Platero y yo, Juan Ramón Jiménez

Me he citado con el escritor andaluz a las afueras de Moguer, en el huerto de la Piña, el lugar donde está enterrado Platero. Es una mañana luminosa de principios de marzo. Ahora, sentado al lado del poeta, le pregunto si ha podido reencontrarse con su querido amigo.

Afortunadamente. Ésa es una de las pocas ventajas de la muerte. Permite la reunión de almas. Aunque también es verdad que las nuestras ya estaban unidas en el libro. Desde que yo lo escribí­. Desde que llegó a las manos de miles de lectores de todo el mundo. No se me ocurre mejor manera de permanecer para siempre cerca de alguien.

Sigue siendo una obra conmovedora un siglo después. Ha superado de sobra la prueba del tiempo.

Me alegra saberlo. Hay cosas que no cambian, que no envejecen. En la vida y en la literatura. La relación entre dos seres vivos no dejará nunca de interesarnos. De captar nuestra atención. Podrán variar los espacios y los momentos, las circunstancias y el tipo de sociedad en el que se desarrolle, pero la historia de un ví­nculo así­, su evolución a lo largo de las páginas, despertará una y otra vez nuestra curiosidad.

El hecho de que el relato trate de la amistad entre un hombre y un animal es un punto de partida prometedor. El autor tiene al lector de su parte desde el principio. Sí, porque se da una interpelación inmediata a su sensibilidad. Al origen de sus virtudes. A lo mejor de él.

Claro que no basta con eso. Ese material de primera calidad que maneja el escritor puede llegar a malversarse, a desperdiciarse. Sucede cuando hay un exceso de sentimentalismo, o cuando se convierte el libro en una fábula. Esos eran los riesgos que corría. Yo mismo lo menciono en un pasaje. Digo que lo último que deseo es hacer de mi narración uno de esos cuentos con moraleja para niños.

Cada capí­tulo es como un poema. Usted consigue un ritmo musical con tanta armonía que el lector se siente llevado en volandas, apenas se entera del contenido.

Y lo paradójico es que logré esa melodía gracias a la historia. Me refiero a que, debido precisamente a que me centré en las andanzas del narrador y su burro, el lenguaje me salió más poético que nunca. Quién sabe. Quizá no sea suficiente con una estructura técnica de versos y estrofas, de rimas y sonidos, para conmover. Quizá sea necesario un hilo narrativo para alcanzar la emoción. No un argumento cargado de sucesos, sino el seguimiento de la vida de alguien durante un periodo concreto, el relato de un destino particular. Porque entonces, una vez familiarizado con los personajes y sus pequeñas industrias, con su rutina sin importancia, el lector ya está preparado para sentir. Pero no ocurre de repente. Es algo progresivo. La música de las frases le acaricia y le mece, le procura placer a lo largo de la lectura, y es más tarde, en el desenlace de la relación con sus prolegómenos y sus consecuencias, cuando el texto acababa afectándole de verdad.

Aunque haya dos claros protagonistas en su libro, usted traza de un modo indirecto el retrato del mundo rural de la época, del espacio que conoció en su infancia, ¿no es así­?

Quería hablar de las personas sencillas que habitaban en esos pueblos. No me interesaban las personalidades, sino los individuos peculiares. No pretendí­a en ningún caso tocar asuntos graves ni profundos, nada que fuese coyuntural como la polí­tica o los problemas sociales. Querí­a describir el campo, los trabajos y las tareas sencillas en las que se empeñaban los hombres. Los juegos de los niños, los cambios de la naturaleza, el ciclo de las estaciones. Y, sobre todo, quería ver todo eso a través de Platero, de los ojos risueños de Platero. Que fuese él, en definitiva, quien me recordara a mí y a todos nosotros la importancia del cielo y de las nubes, del dí­a y de la noche, de los animales y de los árboles.

Empieza a atardecer en Moguer. Ahora llega hasta aquí­ una luz nueva, un destello distinto. Me he levantado para despedirme del señor Jiménez. Mientras estrecho su mano, veo unas mariposas blancas revoloteando a nuestro alrededor. Entonces él me dice:

Sí­, custodian el alma de Platero para siempre.

http://retratosycaricaturasdemiguelcoll.blogspot.com

 

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Una respuesta a Platero y yo, Juan Ramón Jiménez

  1. Buscando una noticia en un diario de Navarra me he encontrado con un LLORET … y comenta libros .
    Un saludo desde El Campello – Alicante -.
    Joaquín LLORET Rives

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