Minuto de silencio, Siegfried Lenz

Estoy con el escritor alemán en la playa de Travemünde, a orillas del Báltico. Nos hemos metido en una de esas cestas con bancos de lona donde se refugian los bañistas para protegerse del viento. Desde aquí vemos el principio de las olas y, mar adentro, dos cargueros que navegan en direcciones diferentes. Sentado junto al señor Lenz, le pregunto si pensó en un lugar como éste al escribir su libro.

Minuto de silencio (Littera) de [Lenz, Siegfried]

Más bien en un puerto. Un sitio de la costa que, además de turistas, tuviese una actividad pesquera. Quizá por eso preferí inventármelo. De ese modo, podía añadirle las referencias que necesitaba para la historia. Una isla, una bahía, grandes extensiones de arena con piedras de colores. Luego le puse un nombre verosímil y esperé con ilusión el momento en que los lectores empezasen a buscarlo en los mapas.

Hay un canto general al mar, a lo marítimo. Hay una mirada benévola hacia el paisaje, hacia la gente, hacia su forma de vida. A ratos, uno tiene la sensación de que a usted todo eso le interesa más que el argumento.

Puede ser. No en vano, yo viví muchos años en Hamburgo. Además, escribí esta novela poco tiempo antes de morir. Quizá proyecté sobre ese espacio ficticio todo lo que conocía de esos lugares, todo lo que amaba de ellos. A lo mejor, consciente de que no iba a vivir mucho más, decidí hacer un homenaje literario al Báltico de la misma manera en que décadas antes había rendido un tributo a Prusia Oriental con los cuentos de Suleyken.

Y es posible que eso se haya reflejado también en el lenguaje. Me refiero a que hubo cierta obsesión por mi parte en ser exacto con los términos, riguroso al escoger los que correspondían. Creo que, si escribiese el libro ahora, no me importaría tanto la nomenclatura. Me limitaría a hablar de barcos o de peces sin necesidad de precisar sus especies. Me bastarían unas pocas palabras para situar al lector y narrar la historia de amor entre Stella y Christian.

A propósito de la trama, me gustaría saber si le costó mucho esfuerzo hacerla original, huir de la clásica relación profesora-alumno.

No estoy seguro de haberlo conseguido. En mi caso existía un obstáculo doble. Por una parte, tenía que evitar los lugares comunes que acechan siempre al escritor cuando se adentra en el territorio sentimental. Por otra, se trataba de sortear los tópicos de la relación que has mencionado. Creo que la única manera de lograrlo, de hacer singular una historia de amor, es rodeándola de una serie de elementos peculiares. Vinculados a un sitio concreto, pero también a una actividad como la búsqueda de fragmentos de ámbar o a una referencia literaria como la novela de Orwell Animal Farm.

Sin embargo, es verdad que a menudo eso no es suficiente. Yo tampoco sabría decir qué convierte en auténtico, en conmovedor, un relato de este tipo. A veces son los diálogos. Puede ser la descripción de los gestos, de las caricias, de las situaciones íntimas a las que se lleva a los personajes. Sea como fuere, es cierto que el autor de estos libros se lo juega todo a una carta, pues, si la chispa amorosa no prende, todo lo demás acaba resultando irrelevante.

En cualquier caso, es un acierto la forma en que, a ratos, Christian le habla a Stella al contar lo que pasó. Esa especie de invocación, de interpelación del narrador hacia ella.

Sí, enseguida me di cuenta de que el relato pedía esa combinación, la alternancia entre un discurso dirigido al lector y otro hacia la mujer amada. No fue algo planificado. Surgió de manera natural poco después de empezar. Luego comprendí que ese recurso no sólo genera ritmo, sino que aumenta la intriga, la tensión narrativa. Y es que esa presencia cada vez más poderosa del alcanza su propio clímax, hace más emocionante el desenlace de la novela.

Está anocheciendo en la playa. Pensando todavía en el libro del señor Lenz, me vuelvo una última vez hacia él en la cesta que compartimos y le pregunto si él también tuvo una profesora como Stella.

No, yo me enamoré de una mujer que cosía redes en el puerto.

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