Viento del este, viento del oeste, Pearl S. Buck

He volado hasta Shanghai para entrevistar a la autora norteamericana. Ahora estamos sentados debajo de uno de los puentes antiguos. Desde aquí se ve la Torre Dajing y un resto de la muralla que rodeó durante siglos la ciudad. A la señora Buck le sorprende que haya tantos turistas, mira asombrada hacia todas partes. Yo aprovecho una pausa de su contemplación para preguntarle por este libro.

Qué viejas deben de sonar muchas cosas del contenido. Qué remoto debe de resultar ese mundo a quienes se asomen a él. Y, sin embargo, la novela conserva cierta actualidad en todo lo relacionado con el choque de culturas, con la intolerancia hacia otras formas de vida, con la aceptación de lo diferente. Aunque hayan pasado muchos años desde su publicación, la historia permite esa mínima identificación del lector que tan necesaria es en literatura.

Y el hecho de que la cuente una mujer china es una ayuda en ese sentido. Porque el lector occidental tiene curiosidad por conocer el punto de vista del otro. A través del relato de la narradora, se observa a sí mismo desde fuera. Repara en aspectos físicos y de comportamiento en los que no se detendría si el libro estuviera escrito desde la perspectiva de alguien como él.

He ahí una manera de saber más sobre nosotros. Sobre cada uno. Pero también un modo de entender a los demás. Ésa es una de las ventajas de las novelas. Creando un personaje, el escritor se pone en la piel de otro. Nada más plantearse ese ejercicio, ya ha recorrido la mitad del camino. En mi caso, al escribir este libro en primera persona, me convertí en Kwei-lan desde el principio. Antes de hacerlo, ya sabía muchas cosas sobre la China de entonces, había vivido tiempo en el país y, sin embargo, fue al asumir ese papel cuando pude comprender ciertas situaciones.

Me gusta el lenguaje. Esperaba algo prolijo y me he encontrado con un texto sencillo y fácil de leer. ¿Cree que en su época pudo parecer poco vanguardista?

Es posible. Sea como fuere, yo no hubiese sido capaz de escribir con otro estilo. No me interesaban los experimentos. La complicación de la técnica narrativa. Quizá tampoco tenía talento para ello. Necesitaba una prosa que llegara sin trabas al lector. Un discurso limpio con el que transmitirle mi visión del mundo. Mi idea de las culturas que conocía. De los seres humanos que las conformaban. Y, sobre todo, de las emociones que comparten los hombres al margen de su condición.

Aunque usted no profundice en los personajes ni en sus tribulaciones, consigue dejar clara la postura de cada uno frente a la tradición, que es uno de los asuntos esenciales de la novela.

Yo quería mostrar las distintas respuestas, las reacciones ante la transmisión de las costumbres. Ante la imposición familiar de los usos de un pueblo. Desde la rebeldía del hermano que desea casarse con una extranjera, hasta el cinismo del padre, pasando por la aceptación crítica de otros. Quería recordar cómo el recurso a lo tradicional, la remisión a las prácticas heredadas, es a menudo una forma de ocultar sentimientos miserables. Un pretexto para no hacer prevalecer la razón frente a ellos. Quería enredar a todos esos seres en el conflicto que surge cuando se mezcla la tradición, el amor y los intereses materiales. Y es que, una cosa es emitir opiniones teóricas sobre ese entramado, y otra poder manejarlo cuando uno se encuentra inmerso en él.

Ha empezado a llover. No nos mojamos porque seguimos debajo del puente. No obstante, es hora de terminar. Antes de despedirme de la señora Buck, le pregunto qué tipo de libro escribiría ahora, ambientado en la China de hoy.

Es una cuestión difícil de responder. Necesitaría pasar un tiempo en el país. Tendría que observar a las mujeres y a los hombres, a los ancianos y a los niños. Tendría que agarrarme a un resto de belleza, a cosas aún no estropeadas por el progreso. Quizá entonces se me ocurriera algo que contar. Sí, por qué no. La historia de un ejecutivo europeo en Hong Kong, o la de una funcionaria china enamorada de una vendedora de pescado en el puerto de Shanghai.

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