El regreso de Conejo, John Updike

Me he citado con el señor Updike en un área de descanso de la autopista que cruza de norte a sur el estado de Pennsylvania. Es una tarde cálida de octubre, se está bien al aire libre. Yo habría preferido que hablásemos de otros títulos suyos, de Donde termina el camino o de Lo que queda por vivir, pero él quiere relanzar a su personaje más célebre, darlo a conocer a nuevas generaciones de lectores, así que al final he accedido a conversar sobre El regreso de Conejo.

Es una novela tributaria de su época y, sin embargo, siguen gustándome muchas cosas de ella. Las escenas de sexo, algunos diálogos, los pensamientos del protagonista intercalados entre conversaciones, la relación de camaradería que va naciendo entre él y su hijo a medida que avanza la historia. Hay una manera expeditiva de narrar, de abordar ciertos pasajes, que no fui capaz de conseguir en otros libros. Quizá sea eso lo que más valoro, la ingenuidad con que me adentraba en lo literariamente complejo.

Pocas novelas de finales de los sesenta y principios de los setenta han aguantado el paso del tiempo. Casi todas pecan de un exceso de verborrea, de carga ideológica y de una tendencia constante al experimentalismo. ¿No cree que la suya es un buen ejemplo de eso?

Es posible. En aquella época uno deseaba volcarlo todo. Verter el universo en una obra. Todo lo que hacía. Todo lo que pensaba. Todo lo que oía. Todo lo que soñaba. Queríamos que los libros, cuadros, canciones o películas contuviesen nuestras ideas sobre la vida y sobre el mundo, sobre la política y el amor, sobre el hombre y sobre la muerte. Quienes ya éramos mayores para luchar en las guerras de verdad, necesitábamos un campo de batalla igual de excitante, tan sangriento como el que veíamos en televisión. Como nadie nos daba un fusil, nosotros empuñábamos las armas a nuestro alcance. Una guitarra, una brocha para estampar chorretes de pintura en una tela, un mamotreto de quinientas páginas capaz de agotar al lector más voraz.

Eso era lo que nos importaba. Sí, porque entonces nadie tenía inconveniente en tragarse los rollos de otros. Y cuanto más largos y farragosos eran, más talento advertíamos en el autor. Había un canto general a lo extravagante, a lo exagerado, a lo transgresor. Y, sobre todo, a lo teórico. Disponíamos de una teoría para cada ocasión. Para cada suceso. Para cada comportamiento. Claro que más tarde, cuando todo eso se llevaba a la hoja en blanco, al escenario o a la pantalla, el resultado terminaba siendo decepcionante.

Siempre que vuelvo mi mirada de lector a la literatura de esa época, tengo la sensación de estar pisando los restos de una casa destruida por un huracán. Igual que Harry Angstrom cuando entra en la suya después del incendio, me agacho para intentar rescatar cualquier objeto intacto y en ese momento me doy cuenta de que apenas hay algo aprovechable.

Entiendo lo que me dice. Puede que tenga razón. Quizá, de algún modo, los escritores fuimos víctimas de un fenómeno parecido al que afectó a la sociedad en su conjunto. Si la liberación sexual había puesto patas arriba matrimonios y familias dando lugar a nuevas estructuras comunitarias, la orgía de ideas y sustancias estupefacientes hizo lo propio con el lenguaje. Alumbró otras formas de expresión. Una mezcla ilegible de discurso y balbuceo. De sermón y delirio. Y en relación con mi novela, puede trazarse un paralelismo correspondiente. A pesar de haber perdido su hogar, su trabajo y a su mujer, Conejo sale adelante al final del libro. Lo mismo que todos los que sobrevivimos a esos años. Lo mismo que la literatura al superar esa especie de adolescencia confusa.

Ya se han encendido las farolas de la autopista. Ahora los coches empiezan a deslumbrarnos con sus luces de cruce. El señor Updike se levanta del banco y permanece unos segundos de pie. Antes de que se meta en su Ford Mustang de color azul, de que se aleje en él hacia los Poconos, le hago una última pregunta. Quiero saber qué pasó con Skeeter. Si le detuvo la policía o si le atropelló un camión en su huida hacia el sur.

Nada de eso. Llegó a Georgia en ferrocarril. Se instaló en Savannah y se hizo predicador para salvar almas extraviadas como la suya.

http://retratosycaricaturasdemiguelcoll.blogspot.com

Esta entrada fue publicada en Sin categoría. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *