El elogio de la sombra, Junichiro Tanizaki

Me reúno de noche con el autor japonés en el templo Honen-in de Kioto. Aprovechando que él está enterrado aquí, me he sentado junto a su tumba. He buscado la paz del lugar para conversar sobre su libro. Habría podido escoger muchos otros, cualquiera de los relatos que escribió, pero he optado por este ensayo sobre la belleza.

Es breve y algo disperso, pero me sigue gustando. Me permitió tocar temas de un modo que no habría empleado nunca en un texto de ficción. Pude detenerme en asuntos como el interior de las casas, sus espacios, los objetos, con una calma que no es posible conseguir mientras está contándose una historia.

¿Qué le llevó a escribir algo así?

No lo recuerdo bien. Quizá me lo planteé como un paréntesis entre novelas. Acababa de publicar dos títulos que me habían exigido mucho trabajo y necesitaba una pausa. Un escritor no reposa quedándose inactivo, sino emprendiendo una obra diferente, de un género distinto. Y a menudo el verdadero descanso consiste en dejar de imaginar durante un tiempo.

Ésa pudo ser una de las causas y, sin embargo, debió de haber algo más. Un motivo relacionado con la época. Con las transformaciones sociales y culturales que vivíamos entonces. La vida estaba cambiando muy deprisa dentro de Japón. Después de muchos siglos de cierto aislamiento, nuestro país empezaba a recibir la influencia de Occidente con un exceso de permeabilidad. Aunque algunas de las novedades importadas nos hacían mejores, otras suponían una invasión sin sentido. Con frecuencia se trataba de un reemplazo de lo propio por lo ajeno que, además de resultar absurdo, se aceptaba sin espíritu crítico. Creo que mi libro pretendía ser una respuesta ante todo eso.

A lo largo del texto, se nombran todas las cosas con delicadeza. El lector tiene la impresión de que las va descubriendo mientras lo hace usted. Al mismo tiempo, usted nos muestra una manera nueva de mirarlas.

Y ese ánimo buscador, ese tono de perplejidad ante lo que va apareciendo, debería servir para narrar cualquier argumento. El autor invita a sus lectores a seguirle. A acompañarle en un recorrido que también es desconocido para él. Quien escribe se deja llevar por la intuición, por la sospecha de rastrear algo valioso, y quiere compartir ese viaje con los demás. Sólo sabe un poco más que el resto, así que se ofrece a sujetar la antorcha para iluminar el camino.

En el caso de este libro, la expedición es casi real, una experiencia física. Y es que yo empiezo abriendo la casa del japonés, de los japoneses, y entro en ella con el grupo. Una vez allí, hablo de las habitaciones, de los muebles, de los vestidos, de los recipientes. Lo que al principio parece un registro de los usos y utensilios cotidianos se convierte poco a poco en un pequeño tratado sobre la luz. Lo que al principio parece un elogio de ésta, termina siendo una ponderación de lo contrario. De la sombra. De la penumbra. De lo que queda cuando termina la claridad.

Hay fragmentos que me han recordado a Walden o la vida en los bosques, de Henry David Thoreau. Ese modo que emplea él para referirse a los animales y a los árboles, a la Naturaleza en general, es similar al que utiliza usted.

Mi propósito era lograr un lenguaje idóneo para abordar los temas que hemos mencionado. Un idioma natural y sencillo. Pero a través de esa voz también deseaba algo más. Cuando describo el murmullo de la sopa en un cuenco de nácar o la blancura del rostro de una mujer entre la multitud, quiero sugerir una historia sin contarla. Quiero detenerme justo antes. Quiero mecer al lector con mis palabras y, en el instante en que ya le he sosegado, despertar en él esa segunda ansiedad, la que surge cuando a uno le dejan a medias.

Amanece en Kioto. En otras circunstancias habría esperado a este momento del día para iniciar una tarea o un diálogo, ahora lo hago para poner fin al encuentro. Al despedirme del señor Tanizaki, le pregunto qué relato de ficción habría escrito a partir de los elementos de este ensayo.

El romance entre dos ancianos ciegos. Sus escenas de amor en la oscuridad.

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