Un médico rural, Franz Kafka

He venido a visitar al señor Kafka a la casita donde escribía, situada en el número 22 de la Goldene Gasse, en el casco antiguo de Praga. He querido conocer el sitio de noche porque era a esas horas cuando trabajaba. He elegido un día de agosto para no pasar frío, para que resulte agradable conversar con él incluso aquí­ dentro.

Me urgí­a publicar estos relatos. Pensé dedicárselos a mi padre desde el principio y querí­a verlos cuanto antes en forma de libro. Quizá por eso, todo el tiempo que tuve que esperar, entre 1917 y 1920, fue para mí bastante angustioso. Claro que ese hecho, el continuo aplazamiento de la edición, me permitió corregir muchos pasajes, mejorar el conjunto.

Sí­, de ese modo usted consiguió reducirlos a lo elemental. En ellos no sobra nada.

No tenía paciencia para lo superfluo. Me acuciaba tanto ir a lo esencial que apenas me paraba a observar el resto. Lo que rodeaba la escena concreta. Al personaje en cuestión. Pero lo importante no era la historia, sino crear enseguida la atmósfera donde sucedía. Entrar rápidamente en el ámbito extraño. Ingresar en él de manera que después fuera verosímil todo lo que yo contara. Y es que, una vez lograda esa dimensión, esa mezcla de clima y de lugar, de sensación y momento, me resultaba muy fácil meter lo demás.

Me gustaría detenerme precisamente en este punto, en los componentes con los que usted crea su espacio peculiar.

Creo que debería ser un crí­tico y no el escritor quien los analizara. No obstante, yo mencionaría primero la atemporalidad. En mis relatos hay una confusión de épocas. El lector intenta situarse en alguna, pero yo acabo despistándole casi siempre. Por mucho que a menudo dé algunas referencias históricas, luego me apresuro a difuminarlas, a mezclarlas con otras creando un anacronismo constante.

También es importante la oscuridad. A veces, como en el relato de los chacales del desierto, el del crimen entre hermanos o el de la visita a la mina, la falta de luz es una circunstancia natural en el contexto de lo que se narra. En otros, en cambio, lo oscuro es más bien una impresión. Y a esa impresión, a la construcción de la misma, contribuyen a su vez otros aspectos como la soledad de los personajes o la dificultad que tienen para comunicarse. A menudo no habla nadie, pero cuando ocurre, en las pocas escenas donde se dialoga, se abre desde el principio una distancia insalvable entre los interlocutores. Ellos se esfuerzan por entender, por dar claridad a sus posturas y, sin embargo, al final se impone ese estupor doloroso de quienes no manejan el mismo idioma.

No hay duda de que usted inaugura una nueva realidad literaria. Hasta esa época, las obras en prosa habían tratado toda clase de conflictos sociales y familiares, pero siempre partiendo de los mismos parámetros, usando un lenguaje común, moviéndose en un mundo conocido. Usted rompe con todo eso.

Pero no por un capricho estético. Yo veía las cosas así­. Donde otros aceptaban sin protesta el conglomerado de normas, trámites o procedimientos, yo ya empezaba a distinguir algo diferente. No quizá en situaciones cotidianas, al salir a la calle y resolver asuntos, pero sí­ más tarde en la tranquilidad de mi cuarto, en mi actividad de escritor. Una vez delante del papel, no me proponía ninguna distorsión artística, no era consciente de ella, sino que, al describir los espacios y narrar las acciones, brotaba de pronto un universo absurdo cuyo origen también era un misterio para mí­. Entonces yo intuía su riqueza, el valor simbólico de lo que nací­a. Tiraba del hilo y de ese modo sacaba a la luz toda una constelación de habitáculos y criaturas, de sucesos y relaciones que siempre habían estado ahí­, delante de nosotros, pero en los que nadie se habí­a fijado antes.

Está amaneciendo en Praga. Ahora los rayos del sol de agosto iluminan poco a poco la casita del señor Kafka. Mientras me levanto para despedirme, le pregunto cuál es su personaje favorito de estos cuentos.

El mono enjaulado. Sí­, ese animal que va aprendiendo con tiempo y melancolía los modales y los vicios de los hombres.

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