Historia de Piaf, Monique Lange

Estoy con la escritora francesa paseando por Ménilmontant. Es una mañana fría de diciembre. Aunque el barrio ha cambiado mucho, a la señora Lange le sigue gustando callejear por él. Ahora andamos despacio, de modo que nuestro diálogo no nos canse antes de tiempo. Mientras esperamos a que se ponga verde un semáforo, le pregunto por qué escribió esta biografía de Edith Piaf.

Fue un encargo de la editorial. Entonces habí­an pasado quince años desde su muerte y pensaron que era un buen momento para sacar el libro. Conocí­an mi interés por ella. Sabían que yo la admiraba, así­ que me encomendaron el trabajo como uno más de esos servicios literarios que los autores prestábamos en aquella época al sello que publicaba nuestras novelas.

Me parece un acierto la forma que emplea usted de dividir la biografía en breves capí­tulos temáticos.

Se trataba, en definitiva, de una obra de divulgación. Yo no pretendía profundizar en los conflictos de la cantante. En sus sentimientos ni en sus contradicciones. La idea era ofrecer una visión global de Piaf como artista y como ser humano. Su infancia, el descubrimiento de su voz, los profesionales que la ayudaron a triunfar, los hombres que tuvo a su lado. Por otra parte, esa estructura permite al lector seleccionar los aspectos que le interesan sin necesidad de entrar en los demás.

Pero habí­a otros motivos. También quise probar algo distinto. Una manera diferente de contar la vida de alguien. En general, no soporto las biografías al uso. Al seguir un modelo cronológico, acaban dando una imagen engañosa del individuo. Además, desperdician muchas páginas en cuestiones que no tienen excesivo valor, en experiencias que el protagonista vivió como cualquier otra persona. Yo querí­a apartarme de ese esquema. Me propuse evitar los vicios del género.

Usted combina varios tiempos verbales en un mismo episodio. Recurre al presente histórico para acercarse al momento, y al futuro para establecer una relación permanente entre distintas épocas, una especie de circularidad.

Y todo eso tiene que ver con lo que decí­a antes. El hecho de saber lo que le ocurrió al personaje permite al autor del libro reinterpretar su pasado. Cada hecho, decisión o vivencia puede abordarse como una totalidad. Puede narrarse como una unidad autónoma en la que lo que sucede entonces se vincula naturalmente a lo que ya ocurrió y a lo que más tarde acabará sucediendo.

En todo caso, no sé si el objetivo era comprender a Edith Piaf. No estoy segura de que yo buscase eso. Más bien creo que me divertía hacerlo así­. Me refiero a esa mezcla de ámbitos temporales. Volvía a sus primeras actuaciones, o a la ocupación nazi, o a Marsella, o a sus conciertos en Nueva York, a cualquiera de los hitos de la vida de la cantante, y me entretenía contándolos en presente. Por un lado, creaba la expectación propia de lo que todavía está pasando, de algo que puede terminar de maneras diversas, y, por otro, desmitificaba acontecimientos devolviéndolos al instante tembloroso donde empiezan casi siempre.

Resulta curioso que usted deje los asuntos importantes para el final, la relación de Piaf con Dios, con el amor o con el dinero, y que los despache en unas pocas páginas.

Ahí me propuse ser aún más breve. Dar los brochazos finales de ese modo. Quise ceder la palabra a la pequeña Edith y dejar que fuese ella quien se pronunciase acerca de todo eso. En lugar de explicar cómo era, transcribo lo que dijo en su dí­a. Lo que cantó al respecto. Todas aquellas revelaciones que intercalaba entre risas, gritos o llanto.

Más tarde, cuando volví­ a leer esos fragmentos, me di cuenta de que había acertado con ellos. Y es que a menudo, a la hora de desentrañar cómo es alguien, bastan unas pocas referencias. No es necesario ir demasiado lejos, indagar en exceso, retorcer las cosas. Es suficiente con escucharle otra vez.

Hemos llegado al número 72 de la calle Belleville, a la farola debajo de la cual nació Edith. Antes de despedirme de la señora Lange, le pregunto si podría escribirse una buena novela a partir de la vida de Piaf.

No. Demasiadas emociones. Demasiado ajetreo. Demasiado desgarro. Ni un solo segundo de contemplación.

 

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