Diario, Katherine Mansfield

Me he desplazado hasta Looe, en la costa de Cornualles, para visitar a la escritora. Ella era natural de Nueva Zelanda, pero residió durante algún tiempo en esta región del suroeste de Inglaterra. Aunque es conocida sobre todo por sus relatos, yo le pido que me hable de su diario.


Es un texto inconexo. Admito que no hubo la más mínima disciplina por mi parte. Me refiero como autora de este género literario. No hay orden ni regularidad en las entradas. No hay un contenido uniforme. No hay una visión de conjunto. Quizá se deba a que nunca tuve la intención de publicarlo. Fue un asunto de mi marido. En cualquier caso, leído con la perspectiva de los años, entiendo que pueda interesar a quienes se aproximen a mi obra, a quienes aprecien mis cuentos.

Creo que la espontaneidad de los comentarios, el aire de algo no preparado le da al volumen un valor especial. Me ha recordado a los diarios de Kafka. También él los empleó como un laboratorio de ideas, como una serie de borradores para sus novelas.

Sí, a mí me fueron útiles en ese sentido. Los aproveché para ensayar escenas y diálogos, para comprobar cómo sonaban unas palabras en compañía de otras. Sin embargo, no sé qué impresión prevalecerá en los lectores. Supongo que muchos de ellos lo juzgarán una descortesía. Les decepcionará su carácter fragmentario. Tendrán la sensación de que el autor les ha excluido de una especie de fiesta particular.

Pero su libro va mucho más allá. Al margen de los extractos de futuros trabajos, hay un registro muy valioso de lo cotidiano. No sólo de las preocupaciones de cada día, sino de sus esfuerzos por mejorar como narradora.

Quizá en eso consista la función esencial del diario, en ser un interlocutor privilegiado del escritor. No en vano, yo me dirigía a él de ese modo. Le hablaba como hubiese hecho con una persona. Necesitaba a alguien capaz de comprenderme. Alguien sobre el cual volcar mis temores, mis obsesiones, mi pequeña esperanza. Cuando se vive en soledad o cuando una se ha hartado de molestar a los demás con sus quejas e insatisfacciones, no le queda otro remedio que encomendarse a esta clase de cuadernos.
Y lo curioso es que no hacen falta respuestas. No se trata de un diálogo convencional. La respuesta es el propio texto, la confidencia expresada por escrito. El diario contesta a su autor, asiente o discrepa, a través del lamento convertido en verbo. Yo experimentaba una mañana fría o una tarde de dolor, y, al describir ese malestar, éste se transformaba en algo diferente. Otras veces, lo que me devolvía el diario era ese mismo sentimiento pero incorporado a un personaje de relato.

En el uso o transcripción que hace usted de frases en francés o en alemán, se nota una búsqueda casi obsesiva del término más adecuado, de la expresión perfecta.

Sí, me inquietaba el riesgo de ser poco precisa o demasiado literaria. Quería encontrar un lenguaje capaz de dar vida a mis criaturas de ficción. Conseguir que fuesen figuras verosímiles y al mismo tiempo seres nuevos, gente que no hubiese existido antes. Por eso practicaba con otras lenguas. Y es que a menudo somos más elocuentes en una que en otra, estamos más vivos en una que en otra, nuestro corazón late con más fuerza en un idioma que en otro.

Me gusta la importancia que da al paisaje, al color de las estaciones, a los cambios de la naturaleza. Todos esos fragmentos me han recordado a John Cheever.

No tuve la suerte de leerlo, pero me alegra que me relacione con un buen autor de relatos. En todo caso, no podía olvidarme de ese aspecto, de toda esa inmensidad. Ni en mis cuentos ni en el diario. Qué poder tiene sobre nosotros un día gris. Qué capacidad de influir en nuestro ánimo tiene una mañana soleada. Cómo no aprovechar esa energía. No sólo en la vida real, sino en la literatura. Porque de la contemplación de un atardecer en el mar puede surgir la mejor historia, un mundo magnífico y desconocido. Qué escritor se atrevería a desperdiciar todo eso.

Anochece en este pueblo de Cornwall. La señora Mansfield está cansada, empieza a agotarle la conversación. En lugar de seguir hablando, miramos juntos hacia las estrellas. Sentir lo mismo a la vez también es una forma de despedirse de alguien.

Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *