Primera memoria, Ana María Matute

Estoy en Barcelona, sentado en un banco de la Diagonal junto a la escritora catalana. Es una mañana soleada de noviembre. Ahora que está muerta, la señora Matute mira hacia todas partes con serenidad, sin esa carga de pequeñas preocupaciones que abruma con frecuencia a los vivos. Hay un momento en que vuelve la vista hacia mí y me habla de su novela.

Tiene los rasgos habituales en la obra de una principiante. En ella se nota cierta obsesión por impresionar al lector con su secretismo, con la ocultación de grandes verdades sobre los personajes. Supongo que entonces yo temía incurrir en el error contrario, en el exceso de explicaciones, y por eso envolví­ la trama en esa especie de velo misterioso.

Hay que admitir que el contexto daba mucho juego. No sólo la Guerra Civil, sino la marginación de los chuetas mallorquines y otra serie de conflictos familiares como el adulterio, los hijos ilegítimos, etc. Quizá usted quiso abarcar demasiado a ese respecto.

Es posible. No en vano, otra característica de las novelas de juventud es que el autor siente la necesidad de meter en ellas todo lo que sabe. Todo aquello en lo que cree. Todo aquello que le atrae o le inquieta. Igual que el niño tí­mido que ha callado durante años en presencia de los mayores y rompe de pronto a pontificar con las cuatro ideas que ha tomado prestadas de otros, el escritor novel se muestra incontinente en sus primeros libros.

Claro que yo, por lo menos, intenté ser contenida con las palabras. Con el lenguaje. Fui insolente a la hora de escoger las situaciones heredadas, el paisaje de fondo, pero evité la verborrea a través de un estilo cuidado.

Es cierto. Su novela se lee con placer al margen de lo que ocurre. Hay poesía en las descripciones del lugar y del tiempo, en los pensamientos de la protagonista. Imagino que fue sobre todo eso lo que convenció al jurado que la distinguió más tarde.

Me interesaba que los hechos quedasen distorsionados, embellecidos por el recuerdo. Más que su exactitud, buscaba la sensación que dejan en Matia, la narradora de la historia. En su relato, pueden mucho más la imagen difusa de aquellos meses de 1936, el calor del verano y la propia isla como un sitio al margen de lo demás.

Matia insiste en su deseo de ignorar, de no ingresar todavía en el universo de los adultos. En ella se da una pugna entre la curiosidad natural por saber y una reticencia basada en la sospecha de que el conocimiento del mundo irá acompañado de una gran decepción. Por eso, durante un tiempo prefiere quedarse en la superficie de lo que pasa. En lo que se intuye pero aún se desconoce. En el eco y en el olor que deja algo que ha ocurrido. Decide aguantar ahí­ todo lo posible. Y lo curioso es que nos lo cuenta. Cuenta las cosas antes de que hayan sucedido para ella. Antes de comprenderlas. Las describe cuando todavía no son. Cuando aún no poseen una forma definitiva. Se anticipa al significado que puedan tener, y de ese modo su relato final tiene la belleza de lo que se construye sobre la emoción y no sobre el sentido.

En cualquier caso, su libro es también una novela sobre la adolescencia. Sobre el descubrimiento del sexo y del amor. Sobre la idealización de los sentimientos que se produce a esa edad.

Porque, en último término, esas experiencias son intemporales. Son más poderosas que lo coyuntural. Que lo que pueda ocurrir alrededor de quien las vive. Así­ como un cuerpo crece incluso en condiciones muy adversas, entre restricciones y carencias, nuestra personalidad es capaz de desarrollarse en medio de la confusión. Entre los conflictos de otros. En un entorno de odio y acritud. Entre seres que arrastran prejuicios y enfrentamientos, que van a hacer lo posible por contaminarnos con ellos. Todo eso forma una espesura muy tupida y, sin embargo, la atracción hacia las personas, lo que siente Matia por Manuel, por Jorge, por Borja, es una luz lo suficientemente intensa como para alumbrarla.

Es mediodí­a en el centro de la ciudad. La señora Matute vuelve a distraerse como al principio. Hay un momento en que estoy a punto de preguntarle algo, pero luego lo pienso mejor y me callo.

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