Homo poeticus, Danilo Kis

Estoy con el escritor yugoeslavo en la biblioteca municipal de Subótica, al norte de Serbia. Es una mañana fría de primavera. Nos hemos sentado en una de las mesas del fondo para no molestar a los demás con nuestra conversación.

Me alegro de que la editorial haya reunido en este volumen todos mis textos sobre literatura. Los ensayos y las entrevistas. Las reseñas y los artículos. En este tipo de publicaciones es más certero el criterio de otros, de alguien distinto del autor. Me satisface que, conforme a esa premisa, se hayan incluido escritos donde rindo un homenaje indirecto a intelectuales y artistas muy queridos para mí.

Me gustaría empezar por las entrevistas. Creo que tienen un carácter testimonial interesante. No sólo resultan más amenas al lector, sino que, en ellas, usted queda reflejado de una manera mucho más viva.

Sí, yo también celebro las posibilidades que ofrecen estos diálogos en general. La dinámica pregunta-respuesta da a quien contesta la oportunidad de decir cosas que no diría de otra forma. Cuando las cuestiones están bien planteadas, se abre para el entrevistado un espacio dialéctico muy rico. Una gran ocasión. Un momento idóneo para comunicar ideas de un modo más eficaz y más bello que a través de otros registros. Espero haber sabido aprovecharlo.

En cuanto al elemento declarativo, pienso que lo importante no es tanto la veracidad de lo expresado, lo acertado de las opiniones emitidas, cuanto el potencial literario que tiene este género. En definitiva, lo esencial es que mis respuestas mantengan su vigencia, su valor poético, gracias al lenguaje, aunque hayan perdido actualidad por el paso del tiempo.

En todo caso, muchas de sus reflexiones siguen siendo válidas además de brillantes. Me refiero sobre todo a las relacionadas con la diferencia entre realidad y ficción, con el estilo o con el compromiso del escritor.

Estoy de acuerdo. Creo que hoy las suscribiría con la misma convicción que entonces. Y más allá de eso, de su resistencia a la vejez, sería bueno que dejasen una impresión agradable en los lectores. Cuando yo vuelvo sobre estos textos, me doy cuenta de que hay un gran entusiasmo, una gran pasión por la literatura detrás de ellos. Me gustaría que fuera ese ánimo el que prevaleciese en los demás.

En los ensayos, aunque adopten un formato distinto, también se nota su necesidad de expresarse.

A menudo, las críticas de libros o de cuadros, de autores o de pintores, son un pretexto para escribir de una determinada manera. Para probar formas nuevas. Arranco de una serie de comentarios sobre arte con el fin de llegar a otro sitio. Lo que quiero es que la indagación de la obra ajena me permita extraer conclusiones estéticas. Y no sólo eso. En la formulación de esas ideas que ya son propias, que ya se han independizado de sus puntos de partida, quiero encontrar un discurso narrativo que me sirva en el futuro a la hora de contar historias. Una voz que no haya empleado antes.

Usted ha mencionado más arriba los términos entusiasmo y pasión. No hay duda de que se advierten en este libro y, sin embargo, en algunos fragmentos se impone más bien un tono de lamento, de queja por cierta incomprensión de la que cree ser objeto.

Es algo inevitable. Algo inherente a la actitud del escritor. El escritor tiende a la protesta. Está en su naturaleza. El artista es una especie de zapador que abre brecha, que cava túneles en solitario. Durante esa labor, hay veces en que vuelve la vista atrás. Entonces comprueba que no le sigue nadie, o sólo unos pocos. O que quien le sigue lo hace con inercia, como un ejército indolente, sin comprender la dimensión heroica de lo que está ocurriendo allí delante.

He ahí el motivo de su malestar. Porque en el fondo, así lo cree por lo menos el autor, esa tarea subterránea equivale a la exploración del alma humana, y los hallazgos, cuando se producen, son destellos de luz que nos iluminan a todos.

Ha empezado a llover en Subótica. A través de las ventanas de la biblioteca, veo los prados que se extienden hacia el Danubio. Antes de despedirme del señor Kis, le cuento lo que pasó en los Balcanes en los años noventa, y él me responde que se alegra de haber muerto a tiempo.

 

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