La condesa sangrienta, Alejandra Pizarnik

He viajado hasta el castillo de Csejthe en Hungría para hablar sobre este libro con la autora argentina. Mientras le escucho, hojeo las páginas de un ejemplar del relato, ilustrado por Santiago Caruso. Son láminas de colores que representan las prácticas sanguinarias de la condesa Báthory, los tormentos a los que sometía a sus víctimas.

Disfruté escribiendo la historia. Intuí enseguida su potencial lírico, las expresiones poéticas que yo podría lograr a partir de tanto horror. Porque ése era mi desafío, conseguir un poema en prosa que fuese autosuficiente, que hiciera superflua cualquier novela sobre el mismo asunto. En definitiva, me propuse hallar la belleza de lo terrible y quedarme con su música, componer una canción con ella.

Se aprecia una influencia muy grande de Borges. El tono recuerda al de muchos de sus relatos. ¿Fue usted consciente de ello desde el principio?

Supongo que sí. ¿Acaso había algún autor joven en la Argentina de entonces que escapara a esa sombra literaria tan alargada? Sin embargo, a veces resulta mucho más ridículo, más forzado, huir de ciertas frases o palabras, de una sintaxis concreta, con tal de no parecerse a otros. Creo que es más acertado esperar. Seguir leyendo y escribiendo hasta que se desvanezca el hechizo, el encantamiento, ese fenómeno invasivo tan difícil de vencer. Confiar en que, más allá de éste, nazca un estilo propio con raíces hundidas en la tradición.

Ya en la referencia inicial a Valentine Penrose, a los documentos que ese presunto poeta recopila sobre el personaje de la condesa, hay un juego literario borgiano.

Claro. Pero, ¿por qué renunciar a algo que funciona? Al fin y al cabo, la remisión a alguien distinto del narrador, al testimonio de otro, es un recurso muy útil en literatura. Aporta un suplemento de verosimilitud. De esa manera, quien nos cuenta la historia se libera de cierta presión, carga sobre un tercero la responsabilidad del relato, la obligación de convencer con él. Desde el momento en que yo mencionaba a Penrose, ya no tenía que preocuparme del argumento, podía concentrarme en el lenguaje. Y si al final el lector no creía en la existencia de Erzébet Báthory, la culpa no sería mía, sino de aquel que me había hablado de ella. En todo caso, eso sólo era importante en las primeras páginas. Después, una vez seducido por la estética del libro, inmerso en su sonido, el lector ya no dudaría de nada más.

Al situarse en el siglo XVI y en un país tan alejado del suyo, usted buscaba la distancia de modo deliberado, ¿no es así?

De lo contrario, no se habría producido el impacto poético. Si hubiese ambientado la historia en mi entorno cotidiano, en mi tierra, lo truculento se habría impuesto a lo lírico. Yo necesitaba a la vez lo fantástico y lo remoto. Además, la brutalidad exagerada de la protagonista, sus orgías de sangre, pretenden empujar todo eso al terreno de lo imposible, eliminar cualquier atisbo de realidad, de forma que lo único que quede sea el eco musical, la poesía en estado puro.

Creo que eso lo ha conseguido. Sin embargo, a ratos el lector tiene la sensación de estar ante juegos de palabras, ante una verborrea brillante pero vacía.

Puede que haya una parte de experimento. Quizá yo intentaba poner a prueba mi capacidad de emocionar. De hacerlo muy lejos de mi territorio. De mis referentes habituales. Es posible que el precio a pagar por ello fuese la pérdida de sentimiento. La imposibilidad de generarlo a partir de un mundo tan distinto del mío. Leído con la perspectiva del tiempo, es cierto que el libro tiene mayor valor como ejercicio que como obra personal. A lo mejor es justo concluir que la literatura sólo emociona cuando es muy cercana, cuando arranca de un dolor real, cuando, a pesar de ser un artificio, ha brotado antes de nuestro corazón.

Oscurece en la llanura húngara. Este castillo no es un buen lugar para pasar la noche, así que tanto la señora Pizarnik como yo nos disponemos a salir. Ya en el exterior, la autora se vuelve hacia mí y me dice:

Si no me hubiese suicidado tan joven, habría escrito los diarios de Darvulia, la mentora de la condesa Báthory.

http://retratosycaricaturasdemiguelcoll.blogspot.com

Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *