La vida sin dueño, Fernando de Szyszlo

Visito al pintor peruano en su atelier del barrio de la Magdalena, en Lima. Ha muerto hace sólo unas semanas, así que este espacio da la impresión de seguir habitado. Durante unos minutos, he estado contemplando sus últimos cuadros, los que aún descansan en los caballetes. Ahora me olvido un poco de su faceta de artista plástico y me dirijo a él para que me hable de esta autobiografía.

Es una obra reciente. La escribí el año pasado. Me alegro de haberlo hecho entonces y no a una edad más temprana. De ese modo, tuve la oportunidad de recordar las cosas con mayor perspectiva, desde una visión más serena. No sabría decir qué episodios habrían faltado o sobrado en otro caso, en qué habría consistido la diferencia, pero estoy seguro de que el libro habría sido mucho peor.

A pesar de que hay en ellas cierto desorden, repetición de datos o informaciones, sus memorias tienen un tono de sinceridad que el lector agradece.

Y créame que eso era lo más importante para mí. Lo considero esencial en una obra de este tipo. Por encima de la precisión en las fechas y en los lugares, en los nombres y en el desenlace de los recuerdos, debe prevalecer un halo de autenticidad. El lector debe advertir en todo momento el deseo, la necesidad del autor de no faltar a la verdad. Éste puede equivocarse en algunos juicios, conocer y revelar sólo una parte de lo que ocurrió, pero debe responder con honestidad al compromiso que asume cuando decide escribir sobre su vida.

En ese sentido, creo haber acertado. Claro que también ayudó el hecho de haberme puesto a la tarea a los noventa años y en plenitud de facultades.

Otra de las sensaciones que transmite el libro es su esfuerzo por controlar el ego. Usted mismo reconoce que fue una de las premisas que se propuso.

Lo intenté de varias maneras. En el fondo, fue un curioso ejercicio de distracción. Hablando de arte y de mis amigos, de algunas mujeres y de ciertos acontecimientos ocurridos en el Perú, procuré alejar el foco de mi persona. Llevarlo más allá de mí. Proyectarlo hacia esos asuntos. Es cierto que detrás de ellos seguía estando yo y, sin embargo, pienso que al final conseguí un mínimo de objetividad.

También en eso fue una ventaja ser mayor. Y es que en la vejez se da una extraña contradicción entre dos sentimientos. Por un lado, a uno ya no le importa ni le afecta la opinión de los demás, ni sus prejuicios, ni sus estupideces, ni sus servidumbres. Por otro, en cambio, uno es más sensible a las adversidades del prójimo, más caritativo con él, siente una compasión sincera hacia las limitaciones del ser humano. Aparte de eso, con el paso del tiempo se despierta una nueva curiosidad por las cosas, por los fenómenos, por el mundo. Es algo nuevo porque es un modo de mirar a nuestro alrededor en que nos excluimos afortunadamente.

Me gusta mucho su forma de cerrar la autobiografía. Me refiero a esa carta escrita por su mujer a una amiga en que ella le cuenta cómo es su relación de pareja, cómo es usted. ¿Tenía previsto transcribir ese texto desde el principio?

No lo recuerdo bien. Es posible que se me ocurriese más tarde, ya metido en la escritura. Sea como fuere, es una bonita manera de terminar. No sólo el libro, sino la propia vida. Dando voz a los otros. Cediéndoles la palabra. Ofreciéndoles la oportunidad de aportar su versión. Y en mi caso, esa otra persona sólo podía ser Lila. Para mí era algo obligado escucharla una vez más. Callarme y dejar que fuese mi compañera de los últimos treinta años quien contase a los lectores lo que necesitaba decir sobre el asunto. Sin cortapisas. Sin réplicas por mi parte.

Así que le hice hablar a través de esa carta, y luego narré cómo ese mismo día subimos al coche y nos alejamos a toda velocidad hacia el mar.

Atardece en Lima. Ahora, recordando la forma en que murieron el señor y la señora de Szyszlo, le pregunto a él si se cayeron por las escaleras, o si decidieron tirarse juntos.

Entonces Fernando sonríe y guarda silencio para siempre.

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