Diario de un enfermo, Azorín

Estoy con el escritor alicantino en uno de los últimos bancos de la Iglesia del Carmen, cerca de la Plaza del Sol de Madrid. Aunque parezca extraño, me ha citado aquí para que hablemos de este libro. Yo supongo que lo ha hecho a propósito, de manera que el nuestro sea un diálogo breve y en voz baja. En ese tono, le pregunto por qué escogió el formato de diario para su primera novela.

Quería algo diferente. Ya habíamos dejado atrás el Realismo y el Naturalismo, había que buscar nuevas formas de novelar. Me interesaba un registro corto en el que pudiese encerrar una historia entera sin necesidad de contarla. El diario, con sus fechas y sus saltos en el tiempo, me permitía encadenar naturalmente una serie de elipsis sin tener que dar explicaciones, sin romper el ritmo narrativo. Sí, me bastaba callar durante semanas o meses, pasar de diciembre a marzo o de julio a octubre, para ahorrarme escenas intermedias en las que no deseaba entrar.

Sospecho que usted también buscaba un subjetivismo extremo, es decir, que la relación entre el protagonista y la mujer se sugiriera en todo momento a través de los ojos de aquél.

Hasta el punto de que el lector puede llegar a pensar que ella no existe. Que esa figura femenina, esbelta y pálida, es fruto de la imaginación del narrador. Que éste no la ha visto por la calle, ni detrás de unos visillos, ni a la salida de misa una mañana de lluvia. Que el hombre, en su soledad de escritor, se ha inventado al personaje y ha unido ambos destinos por medio de un vínculo literario.

No en vano, las reflexiones del principio y del final del libro son muy parecidas. Hay una depresión similar. Hay un desánimo de raíces comunes. Hay un regreso al origen. Yo quería que al lector le entrase la duda. Que, al terminar la novela, se preguntara si la enfermedad a la que alude el título no es en el fondo ese delirio por el que el autor del diario cree conocer a una mujer, enamorarse de ella, desposarla y perderla finalmente.

Aunque las frases son cortas, el lenguaje es un poco anticuado, sobre todo en las descripciones de lugares. ¿No le parece que hay demasiada obsesión por la exactitud en los adjetivos?

Es posible. Me gustaba emplear los términos precisos. Me gustaba distinguir los paisajes a través de la escritura. Hacerlos únicos para mí y para quienes leyesen mis libros. Más tarde me di cuenta de que eso no es relevante. Que el lector no retiene los rasgos de un sitio cuando son acertados, sino cuando están expresados de una forma bella. Cuando el autor ha recurrido a expresiones capaces de conmoverle. En esos casos, el lector ni siquiera diferencia entre espacios. No llega a ver el lugar descrito, sino que permanece afortunadamente atrapado en la emoción que genera en él su construcción literaria.

Usted crea un personaje patético. Alguien que se regodea en su propio dolor. Alguien que parece provocar adrede las situaciones en las que su alma pueda sufrir un poco. ¿Fue algo premeditado?

Quizá me dejé influir por el espíritu de la época. Por el Zeitgeist de entonces. A finales del siglo XIX y principios del XX se llevaban en la literatura española esos seres dolientes. Los autores éramos sensibles a la decadencia del país. Al destino colectivo. Estábamos dispuestos a compartir el mal momento y a recogerlo en nuestros libros convirtiendo ese ánimo en un tono narrativo peculiar.

Pero yo también quise reírme de mi propia criatura. Exagerar el dramatismo de la pérdida. Pienso que, en el mismo instante en que creé al personaje, ya fui consciente de su faceta cómica. Y más allá de ambos registros, el trágico y el irónico, está la crítica a esa clase de individuos que necesitan el drama en su vida para prosperar intelectualmente.

La parroquia del Carmen ha ido llenándose de feligreses. En unos minutos empezará la misa de doce. El señor Martínez Ruiz me hace una seña invitándome a salir de la iglesia. Ya en la calle, antes de despedirse, se dirige a mí una última vez.

Me gustaría que saludara a Baroja de mi parte. Dígale que le admiro mucho como escritor y que le echo de menos todos los días.

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