La guerra del fútbol, Ryszard Kapuscinski

Estoy con el periodista polaco en el bar del aeropuerto de San Salvador. Es una mañana nublada de octubre. A través de las cristaleras se ve la pista de aterrizaje y, más allá, las colinas selváticas donde termina. Ryszard tiende a distraerse mirando una y otra vez hacia allí­. Yo aprovecho las pausas de su contemplación para preguntarle por el libro.

Hay cierta dispersión en él. Habrí­a podido incluir los reportajes sobre África en Ébano y dejar los de Latinoamérica para un volumen monográfico posterior. Ahora, diez años después de mi muerte, tampoco encuentro mucho sentido a los fragmentos en cursiva, a esos breves capítulos donde reflexiono acerca de futuros proyectos. En resumen, creo que, si hubiese dispuesto de más tiempo, habría revisado esta obra a fondo.

No obstante, usted mantiene el interés del lector por casi todo lo que cuenta. Al margen de aquellos textos donde se analiza la situación legal o polí­tica de un país con un exceso de detalles, el libro consigue entretener.

Quizá porque, a pesar de los cambios que ha habido en el mundo, muchas de las situaciones que describo continúan produciéndose. Ahora existe Internet y formas de comunicación muy sofisticadas y, sin embargo, algunos reporteros vuelven a experimentar a veces momentos de peligro y aislamiento como los que viví­ yo hace medio siglo. Ahí­ las escenas se repiten y las sensaciones se reducen a un esquema elemental. Ahí­ vemos de nuevo a un hombre que, sea por vocación o por necesidad, se adentra demasiado en un espacio de calor y riesgo, de violencia e incomodidades, y que se arrepiente cuando ya es tarde para rectificar. Luego sale más o menos ileso para poder escribirlo, para poder contarlo, y es esa angustia que nota el lector en un entorno seguro lo que le permite disfrutar de la lectura.

Supongo que, para lograr ese efecto, usted tuvo que retocar los hechos reales, arreglarlos para convertirlos en historias.

Claro. Pero no siempre en el sentido de exagerarlos, de dramatizarlos. A menudo ocurría lo contrario. Sucedía que lo que habí­a pasado en la realidad era tan rocambolesco, tan retorcido, que no me serví­a como argumento del relato. Había que simplificarlo. Habí­a que aportar un mí­nimo de claridad en el contexto de un suceso difícil de entender, de un conflicto con numerosos matices y derivaciones. Yo tenía que transformar todo eso en algo que, siendo excitante, pudiese ser comprendido por personas que nunca iban a verse en situaciones así­. Y la clave estaba en acertar con los cambios. En saber qué debía suprimir, modificar o incluir.

En cualquier caso, ése es el método habitual en la escritura de reportajes. Los trabajos periodísticos acaban siendo, en definitiva, algo tan reelaborado como una novela. Son ficciones construidas a partir de una serie de datos verídicos, artificios donde la distancia entre lo vivido y lo contado es casi tan grande como en un texto basado sólo en la imaginación.

No en vano, en algunos episodios de La guerra del fútbol, usted recrea escenas que conoció más tarde a través del testimonio de otros, se inventa el desarrollo de acciones protagonizadas por líderes revolucionarios a los que ni siquiera llegó a ver en vida.

En esos pasajes me muevo dentro de los parámetros de la novela histórica. Ahí­ sigo los pasos del personaje, me figuro cómo actuaba y de qué manera se comportaba. Imagino lo que decí­a. Describo el efecto que sus modales y sus palabras provocaban entonces en la gente.

Me gustaba esa faceta del proceso creativo. Me gustaba excluirme del todo y acompañar al hombre o a la mujer real en sus momentos de celebridad o en los inmediatamente anteriores a su muerte. A veces tení­a incluso la impresión de poder alterar el curso de los hechos, de la Historia. Me sentía tan poderoso en el pequeño universo de mi relato que creía ser capaz de llevar a mis criaturas a un destino diferente, a un final feliz.

Ahora llueve en la capital de El Salvador. El señor Kapuscinski vuelve a mirar hacia la selva, hacia un punto lejano y fronterizo donde hace mucho tiempo se libró la guerra con Honduras. Antes de despedirme de él, le pregunto si al morir se acordó de algún ser humano en esas mismas circunstancias, si aplicó alguna lección aprendida en ese sentido.

Abrí­ los ojos todo lo posible y me quedé en silencio como hacen los miembros de la tribu yoruba, que en esos últimos instantes se callan para no entorpecer el tránsito de su alma.

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