Él, Mercedes Pinto

Estoy con la escritora canaria en uno de los salones del hotel Nivaria, en La Laguna, Tenerife. Es un mediodía nublado de diciembre. Me he citado con ella en su ciudad natal para conversar sobre este libro, publicado por primera vez en Montevideo en 1926.

Me trae recuerdos dolorosos, pero sé que un autor está obligado a hablar de cualquier obra que saque a la luz. Por otra parte, lo mejor que puede hacerse con una experiencia de este tipo es compartirla con la mayor cantidad posible de gente. Teniendo en cuenta que dediqué muchas horas de mi vida a la literatura, hubiese sido absurdo no llevar a ese terreno algo tan desgarrador como lo que me ocurrió durante mi primer matrimonio.

Es evidente que el libro trasciende el ámbito literario. No sólo por los apéndices, los diversos comentarios de médicos y juristas acerca de la locura de su marido, sino por la carga testimonial que encierra. ¿Qué ánimo prevaleció en usted entonces?

En aquel tiempo, las cosas acababan de suceder. Estaba todo muy reciente. Para mí era importante comunicar a los demás lo que había pasado. Cómo había sido esa relación. Quién había sido ese hombre y en qué medida me había afectado el hecho de casarme y tener hijos con él. Supongo que en un principio pudo más la necesidad de dar a conocer todo eso.

Sin embargo, en aquella época yo ya escribía. Ya había compuesto poemas y otra clase de textos, así que al meterme en éste lo hice inevitablemente desde mi perspectiva de autora. No sé si en la vida real puede distinguirse entre la persona y el escritor, disociar ambas condiciones, pero es imposible mientras tanto, mientras dura la acción. En esos momentos, comparece el otro en cualquier caso. Por muy dramática y verídica que sea la situación de la que se parte, por muy urgente que sea transmitirla, la faceta profesional impone sus exigencias estéticas, trata de llevar la obra en curso hacia un resultado que se amolde a ellas.

He ahí una de las cuestiones que me gustaría comentar con usted. ¿No cree que hay un exceso de lirismo, un lenguaje demasiado florido en algunos pasajes? Me refiero a partes del libro donde el discurso pide un tono diferente.

Me remito a lo que le decía antes. Quizá la poeta intervino más de la cuenta. Pero a lo mejor tiene razón. Ya que no podía desembarazarme de mi faceta creativa, de mi yo artístico, debí por lo menos adoptar una voz menos poética. Controlarla a lo largo del texto. No permitir que en la descripción de sentimientos interfiriesen expresiones recargadas, esa especie de barroquismo que choca con el carácter de informe que quise dar al conjunto.

En otros fragmentos, en cambio, el estilo y lo que se cuenta por medio de él recuerdan a las novelas góticas de las hermanas Brönte. Ahí su libro sale ganando desde un punto de vista literario.

Me alegro de que use esa referencia. Que me relacione de algún modo con esas autoras tan queridas. No sabría decir si fue algo premeditado. Quizá surgió así gracias al tema. A las escenas siniestras y terribles que había vivido y que más tarde intenté recrear. Hubo un momento en que yo también lo advertí. Me refiero a la dimensión novelesca de lo que estaba escribiendo. No me importó que ocurriese. Y es que dentro de los confines del libro, yo me sentía inmersa en un mundo de ficción. No sólo porque los hechos reales ya habían terminado e iban quedando relegados al territorio de la memoria, sino porque, al ponerlos por escrito y ambientarlos en los espacios donde tuvieron lugar, lo que salía era un relato oscuro y enigmático más cercano a la novela que a una autobiografía.

En algunos episodios del libro, la narradora reconoce haber sentido compasión hacia la persona que la maltrató.

Eso también pasó en la realidad, pero creo que, además, me convenía reflejarlo de esa manera a efectos literarios. Una de las tareas de la literatura es demostrar que pueden darse en nosotros sentimientos opuestos, contradictorios. Que son posibles combinaciones muy extrañas en el alma humana. En ese sentido, creo que los instantes de piedad que experimenta Ella hacia Él consiguen que las atrocidades de éste impacten mucho más al lector.

Atardece en La Laguna. Hoy el sol de otras partes de la isla no ha llegado hasta aquí arriba. Ya en la calle, bajo ese cielo nublado, le cojo las dos manos a la señora Pinto y se las aprieto con cariño durante unos segundos.  

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