Bajo las ruedas, Hermann Hesse

Hoy me acompaña Hermann Hesse, fallecido en 1962. Estamos sentados en la terraza de Salenhof, una casa rural de la Selva Negra. Él procedía de Suabia, una región cercana a Stuttgart, pero ambientó algunos de sus libros en esta zona montañosa. He quedado con el escritor alemán para hablar de una de sus primeras novelas.

Creo que sería un buen texto de lectura para los colegios de cualquier país. En lugar de los títulos preceptivos, de todos esos volúmenes aburridos que se obliga a leer a los alumnos de secundaria, podría incluirse el mío en los planes de estudio. Aunque la historia transcurra en un tiempo y un sitio muy alejados de los suyos, sigue siendo válida a la hora de mostrar las aberraciones que se cometen con ciertas formas de educación. Y es que lo que sucede con Hans Giebenrath, el protagonista, la exigencia a la que se le somete en su etapa de aprendizaje, ocurre todavía en muchas familias y centros de enseñanza. Es decir, el mensaje, lo que queda más allá del relato, es tan actual como entonces.

Estamos ante un Bildungsroman, ante una novela de formación en sentido estricto. Es un espacio literario donde usted se movía con comodidad, ¿no es así?

Puede ser. Quizá me marcasen los años escolares más que a otras personas. Es posible que, como autor, no superase esa etapa en la que todos escribimos sobre la adolescencia, la primera juventud, sobre ese momento en que despertamos a los placeres y a las dificultades de la vida. A lo mejor mis libros conforman un bucle repetitivo, un discurso que gira eternamente alrededor del mismo asunto. En fin. Quizá todo escritor necesite un tema al que agarrarse, en el que hacerse fuerte, y ése sea el mío.

No me parece nada negativo. Además, se trata de un terreno donde es fácil resultar ñoño o superficial, y usted no lo es en absoluto. Sus novelas y relatos de ese género, como Narciso y Goldmundo o Demian, entretienen al lector y generan en él una especie distinta de entusiasmo, renuevan sus ganas de vivir.

Me alegra oír eso. En todo caso, en Bajo las ruedas me interesaba también hablar del baldón que suponen a veces las expectativas de los demás. Las esperanzas que ellos depositan en nosotros. La promesa que constituyen ciertos jóvenes para sus familiares, amigos o vecinos. Yo quería exponer literariamente cómo a menudo el destino de quienes sostienen esa carga termina siendo aciago. Lo que en principio parece un privilegio, algo positivo, es decir, el hecho de ser alguien aventajado, acaba convirtiéndose en una maldición. Me urgía la necesidad de recordar al lector en qué medida uno puede ser víctima de la frustración de otros. Presa fácil de la ansiedad que genera en nuestros allegados su propia insatisfacción. El instrumento que emplean para compensar lo que no consiguieron en sus vidas.

Y lo bueno es que, si en otros libros parecidos hay una redención del personaje por medio del arte, del descubrimiento de la vocación artística, en la suya ni siquiera llega ese consuelo.

Claro. Yo no quería un final feliz para la historia. Prefería llevar la confusión y la angustia de Hans hasta sus últimas consecuencias. No estaba dispuesto a salvarle de ese modo, a través de un presunto talento oculto. Por una parte, intenté evitar el giro habitual que se da en otras novelas, ese instante de revelación que se produce en el protagonista. Por otra, no soportaba la idea de que ciertos lectores vinculados al mundo de la enseñanza se amparasen en la peculiaridad de lo artístico para justificar el comportamiento de los profesores y educadores del joven Giebenrath en mi relato.

Ahora, en Salenhof, se nota el descenso repentino de la temperatura. No en vano, estamos a mil metros sobre el nivel del mar y son casi las ocho de la tarde. Antes de que empiece a hacer frío, vuelvo a dirigirme al señor Hesse. Le comento cómo me gusta la figura del zapatero Flaig, el papel de contrapunto que juega en su novela.

 Sí, es la conciencia del propio Hans. De la ciudad entera, en definitiva. Es esa clase de persona a quien deberíamos consultar siempre en el umbral de nuestras decisiones. Cuyo consejo deberíamos seguir. Es alguien que nos advierte de las cosas sin imponernos nada.

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