Alí y Nino, Kurban Said

He quedado con el escritor en el puerto de Bakú. Desde aquí zarpaban hace un siglo los vapores que iban al Turkestán y a Persia cruzando el mar Caspio. Nos hemos sentado en un banco que hay junto al muelle. Después de contemplar el agua durante unos minutos, le pido al señor Said que me hable de su novela.      

Quise escribir una historia de amor entre dos personas nacidas en el Cáucaso, pero que fuesen de origen y religión diferentes. En aquella época convivían en Azerbaiyán musulmanes, cristianos y judíos. Había azeríes como el joven Alí, georgianos como la joven Nino y armenios como Najararyán. Esos tres pueblos, enfrentados hoy en luchas territoriales, hicieron de esta ciudad una de las más animadas de la zona.

Pensé que una relación sentimental, la que imaginé entre Alí y Nino, podía ser la mejor manera de recordar aquel sitio y aquel tiempo. Si en otros casos, en otros libros, el marco histórico y geográfico está al servicio de la pasión amorosa, en el mío me propuse invertir el orden. Me di cuenta de que, a través del vínculo afectivo entre Alí y Nino, de sus huidas y tribulaciones, el lector conocería las vicisitudes que sufrió en los inicios del siglo XX esta pequeña región del mundo. Comprendí que sus alegrías y sus tristezas, sus temores y esperanzas explicarían los episodios de la ocupación rusa, la primera guerra mundial, la llegada de los turcos y la revolución soviética con mayor claridad que cualquier ensayo.

Al principio parece que todo se va a reducir a un conflicto entre confesiones, que el argumento va a girar alrededor de un amor imposible por motivos religiosos. Sin embargo, usted no toma ese camino.

Porque habría sido injusto con la verdad. Entonces eso no suponía ningún impedimento para casarse. Por lo menos, en Bakú. Además, como escritor, buscaba otra cosa. Me interesaba que fuesen otros factores los que complicasen la vida de la joven pareja. Que, una vez convertidos en marido y mujer, tuvieran que enfrentarse a raptos y traiciones de otros hombres, a guerras e invasiones de otros pueblos, a derrotas y retiradas de otros ejércitos. En ese sentido, el periodo escogido en la novela, entre 1914 y 1919, era ideal para crear un escenario donde fueran creíbles las mudanzas de los protagonistas.

Más allá de todos esos avatares, hay un tema que a usted parece preocuparle especialmente, una obsesión que comparte con su personaje principal. Me refiero a la pugna entre Oriente y Occidente.

Un dilema que también se refleja en el hogar y en las costumbres de Alí Kan y Nino Kipiani. En un primer momento, ambos intentan conservar la educación recibida y los hábitos heredados, se abren con reservas a lo ajeno. Desde el desierto, el universo del harén y de los velos, de los eunucos y las oraciones, tira de la georgiana con el fin de anularla como mujer. Ella, por su parte, trata de seducir a su marido no sólo con sus encantos, sino con la promesa de felicidad en una Europa cuyos valores, sin embargo, empiezan a entrar en decadencia.

Es entonces cuando interviene el amor. Cuando el libro regresa por fortuna al principio. Sí, porque ese sentimiento permite a cada amante apartarse a un lado y ver al otro, imaginarlo en otro lugar, en un entorno extraño a su espíritu. Le lleva a rechazar un destino que sería aciago para él. Nino sabe que Alí sería distinto lejos de Bakú; Alí es consciente de que Nino sería desgraciada en una casa donde no entrase la luz de la calle. De modo que ambos transigen y se encuentran a medio camino, en un punto equidistante entre las dos incomprensiones de las que partían. Y como al amor le conviene un contraste que quite algo de gravedad, yo decidí introducir el humor en la relación. Quise que los dos jóvenes bromearan entre sí, y que de esa forma se rieran al mismo tiempo de las tradiciones y de los usos ridículos en que a veces degeneran.

Atardece a orillas del Caspio. Me gustaría aprovechar la confianza que nos ha dado este diálogo para aclarar un asunto relacionado con la novela. Hoy, décadas después de su publicación, aún no se sabe con certeza quién la escribió. Antes de despedirme de Kurban Said, le pregunto si detrás de ese seudónimo estaba Vazir Chamanzaminli, o acaso Essad Bey. El señor Said sonríe y continúa mirando al mar.

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La vida sin dueño, Fernando de Szyszlo

Visito al pintor peruano en su atelier del barrio de la Magdalena, en Lima. Ha muerto hace sólo unas semanas, así que este espacio da la impresión de seguir habitado. Durante unos minutos, he estado contemplando sus últimos cuadros, los que aún descansan en los caballetes. Ahora me olvido un poco de su faceta de artista plástico y me dirijo a él para que me hable de esta autobiografía.

Es una obra reciente. La escribí el año pasado. Me alegro de haberlo hecho entonces y no a una edad más temprana. De ese modo, tuve la oportunidad de recordar las cosas con mayor perspectiva, desde una visión más serena. No sabría decir qué episodios habrían faltado o sobrado en otro caso, en qué habría consistido la diferencia, pero estoy seguro de que el libro habría sido mucho peor.

A pesar de que hay en ellas cierto desorden, repetición de datos o informaciones, sus memorias tienen un tono de sinceridad que el lector agradece.

Y créame que eso era lo más importante para mí. Lo considero esencial en una obra de este tipo. Por encima de la precisión en las fechas y en los lugares, en los nombres y en el desenlace de los recuerdos, debe prevalecer un halo de autenticidad. El lector debe advertir en todo momento el deseo, la necesidad del autor de no faltar a la verdad. Éste puede equivocarse en algunos juicios, conocer y revelar sólo una parte de lo que ocurrió, pero debe responder con honestidad al compromiso que asume cuando decide escribir sobre su vida.

En ese sentido, creo haber acertado. Claro que también ayudó el hecho de haberme puesto a la tarea a los noventa años y en plenitud de facultades.

Otra de las sensaciones que transmite el libro es su esfuerzo por controlar el ego. Usted mismo reconoce que fue una de las premisas que se propuso.

Lo intenté de varias maneras. En el fondo, fue un curioso ejercicio de distracción. Hablando de arte y de mis amigos, de algunas mujeres y de ciertos acontecimientos ocurridos en el Perú, procuré alejar el foco de mi persona. Llevarlo más allá de mí. Proyectarlo hacia esos asuntos. Es cierto que detrás de ellos seguía estando yo y, sin embargo, pienso que al final conseguí un mínimo de objetividad.

También en eso fue una ventaja ser mayor. Y es que en la vejez se da una extraña contradicción entre dos sentimientos. Por un lado, a uno ya no le importa ni le afecta la opinión de los demás, ni sus prejuicios, ni sus estupideces, ni sus servidumbres. Por otro, en cambio, uno es más sensible a las adversidades del prójimo, más caritativo con él, siente una compasión sincera hacia las limitaciones del ser humano. Aparte de eso, con el paso del tiempo se despierta una nueva curiosidad por las cosas, por los fenómenos, por el mundo. Es algo nuevo porque es un modo de mirar a nuestro alrededor en que nos excluimos afortunadamente.

Me gusta mucho su forma de cerrar la autobiografía. Me refiero a esa carta escrita por su mujer a una amiga en que ella le cuenta cómo es su relación de pareja, cómo es usted. ¿Tenía previsto transcribir ese texto desde el principio?

No lo recuerdo bien. Es posible que se me ocurriese más tarde, ya metido en la escritura. Sea como fuere, es una bonita manera de terminar. No sólo el libro, sino la propia vida. Dando voz a los otros. Cediéndoles la palabra. Ofreciéndoles la oportunidad de aportar su versión. Y en mi caso, esa otra persona sólo podía ser Lila. Para mí era algo obligado escucharla una vez más. Callarme y dejar que fuese mi compañera de los últimos treinta años quien contase a los lectores lo que necesitaba decir sobre el asunto. Sin cortapisas. Sin réplicas por mi parte.

Así que le hice hablar a través de esa carta, y luego narré cómo ese mismo día subimos al coche y nos alejamos a toda velocidad hacia el mar.

Atardece en Lima. Ahora, recordando la forma en que murieron el señor y la señora de Szyszlo, le pregunto a él si se cayeron por las escaleras, o si decidieron tirarse juntos.

Entonces Fernando sonríe y guarda silencio para siempre.

http://retratosycaricaturasdemiguelcoll.blogspot.com

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Homo poeticus, Danilo Kis

Estoy con el escritor yugoeslavo en la biblioteca municipal de Subótica, al norte de Serbia. Es una mañana fría de primavera. Nos hemos sentado en una de las mesas del fondo para no molestar a los demás con nuestra conversación.

Me alegro de que la editorial haya reunido en este volumen todos mis textos sobre literatura. Los ensayos y las entrevistas. Las reseñas y los artículos. En este tipo de publicaciones es más certero el criterio de otros, de alguien distinto del autor. Me satisface que, conforme a esa premisa, se hayan incluido escritos donde rindo un homenaje indirecto a intelectuales y artistas muy queridos para mí.

Me gustaría empezar por las entrevistas. Creo que tienen un carácter testimonial interesante. No sólo resultan más amenas al lector, sino que, en ellas, usted queda reflejado de una manera mucho más viva.

Sí, yo también celebro las posibilidades que ofrecen estos diálogos en general. La dinámica pregunta-respuesta da a quien contesta la oportunidad de decir cosas que no diría de otra forma. Cuando las cuestiones están bien planteadas, se abre para el entrevistado un espacio dialéctico muy rico. Una gran ocasión. Un momento idóneo para comunicar ideas de un modo más eficaz y más bello que a través de otros registros. Espero haber sabido aprovecharlo.

En cuanto al elemento declarativo, pienso que lo importante no es tanto la veracidad de lo expresado, lo acertado de las opiniones emitidas, cuanto el potencial literario que tiene este género. En definitiva, lo esencial es que mis respuestas mantengan su vigencia, su valor poético, gracias al lenguaje, aunque hayan perdido actualidad por el paso del tiempo.

En todo caso, muchas de sus reflexiones siguen siendo válidas además de brillantes. Me refiero sobre todo a las relacionadas con la diferencia entre realidad y ficción, con el estilo o con el compromiso del escritor.

Estoy de acuerdo. Creo que hoy las suscribiría con la misma convicción que entonces. Y más allá de eso, de su resistencia a la vejez, sería bueno que dejasen una impresión agradable en los lectores. Cuando yo vuelvo sobre estos textos, me doy cuenta de que hay un gran entusiasmo, una gran pasión por la literatura detrás de ellos. Me gustaría que fuera ese ánimo el que prevaleciese en los demás.

En los ensayos, aunque adopten un formato distinto, también se nota su necesidad de expresarse.

A menudo, las críticas de libros o de cuadros, de autores o de pintores, son un pretexto para escribir de una determinada manera. Para probar formas nuevas. Arranco de una serie de comentarios sobre arte con el fin de llegar a otro sitio. Lo que quiero es que la indagación de la obra ajena me permita extraer conclusiones estéticas. Y no sólo eso. En la formulación de esas ideas que ya son propias, que ya se han independizado de sus puntos de partida, quiero encontrar un discurso narrativo que me sirva en el futuro a la hora de contar historias. Una voz que no haya empleado antes.

Usted ha mencionado más arriba los términos entusiasmo y pasión. No hay duda de que se advierten en este libro y, sin embargo, en algunos fragmentos se impone más bien un tono de lamento, de queja por cierta incomprensión de la que cree ser objeto.

Es algo inevitable. Algo inherente a la actitud del escritor. El escritor tiende a la protesta. Está en su naturaleza. El artista es una especie de zapador que abre brecha, que cava túneles en solitario. Durante esa labor, hay veces en que vuelve la vista atrás. Entonces comprueba que no le sigue nadie, o sólo unos pocos. O que quien le sigue lo hace con inercia, como un ejército indolente, sin comprender la dimensión heroica de lo que está ocurriendo allí delante.

He ahí el motivo de su malestar. Porque en el fondo, así lo cree por lo menos el autor, esa tarea subterránea equivale a la exploración del alma humana, y los hallazgos, cuando se producen, son destellos de luz que nos iluminan a todos.

Ha empezado a llover en Subótica. A través de las ventanas de la biblioteca, veo los prados que se extienden hacia el Danubio. Antes de despedirme del señor Kis, le cuento lo que pasó en los Balcanes en los años noventa, y él me responde que se alegra de haber muerto a tiempo.

 

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