Retiro, Serguéi Dovlátov

He quedado con el escritor ruso en el barrio neoyorquino de Queens, en la calle que ahora lleva su nombre. Es una tarde soleada de septiembre. Desde la terraza del bar donde estamos sentados, se ven los rascacielos de Manhattan. Tal como suelo hacer con muchos de los autores muertos a los que entrevisto, dejo que Dovlátov me hable de su libro antes de empezar a preguntarle por él.

Creo que tiene un ritmo muy ágil. No sólo por el diálogo, sino por el tono de la narración en general. No me alargo en las descripciones, ni en las escenas, ni en esos pensamientos del protagonista alumbrados antes o después de sus borracheras. Creo que voy a lo esencial, y eso hace que la novela siga siendo legible a pesar del paso del tiempo.

Sí­, es muy norteamericana. Reúne las virtudes propias de la literatura de Estados Unidos. De la prosa anglosajona en sentido amplio. Se estructura sobre una alternancia armoniosa de acciones y observaciones del personaje principal. Se construye a partir de un argumento sencillo, de un conjunto de figuras simpáticas y verosí­miles.

Le agradezco esos comentarios. Quizá en aquella época, cuando escribí­ la historia, ya estaba inmerso del todo en la cultura del país. Ya había leído a sus clásicos. Quizá a esas alturas ya habí­a escuchado cientos de conversaciones en la calle y era capaz de transformarlas, de distorsionarlas sobre el papel.

Pero yo quería ir más allá. En cierto modo, me propuse usar una voz americana para abordar el universo soviético. Recurrir a un tono desenfadado, a un tempo trepidante, y acceder a través de ellos a una realidad diferente. En definitiva, aunque la forma fuese estadounidense, el mundo literario creado por mí­ en los confines del libro, sus habitantes, debí­an ser rusos en una Rusia mestiza como la de entonces.

Supongo que eligió el parque temático sobre Pushkin, escenario de la historia, como una especie de reproducción en miniatura de la URSS.

Más bien como un enclave situado en el paí­s pero al mismo tiempo al margen de él. Un recinto al que, por distintos motivos, van a parar seres que no se adaptan fácilmente a la norma. No sólo disidentes en la acepción polí­tica del término, sino criaturas atemporales, individuos que no aceptan el régimen, ningún régimen, por un exceso de inteligencia o de sensibilidad.

Yo necesitaba un espacio así­. Me refiero al libro, a la hora de escribirlo. Me convení­a un sitio de lí­mites manejables. Un ámbito de dimensiones razonables en el que pudiese colocar a mis personajes y hacerlos actuar. Porque, además, el contexto de esa reserva o museo dedicado al gran autor ruso me proporcionaba desde el principio un horizonte trascendental, como decía Dostoievski. El hecho de que la URSS hubiese creado ese artificio, un monumento sin gusto que traicionaba la esencia literaria y humana de Pushkin, era de por sí suficiente. Suponía un telón de fondo inmejorable para mi relato. Un nivel irónico que ya me venía dado, que no hacía falta tocar. A partir de ahí, me bastaba con escuchar a Galina, a Márkov, a Iványch, a Mitrofánov y a Pototsky, sus sentencias sobre el mundo y sobre la vida, para terminar de construir la novela.

Todo eso sólo podía desenredarlo la mujer del protagonista. El desenlace tení­a que aportarlo Tania con su decisión de emigrar a los Estados Unidos.

Claro. Y el lector sabe que él acabará siguiendo a su familia, marchándose con ella. Deduce que la escala en Austria es una última oportunidad.  De esa forma, Tania espera a que se incorpore su marido una vez haya superado su estado natural de duda.

Ya es de noche en Nueva York. Ahora el señor Dovlátov mira en silencio hacia la ciudad, hacia los millones de lucecitas que brillan a lo lejos. Antes de que se levante y se vaya, me dirijo a él de nuevo y le pregunto si aún existe el lugar donde transcurre su libro.

Hoy se llama la Colina de Pushkin. Allí­ continúan la finca del poeta, los bosques de pinos y abedules. Allí­ sigue todo casi como antaño, como las cosas que no se dejan impresionar por los hombres ni por el tiempo.

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