Ve y pon un centinela, Harper Lee

Estoy sentado junto a la señora Lee en el porche de su casa de Monroeville, Alabama. Hace calor, pero lo atempera una brisa suave que viene desde el golfo de México. Al principio, cuando le pedí esta cita, la escritora creyó que se trataba de hablar de su célebre novela Matar a un ruiseñor. Yo le dije que ya llegaría el momento, que antes quería conversar con ella sobre este libro.

Ve y pon un centinela (Go Set a Watchman - Spanish Edition) de [Lee, Harper]

Pienso que esta novela funciona por sí misma, no es tributaria de la otra. Aunque no decidí publicarla hasta el final de mi vida, es una historia independiente que habría gustado también a los lectores de unas décadas antes. En definitiva, quienes desconozcan Matar a un ruiseñor o no lo hayan leído todavía, pueden disfrutar de Ve y pon un centinela sin echar nada de menos.

Sí, porque incluso la referencia que se hace al caso judicial en el que intervino Atticus Finch, a la defensa de un hombre de color acusado de violación, proporciona un pasado a los personajes y eso aporta un suplemento de verosimilitud a la novela.

Hasta el punto de que ni siquiera hace falta desarrollar aquel argumento. Es decir, este libro sería como esos thrillers modernos donde no se cuenta algo, sino lo que sucede después de ese algo. No se narra un suceso, sino las consecuencias de él. En qué se convirtieron los protagonistas del mismo con el tiempo. Qué rastro dejó el acontecimiento en el lugar. Cómo se ven las cosas años más tarde y a través de la mirada de alguien que aún no tenía capacidad para entenderlo cuando ocurrió.

Quizá fuese eso lo que me animó a publicar el libro antes de morir. Es posible que entonces ya hubiese leído miles de títulos y hubiese aprendido lo suficiente sobre literatura como para saber que en ella hay aspectos mucho más relevantes que la trama. Al leer de nuevo Ve y pon un centinela, yo me di cuenta de que la novela no era ningún borrador. Supe que no necesitaba ningún argumento para prosperar como obra de ficción. Comprendí que le bastaba el aire de lo sucedido. En ese sentido, el juicio del presunto violador defendido por el abogado Finch en Matar a un ruiseñor es aquí una especie de vacío salvado por una gran elipsis. Y eso supone una ventaja, un beneficio literario, pues, libre de la carga de tener que inventar un nudo y desplegarlo en detalle, yo ya podía centrarme en lo importante. En todo lo relacionado con la segregación racial en el Sur. En cómo evolucionó ese asunto después de la Segunda Guerra Mundial, a lo largo de los años cincuenta. En cómo los cambios sociales de Estados Unidos generaron matices nuevos en la mentalidad de la gente.

Ahí es donde interviene Jean Louise, la hija de Atticus.

Para mí era esencial que el libro empezase con su llegada en tren desde Nueva York. Si en otras novelas quien desencadena la historia es un forastero, en la mía debía tratarse de un lugareño. Me interesaba alguien que, siendo de Maycomb, hubiese vivido bastante tiempo en otro sitio, en una gran ciudad. Alguien con formación, con ideas propias, pero también con un vínculo afectivo hacia el terruño. Alguien de la familia con memoria suficiente como para recordar episodios del pasado y a la vez con criterio a la hora de juzgar el presente. Una mujer joven e inteligente como Scout Finch.

Y supongo que esos rasgos la hacían idónea para encarnar una especie de fanatismo de signo contrario, ¿no es así?

Claro. He ahí el tema del libro. Yo quería aprovechar el personaje y sus convicciones con el fin de mostrar cómo éstas, por muy bien encaminadas que vayan, pueden llevar a la persona a un dogmatismo parecido al de quienes no piensan como ella. Quería que a Louise el regreso a casa le sirviese, por un lado, para desmitificar a su padre y, por otro, para entender que los conflictos son distintos en cada lugar. Que exigen soluciones diferentes. Que en cada sitio sus habitantes deben buscar un equilibrio que les permita convivir más allá de las discrepancias. Que en el ámbito de la Ley, dentro de sus confines, cabe una infinidad de opiniones dignas de ser escuchadas.

Ha anochecido en Monroeville. Ahora es cuando los mosquitos de las lagunas se despiertan y buscan organismos de sangre caliente como los nuestros. Antes de que nos piquen, la señora Lee y yo nos levantamos y abandonamos el porche. Ya en la portezuela del jardín, después de despedirme de ella, le pregunto si dejó otras novelas sin publicar.

No, pero me habría gustado escribir la biografía de Calpurnia.

http://retratosycaricaturasdemiguelcoll.blogspot.com

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