Diario de la galera, Imre Kertész

He venido a Budapest a conversar con el autor húngaro. Ahora estamos sentados en una terraza con vistas al Danubio. La tarde de agosto es calurosa, sólo puede soportarse a la sombra. Después de echar un vistazo a mi alrededor, de ver la algarabía de vehículos y personas, el colorido de miles de cosas moviéndose a la vez, le pregunto al señor Kertész si queda algo de esa ciudad tan diferente que se adivina entre las páginas de su libro.

El río. Algunos edificios. Monumentos que ya estaban antes. Calles empedradas que ni siquiera el régimen comunista se atrevió a destruir. Y más allá del mobiliario urbano, permanece el ánimo insatisfecho de mucha gente. Sus afanes y empeños. Su esfuerzo por alcanzar el bienestar y la necesidad de dar sentido a lo que hacen.

Es llamativa la soledad del autor de este diario. Uno tiene la sensación de que quien lo escribe a lo largo de treinta años vivió al margen de los demás.

No fue algo premeditado. Supongo que, al apartarme de los hechos cotidianos propios de otros dietarios y volcarme en abstracciones, acabé alejándome también de las personas. De sus acciones y trabajos. De los aspectos más anodinos de su existencia. No en la realidad, pero quizá sí­ en los confines del libro. Yo mismo reflexiono sobre ello en algún pasaje a propósito de los diarios de Thomas Mann. Me pregunto por qué no me interesa ese contenido y llego a la conclusión de que no soy esa clase de escritor.

Sin embargo, ahora veo las cosas de otra manera. Quizá porque ya estoy muerto, doy más importancia a lo trivial. Desde la seriedad y la hondura de la eternidad, añoro de algún modo los aspectos más banales de la vida. No sólo los echo de menos como el hombre que fui, sino que, en calidad del escritor que espero seguir siendo para quienes me lean, me doy cuenta de que esos asuntos menores son esenciales para la literatura. El lector los agradece, y el libro, cualquier libro, prospera en último término gracias a ellos.

Las citas extraídas de otras obras son muy interesantes. Además, no resultan gratuitas. Se nota que usted las incluye en su diario con la intención de aplicarlas en algún momento, de aprender de las verdades que encierran.

Me alegro de no parecer pedante. En todo caso, a mí­ me sirvieron para vivir y para escribir. No siempre estaba de acuerdo con lo que decí­an, pero incluso entonces suponían una referencia a tener en cuenta. Yo necesitaba acudir a ellas. Más aún. Necesitaba saber en qué situaciones habían sido alumbradas por sus autores. Conocer el instante en que se había producido la revelación. Porque no basta con leer o escuchar la frase. Cada vez que Nietzsche, Rilke, Camus o Goethe expresan con palabras la observación que sea, uno debe recordar en qué contexto andaban metidos, adónde deseaban llegar. De esa forma es posible comprender y aprovechar las ideas de otros.

Hay un tema que atraviesa su libro, que constituye su raíz y su sentido. Me refiero a su experiencia de judío en Auschwitz. Usted no sólo la menciona varias veces, sino que esa circunstancia personal le lleva a reflexionar acerca de la condición humana.

Sin olvidar que se trata también de mi tema literario, del argumento de mis historias de ficción. Pero es verdad. Tal como les ocurrió a otros escritores, el paso por los campos de concentración del régimen nazi se convirtió más tarde para mí­ en la medida de todas las cosas. No pude evitarlo. Todo lo que hacía o pensaba, lo que veía u oía, me remití­a naturalmente a aquellos meses de mi adolescencia. A lo vivido en primera persona y a lo que habí­a supuesto como fenómeno, como perversión absoluta del ser humano. Así­ que, en cierto modo, estos diarios son el testimonio de una especie de hombre que no había existido antes. El registro de lo que significó serlo en el plano intelectual y moral.

Atardece a orillas del Danubio. El señor Kertész está cansado y yo no quiero abusar de su tiempo. Cuando ya me he levantado de la silla y me dispongo a marcharme, él se vuelve hacia mí una vez más y me dice que la muerte es un lugar tranquilo.

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Una respuesta a Diario de la galera, Imre Kertész

  1. Per dijo:

    Peligrosa tentación la de alejarnos de la cotidianidad, peligrosa y tentadora a la vez. De nuevo, muchas gracias por acercarnos a escritores que descansan en paz y nos recuerdan lo bueno de la vida, desde tus charlas con ellos.

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