Cuentos, John Cheever

Estoy con el escritor norteamericano en su casa de Ossining, en el estado de Nueva York. Es una tarde soleada de febrero. Aunque ha nevado durante varios días seguidos, ahora el cielo es azul y en el aire se atisba un soplo de primavera. Sentado frente a él en el salón, le pregunto al señor Cheever por su volumen de cuentos.

No estoy satisfecho con todos. Muchos de ellos volvería a escribirlos si pudiese. En este género es muy difícil lograr un conjunto uniforme. Claro que a veces la mejor manera de que destaquen ciertos títulos es acompañándolos de otros menos brillantes.

Sí, y también ocurre que éstos parecen la preparación de aquéllos. Aunque alcanzan la calidad mínima que se exige a cualquier relato, reflejan una especie de búsqueda por su parte, un modo de tantear el terreno que unas páginas después da como resultado una historia sublime.

Es curiosa la forma tan distinta en que evolucionan los cuentos. Me refiero al momento en que se escriben. En mi caso, había ocasiones en que me extraviaba por el camino. No tenía claro hacia dónde debía ir. Hacia dónde debía llevar lo que estaba narrando. Arrancaba bien, desarrollaba la trama con solvencia y, de repente, me desanimaba. Lo que yo creía un argumento propio de relato reclamaba mayor extensión, se revelaba de pronto como material más idóneo para una novela. Entonces detenía la acción con cierta brusquedad y le daba el mejor final posible.

Otras veces, en cambio, el proceso era diferente. A mitad de texto se encendía una luz. Unos párrafos en los que no había puesto demasiada esperanza encontraban su sentido. No desde un punto de vista semántico, sino estilístico. Se agarraban a una expresión concreta. Se hacían fuertes alrededor de un verbo o de un adjetivo, del nombre de un bar o de una ciudad, y entonces nacía algo donde unos minutos antes yo no había advertido ninguna señal de vida.

Más allá del lenguaje, se aprecia una serie de elementos recurrentes. En sus relatos casi siempre hay trenes, cócteles y parejas cuyas ilusiones acaban frustrándose con el paso del tiempo.

Cada autor tiene sus espacios favoritos. Una constelación literaria en la que se encuentra cómodo. No pienso sólo en lugares, sino en situaciones, entornos sociales o formas de relación humana donde se mueve con especial soltura. Pero no creo que eso sea lo esencial. No, porque una vez ambientada ahí, encuadrada entre esos parámetros más o menos caprichosos, la historia debe hallar su autonomía, su carácter singular. Debe procurar su prosperidad. Y ésta no va a depender de unos elementos originales o ingeniosos, sino de la capacidad del escritor para construir un conflicto y contarlo por medio de una serie de matices peculiares que lo hagan nuevo a ojos del lector.

En cuanto al destino de esas familias que usted mencionaba más arriba, estoy de acuerdo. Ahí ya podría empezar a hablarse de cierta fijación. De pequeñas obsesiones de escritor. Quizá quepa remitirse a mi experiencia de marido y de padre. Supongo que mi terreno natural era la clase media en los Estados Unidos de mediados de siglo XX. Me interesaba ese estamento por su precariedad. Me interesaba la angustia que despertaba en todos esos individuos el riesgo de empobrecerse, de no medrar, de no poder mantener su nivel de vida. Pero también disfrutaba contraponiendo a sus momentos de ansiedad otros en que se paraban a contemplar una mañana soleada y se sentían inesperadamente felices.

Además de progresar como miembros de un colectivo, sus personajes también intentan guiarse por pautas morales. Me gustan mucho esos fragmentos de Granjero de verano o de Adiós, hermano mío donde usted describe las sensaciones de los hombres después de pequeños incidentes domésticos en los que ha quedado en evidencia su dignidad.

Son esos instantes los que salvan un relato. Los que adivinaba yo a mitad de recorrido. Ese destello que he mencionado antes. Y quizá el resto sea sólo una excusa para llegar. El pretexto narrativo para poder desembocar ahí. En todo caso, es hermoso cuando ocurre.

Ahora anochece en Ossining. El señor Cheever se ha levantado de la silla y de ese modo me recuerda que debo irme. Mientras abro la puerta de la calle, me vuelvo un segundo hacia él y le digo que, cuando murió, se publicaron sus diarios. Le felicito por ellos y me despido estrechándole la mano.

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