33. La plaza del Diamante, Mercè Rodoreda

Los hombres somos para una mujer, para las mujeres en general, un fenómeno estridente e incómodo, algo que entra en sus vidas y permanece ahí durante un periodo más o menos largo, después del cual ellas siguen viviendo por su cuenta, muchos años más y mucho más tranquilas. Y en esa segunda existencia sin los hombres, lejos del estruendo infantil de los hombres, tienen momentos de nostalgia en que recuerdan aquellos años revoltosos, esa época en que los hombres cacharreaban a su alrededor sin ton ni son. Entonces ellas, las mujeres, sonríen con cierta emoción, pero tampoco demasiada, pues enseguida lo olvidan y continúan con sus vidas serenas y provechosas pensando en el porvenir.

Esta historia transcurre en Barcelona. Su protagonista es Natàlia, Colometa, una chica de barrio que asume con una resignación soñadora todo lo que le ocurre. Es ella misma quien cuenta las cosas en ese tono, creando una retahíla melódica de acontecimientos que, más que vivir, contempla con perplejidad. No es que no tenga tiempo para experimentarlos, es que le llegan impuestos por los hombres, provocados por los hombres, decididos por ellos. Y si no los entiende no es precisamente porque sea una persona limitada, sino por todo lo contrario. Acepta lo que sucede sin oponer resistencia y lo relata de un modo antidramático gracias al cual el lector participa de su mismo estupor. Colometa narra de una forma trepidante, con una mezcla de ingenuidad y lucidez pasiva, las idas y venidas de Quimet. Narra sus afanes y empeños profesionales, su partida hacia el frente, las visitas esporádicas que hace desde allí, su muerte en algún lugar de la batalla.

Lector: Sé que esta novela le gustaba mucho a García Márquez. ¿Qué era lo que más apreciaba de ella?

Además de lo que he comentado, La plaza del Diamante es un libro sobre la Guerra Civil y la Posguerra, pero, a diferencia de otros que también tocan ese tema, acierta al hacerlo sin apenas mencionarlas, sin necesidad de entrar en ellas. Por la voz marginal y a la vez sugerente de la narradora, nos enteramos de lo que pasa sin que a Rodoreda le haga falta describir escenas ni perder el tiempo con detalles. Lo que importa no es lo que se libra a lo lejos, sino la manera en que impacta sobre Colometa, la forma estoica en que lo percibe y el mundo de imágenes poéticas que produce en ella todo ese fragor. En definitiva, ¿no hay en eso algo parecido al relato de las guerras no contadas de la familia Buendía en Cien años de soledad?

Por otro lado, es muy probable que a Gabo le atrajera especialmente el ritmo de la narración, ese rodillo de frases largas unidas por conjunciones que desembocan en palabras de una belleza conmovedora. Intuyo que él advirtió la singularidad de esa forma de escribir en un contexto literario donde no había nada comparable. Supongo que La plaza del Diamante fue una de las lecturas que le ayudaron a encontrar ese tono de naturalidad en el relato de lo mágico que buscó durante años y que acabaría siendo la mayor virtud de su estilo.

Cuando terminé la novela, volví a pensar en Quimet, el marido de Natàlia, en sus industrias caóticas con la moto, con los muebles y con las palomas. Me acordé de uno de mis vecinos del pueblo, un simpático cortador de leña que de vez en cuando se ofrecía para prestar distintos servicios. Una tarde de otoño entró en el jardín con una máquina para apartar la hojarasca. Llegó sin avisar, con un cacharro colgado en la espalda y un tubo aspirador con el que iba soplando lo que encontraba. Yo habría querido decirle que no se molestase, que me gustaba el color de las hojas muertas, pero, como apareció de repente, no hubo manera de pedirle que parara.

A menudo, los hombres somos para las mujeres como un fumigador pesado e inoportuno, alguien que llega a sus hogares con un ruido de mil demonios para hacer algo que no han solicitado y que no sirve de mucho. Y, como ellas a veces son fáciles de convencer, aceptan la presencia del fumigador, le observan en su labor estúpida. Le ven trastear arriba y abajo con su motor petardeante hasta que por fin se marcha, hasta que se aleja afortunadamente con su música a otra parte.

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