El tren llegó puntual, Heinrich Böll

Me he encontrado con el escritor alemán en Colonia, su ciudad natal. Es un mediodía soleado de febrero y estamos paseando junto al Rin. Andamos por la orilla este porque aquí hay una explanada desde la que se ven con claridad la catedral y los edificios del casco viejo. Después de unos minutos de cortesía, le pido que me hable de su libro.

Necesitaba escribir sobre la guerra. Hacerlo sin recurrir a mi experiencia de soldado ni recrear las escenas habituales en las novelas bélicas. Aludir al horror sin describirlo de manera explícita. Quería que los lectores se lo imaginaran a partir de una situación previa a esos momentos como es el viaje en tren del protagonista.

En cierto modo, usted emplea la estructura del relato para conseguir todo eso.

Me interesaba un ritmo propio de ese género. El trayecto del personaje de Alemania a Polonia ya me proporcionaba una base idónea sobre la cual colocar más tarde el resto de cosas. El recorrido hasta el frente, vivido con angustia por Andreas, me garantizaba desde el principio la tensión narrativa que requiere cualquier historia. Entonces, una vez lograda la intriga del lector hacia el desenlace, hacia lo que va a sucederle al protagonista cuando llegue a su destino, me bastaba con añadir los demás elementos para crear la circularidad melódica de los cuentos. Los pensamientos de Andreas, su mal presentimiento, sus recuerdos de Francia, los olores y ruidos del vagón, palabras sueltas que se repiten en su cabeza como el temblor de algo que se avecina.

Visto con la perspectiva del tiempo, creo que hice bien. Me refiero al hecho de escoger ese formato, esa modalidad de prosa. Sí, porque a través de un relato era más sencillo practicar la gran elipsis que yo buscaba. Era más fácil contener el suceso, no narrarlo del todo.

Aunque la historia habría podido terminar en la estación de Lemberg, en los confines de Ucrania, usted introduce la figura de Olina en el burdel donde se meten los soldados.

Sí, pero sigo manteniendo la trama en los márgenes de la guerra, sin entrar en ella. Me hacía falta el personaje de la prostituta. En realidad, una joven polaca a quien las circunstancias han obligado a ejercer esa clase de servicio. He ahí otra víctima más de la situación. Alguien tan inocente como Andreas, de una inocencia distinta.

Y si durante el viaje en ferrocarril el tiempo había transcurrido de forma trepidante, ahora se detiene en una noche que va a ser corta en todo caso. En el cuarto que comparten Andreas y Olina, la luz va a estar encendida hasta que amanezca. Bajo el destello tenue de esa lámpara, la conversación entre ellos va a durar horas, va a tocar muchos temas, debe extenderse en la medida de lo posible. Debe acoger todo lo que dos personas que desean y que temen se dirían a lo largo de muchos años si pudiesen hacerlo. Y como ese rato debe englobar la vida entera, hay un momento en que surge el amor. Un sentimiento que no es puro, que va a ser valioso precisamente porque brota en medio de otros, en un contexto miserable, en un mundo donde la guerra ha estropeado las relaciones, ha envilecido a los hombres.

Supongo que ahí sólo cabía un desenlace que fuese una forma de sacrificio.

Que es el mejor final para una historia como ésta. Y ese sacrificio en que desemboca el amor entre los dos jóvenes resume el sufrimiento del ser humano, lleva toda la sangre de la contienda. Alcanzado ese punto, yo ya no necesitaba escribir nada más, mi libro ya no necesitaba seguir contando. Una vez ahí, yo me limitaba a interpelar al lector en silencio. Me dirigía a él sin palabras animándole a imaginar el resto de cosas no narradas: las bombas, la destrucción, los pueblos arrasados, ese ejército de muchachos al que se habría incorporado Andreas si hubiese continuado vivo.

Ya estamos en el otro extremo del parque. Desde aquí, con las primeras farolas encendidas, Colonia resplandece en la distancia, más allá del río y del puente de hierro. Antes de despedirme del señor Böll, le pregunto de qué tema habría escrito en la Alemania actual.

De un refugiado sirio que llegase en tren a Baviera con una mezcla de temor y esperanza en su corazón.

Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *