El cansancio de Occidente, Eugenio Trías y Rafael Argullol

Me he reunido con el señor Trías en un café de la calle Muntaner. No he citado al señor Argullol porque aún está vivo y yo sólo entrevisto a autores muertos. Después de dejar que el primero se distraiga unos minutos mirando por el cristal, me dirijo a él y le pido que me hable de este ensayo en forma de diálogo.

Es un género difícil. No sólo a la hora de darle estructura de libro, sino mucho antes de eso, cuando todavía es conversación. Cuesta lograr que ésta lo sea realmente, es decir, que haya un verdadero intercambio de ideas entre los dos interlocutores y un hilo coherente que permita a los lectores seguirlo y disfrutarlo.

Sí, a lo largo de las páginas se aprecia su esfuerzo por evitar dos monólogos. Hay una voluntad de sumar fuerzas, de colaborar.

Sin embargo, no lo conseguimos siempre. A menudo se nota la necesidad que tiene cada uno de exponer su propia visión, las propias conclusiones. Y no es una cuestión de orgullo ni de prurito profesional. Desde el momento en que un filósofo se pone a pensar, se deja llevar por el discurso interior, se sumerge en él. Entonces, por mucho que se proponga escuchar al otro, acaba seducido por su propia voz, se somete a ella como un niño obediente.

No, a mí no me preocupaba ser más brillante que mi colega. A esas alturas, en la época en que se planteó este proyecto, ya habíamos demostrado de lo que éramos capaces en solitario. Los dos teníamos una obra hecha, una serie de libros publicados, y lo que nos interesaba de verdad era comprobar hasta qué punto podíamos enriquecernos a nosotros mismos y a los demás cantando a dúo. Ahí estaba el desafío.

Creo que eso está logrado. Poco a poco el lector deja de distinguir quién habla y lee el ensayo como un texto continuo.

Me alegra saberlo. Al fin y al cabo, lo importante es el contenido. Claro que el formato no es irrelevante. Me refiero a que gracias al tono conversacional, uno llega a lugares que no conocía, ve cosas en las que de otra manera, en un contexto diferente, no se habría fijado. En mi diálogo con Argullol, yo formulé cuestiones nuevas, observaciones que, aun siendo mías, nacían de las suyas, cobraban forma a partir de algo que había dicho él. He ahí lo paradójico del asunto. Por una parte, hay una interrelación entre las reflexiones de uno y de otro y, por otra, la necesidad que tienen las propias de emanciparse y generar las siguientes.

En todo caso, hay un exceso de abstracción. Su prosa es ágil, pero en el libro se echa de menos el contrapunto con experiencias personales, con ejemplos de la vida real o con un mínimo hilo argumental que ilustre todo lo que ustedes exponen.

Supongo que hoy habríamos abordado esos temas de otra forma. Habríamos recurrido a diversos registros, a una mezcla de géneros literarios. Ahora cualquier pensador o científico es consciente de que nada se entiende hasta el final si no va asociado al destino de un personaje, sea el propio autor o alguien imaginario. Ahora, incluso el más profundo de los filósofos estaría dispuesto a renunciar a una parte de su discurso, a cierto rigor en su exposición, con tal de conseguir cierto ritmo narrativo.

Quizá estribe en ese punto el gran reto de las disciplinas humanísticas. En propiciar una especie de comunión con lo artístico, con lo performativo, sin caer en la frivolidad. Porque sólo aquello que vemos encarnado en lo cotidiano, en lo vivo, permanece en nosotros como una enseñanza. Cualquier verdad teórica requiere para siempre de un organismo caliente, de un cuerpo en movimiento que sufra y que cante, que sienta dolor y placer. En definitiva, se trata de que incluso las ideas más densas puedan contarse como una historia.

Está anocheciendo en Barcelona. El señor Trías parece cansado y con ganas de marcharse. Antes de levantarse de la mesa y salir a la calle, se dirige a mí una última vez. Me pide que salude a su colega. Que le diga que vale la pena estar muerto aunque sólo sea para que le entreviste yo.

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Lady Susan, Jane Austen

Me he desplazado hasta Langford, en el condado de Bedfordshire, para visitar a la autora inglesa. Es una tarde soleada de octubre. Tengo curiosidad por escuchar lo que me cuenta acerca de esta novela epistolar que escribió con apenas dieciocho años.

Era tan joven entonces. Aún no habíamos cambiado de siglo. Tenía tanta necesidad de expresarme. Quizá por eso empecé con una historia corta, con esta especie de entretenimiento. Disfruté inventándome a la protagonista a partir de mujeres que había conocido, verbalizando todo ese entramado de pequeñas hipocresías que había observado entre quienes me rodeaban. Pensé que era mucho más saludable ser Lady Susan en la literatura que en la vida real.

Usted reproduce con acierto las mentalidades y temperamentos de los personajes. Parece que no le costó mucho ponerse en el papel de cada uno.

Y, al hacerlo, me di cuenta de que para ello no es necesario cambiar de lenguaje. A menudo, en este tipo de libros narrados en primera persona, desde diversos puntos de vista, el lector espera encontrar diferencias en la forma. De algún modo, quiere distinguir entre las voces. Luego, ya no. Luego, si el argumento funciona y él avanza en la lectura, se deja llevar por el relato y ya no echa nada de menos. Hay un momento en que ya reconoce a los personajes por su carácter y por sus afanes, y eso le basta para individualizarlos.

He ahí una de las cosas que aprendí gracias a esta novela. Comprendí que el escritor no es ningún ventrílocuo, ningún showman de feria. El autor no es un imitador de acentos, sino una versión narrativa, emocional del abogado. Es alguien capaz de defender los intereses sentimentales de cualquier individuo, por muy odioso que sea. Como dijo mucho después de mí Albert Camus, el buen novelista debe lograr que todas sus criaturas literarias tengan razón a ojos del lector.

Usted cuenta la historia por medio de cartas, pero en ocasiones el libro pide un segundo registro. Me refiero a las escenas de diálogo reproducidas por algunos personajes.

Sí, ahora habría resuelto esa cuestión de otra manera. Habría creado un plano puramente narrativo, una parte contada en tercera persona. De ese modo, habría escapado también a la monotonía que genera a la larga el formato epistolar.

A menudo ocurre que el escritor, sobre todo si es joven, se plantea desafíos formales que nadie necesita. Quiere demostrar destrezas que nadie le reclama. En la arrogancia propia de esa edad, yo me propuse narrar todo sin salirme de ese esquema de correspondencia escrita entre personajes. No lo había inventado yo y, sin embargo, estaba convencida de poder llevar ese subgénero a cotas nuevas. Entonces, pasado el tiempo, una comprende que no se trata de eso. Que el virtuosismo va con frecuencia en detrimento de la calidad. Que en literatura, en los confines del relato, la vida empieza a latir en el momento menos esperado. En los episodios más torpes. Surge de un instante de imperfección no previsto por el autor.

En todo caso, la interpelación directa al destinatario de cada carta es una ventaja para el novelista a la hora de expresarse, permite una comunicación más fluida.

Estoy de acuerdo. Creo que la persona que está al otro lado es un estímulo muy grande para quien escribe. Incluso al principio del libro, cuando las figuras aún no están perfiladas, el hecho de dirigirse a otro, a un receptor con nombre y apellido, supone un acicate para contar. En la soledad de mi habitación, yo me imaginaba a la señora Vernon, o al señor De Courcy, o a sir Reginald. Los veía callados, escuchándome, esperando mis cartas, aguardando mi versión para poder dar la suya, y eso bastaba para que la historia brotase.

Anochece en Langford. En el jardín de la señora Austen, el viento frío de otoño sopla ahora con mayor intensidad. Antes de levantarme y despedirme de ella, quiero preguntarle algo más. Quiero saber cómo fueron los últimos años de lady Susan.

Alguien podría pensar que envejeció sola y abandonada por todos, pero no fue así. Fiel a su naturaleza, se adaptó al espíritu de cada época. A fuerza de fingir bondad y generosidad cuando el entorno se lo exigía, acabó desarrollando esas virtudes. Las cultivó como si las hubiera tenido siempre.

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Una habitación propia, Virginia Woolf

Me he citado con la escritora inglesa en Lewes, en el condado de Sussex, a orillas del río Ouse. Éste es el lugar donde se suicidó. Nos hemos sentado en un banco bajo los árboles y durante un rato hemos contemplado el agua en silencio. Ahora me vuelvo hacia ella y le pido que me hable de este ensayo tan delicioso.

Fue la transcripción de unas conferencias impartidas en 1928 en la Sociedad Literaria de Newham. Yo no tenía intención de convertirlas en un libro, pero mi marido era editor y me dijo que la publicación era otra forma de sacar provecho de aquellas sesiones. A mí me pareció bien, pues recordaba haber dicho cosas interesantes y me daba pena que sólo permanecieran en  la memoria de las personas que me habían escuchado entonces.

Visto el asunto con la perspectiva de los años, pienso que el libro se lee con facilidad y que muchas de las ideas expuestas en él siguen siendo válidas a pesar del paso del tiempo. Además, creo que el título es bonito y que recoge con acierto el tema de fondo.

Usted traza un recorrido por la literatura británica de los últimos siglos, pero supongo que no pretendía ser demasiado exhaustiva.

No. Yo no era profesora ni académica. Lo que buscaba era explicarme a mí misma una serie de hechos. Un conjunto de realidades relacionadas con las autoras de mi país. Quería saber por qué habían sido tan pocas, cómo había sido su educación y sobre qué habían escrito. Quería demostrar con ejemplos cómo el mundo de los sentimientos femeninos apenas había sido tratado en las novelas. Quería probar cómo los hombres habían fracasado al intentarlo y en qué medida las mujeres se habían equivocado al escoger en sus obras argumentos propios de aquéllos.

Hay cierta contradicción en algunas de sus tesis. Y es que, ¿no consiste la narrativa de ficción en un gran ejercicio de empatía, de colocarse en la piel de otros a través de los personajes? Si admitimos eso, los novelistas que usted menciona no deberían haber tenido problemas a la hora de reflejar el universo femenino.

La mayoría no sentía la necesidad de meterse en un cuerpo ajeno. No se concebía la literatura en esos términos. En las épocas anteriores a la mía, se escribían sobre todo poemas y obras de teatro. La novela, que habría sido el formato idóneo para abordar esas cuestiones, para practicar el ejercicio de disfrazarse del prójimo, era todavía un género reciente. En cierto modo, los autores aún no habían dicho lo suficiente sobre la guerra, la política, la honra, el honor o las traiciones familiares como para empezar a preocuparse de otras cosas.

 Pero…

En todo caso, en este libro yo no me propuse analizar lo que habían hecho ellos. A mí me interesaban las escritoras. Quise remontarme a otros siglos y, teniendo en cuenta las circunstancias históricas y sociales de cada uno, comprobar qué obstáculos se habían encontrado aquéllas a la hora de desarrollar su vocación. Hice un repaso superficial de los conatos frustrados. De los arranques interrumpidos. De todas las voces que habían callado prematuramente. Seguí la pista hacia adelante, hacia el futuro, hasta dar con un primer esqueleto entero. Con la primera escritora libre. Con un primer testimonio escrito que respondiera a la psicología y a la estética femeninas, capaz de emocionar a una mujer.

Me gusta el lenguaje y el tono que utiliza. No hay acritud en ningún momento. Hay humor y, sobre todo, el deseo de ser poética incluso a través de un ensayo.

Y también quise ser positiva. Me parecía importante que tanto la conferencia como su versión escrita terminasen con un mensaje de ánimo. De optimismo hacia lo que llegaría a partir de entonces. Estaba ansiosa por decir a mis compañeras de oficio que perseveraran en su empeño, que no renunciasen a su maravilloso afán.

Ahora oscurece en Lewes. Mientras yo me distraigo mirando la copa de los árboles, la señora Woolf se levanta y se dirige al río. Al cabo de unos segundos, me doy cuenta de lo que va a hacer. Trato de impedir que vuelva a meterse en el agua, que se ahogue como aquel día de 1941, pero sé que no podré evitarlo.

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