos la vida transitando por ahí, recorriendo ese doble camino. Por un lado, volvemos la vista atrás para recordar. Por otro, la llevamos hacia adelante con el fin de averiguar lo que viene.

Como la realidad restringe las posibilidades de cambiar el mundo, agradecemos que la literatura derribe esos límites, que nos permita ir más allá. He ahí una de las ventajas de la imaginación. Y una vez en el territorio de la ficción, nos gusta que el escritor invente personajes y destinos ajenos, existencias distintas de la nuestra, pero nos estimula mucho más que coloque a sus criaturas cerca de las cosas que vivimos, en situaciones que conocemos bien.

También es decisivo el hecho de que su libro reduzca el aparato sentimental, se conforme con un puñado de virtudes y defectos comunes a todos los seres humanos.

Y que ya encontramos en la Biblia. El amor y el odio, la alegría y la tristeza, la envidia y la generosidad, la bondad y la mezquindad, la culpa y el arrepentimiento. Uno de los experimentos que me propuse consistía precisamente en eso. Yo quería simplificar el alma de mis personajes. Del mismo modo que los dibujos de un niño prosperan con unos pocos trazos, con formas sencillas, el armazón psicológico de una historia puede quedarse en lo elemental. En definitiva, para mí se trataba de averiguar si los personajes seguían siendo creíbles a pesar de esa reducción.

¿Qué conclusión sacó en ese sentido?

Que a menudo leemos lo que queremos leer. Encontramos lo que deseamos encontrar. Vemos aquello que nos interesa ver. Claro que no funciona siempre. Para que el resultado sea eficaz, para que el lector acepte planteamientos que no toleraría en otros casos, es necesario situar el relato en un momento concreto. Y ahí es donde interviene la Navidad. No en vano, en esa época del año nos comportamos de una manera diferente. Desde el instante en que yo situaba mi cuento en el contexto de esas fiestas, sabía que sería bien recibido por todos los públicos. Sabía que los adultos, seducidos por la magia navideña, por la nieve y los regalos, por las luces y las reuniones familiares, bajarían la guardia crítica al leer mi libro y se permitirían a sí mismos una serie de emociones que en otras circunstancias me habría costado mucho provocar.

Empieza a atardecer en Higham. El día de verano no ha llegado a ser caluroso en ningún momento. Ahora, recordando de nuevo el relato del señor Dickens, quiero saber si también a él se le apareció alguna criatura sobrenatural.

Claro. Fue una visión de futuro como la de Ebenezer Scrooge. Un espectro me reveló que, estando casado y con varios hijos, me enamoraría de la actriz Nelly Ternan. Que nuestra relación sería secreta y que duraría hasta mi muerte. Antes de desvanecerse, el espíritu me preguntó si aceptaba ese destino, las consecuencias de ese destino, y yo le dije que sí.

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