Entre visillos, Carmen Martín Gaite

Estoy paseando con la escritora por el casco antiguo de Salamanca. Nos hemos citado para hablar de una obra de cuya publicación se cumplirán pronto sesenta años. Aunque en la novela no se nombra la ciudad, la historia transcurre en ella.

Supongo que era un arranque literario previsible en alguien que había crecido en una capital de provincia. Yo apenas conocía otro mundo. Entonces, cuando escribí el libro, ya vivía en Madrid y, sin embargo, en ese regreso al pasado que emprende al principio todo autor, yo me topé necesariamente con Salamanca. Era el lugar donde había nacido y donde había estudiado. Era el sitio donde había empezado a disfrutar de la amistad, a intuir la existencia del amor. Era un escenario obligado para situar a mis personajes. Para hacerles hablar, llorar, reír y soñar. Para darles vida y observar su comportamiento.

Y en esos primeros pasos narrativos también era natural una porción de crítica hacia la propia tierra, ¿no es así?

Claro. Pero esa atmósfera asfixiante, ese ambiente pequeñoburgués no eran exclusivos de mi ciudad. De manera que la sensación que experimenta Pablo Klein, el protagonista, después de unos meses viviendo en ella, es la que habría tenido en cualquier otra población del mismo tamaño. Era algo propio de la época. Era un rasgo más del régimen, una consecuencia más del tipo de país que había surgido de la guerra. En el fondo, todas esas figuras recogidas en la novela no habrían podido ser de otra forma, no les habrían permitido ser diferentes.

Igual que sucede en otros libros, usted recurre a un forastero, a alguien con una relación muy vaga con el lugar, para describirlo tal como él lo ve.

Me interesaba una persona que volviese allí al cabo de mucho tiempo. Que tuviese un motivo para hacerlo. Que fuese extranjero en parte. Que fuese capaz de comparar el sitio con otros muy distintos por haberlos conocido bien.

Pero no me bastaba con un único plano. Quería otro punto de vista. El de un narrador omnisciente. De ese modo, el lector dispondría de varias perspectivas a lo largo del relato. Podría incluso pasar por una misma escena dos veces. Sabría cómo son las cosas contempladas de manera neutral, o a través de la mirada de alguien con criterio y sin prejuicios como Klein.

Los diálogos son ágiles y verosímiles. La ambientación es viva. Me gustan los personajes femeninos: Elvira, Rosa, Julia, Mercedes, Natalia. Creo que están mejor perfilados que los hombres.

Sí, la paleta de sentimientos es más compleja, mucho más rica en su caso. La vida de provincia genera en ellas una gama muy amplia de ansiedades. La estrechez de su mundo, la limitación de posibilidades de futuro, la dificultad para conducir su propio destino, afecta a su estado de ánimo, les hace albergar muchas emociones a la vez, algunas contradictorias entre sí. Tanto las que quieren marcharse como las que desean una existencia tranquila junto a la familia atraviesan en esos momentos una etapa agitada. Temen y anhelan al mismo tiempo. Se exponen y ocultan al mismo tiempo. Fingen y se sinceran al mismo tiempo. A su lado, comparados con ese alboroto sentimental, los hombres parecen niños disputándose un objeto sin importancia.

Y en ese contexto, Pablo Klein funciona también como paño de lágrimas a su disposición, al servicio de todas.

Porque es distinto y porque esas mujeres saben que él no va a quedarse. Y no se queda precisamente por eso, porque la autora lo emplea como una especie de cámara, lo necesita sólo mientras filma. Por medio de ese objetivo, traza un travelling a lo largo del lugar. Lo recorre en horizontal, de la estación a la iglesia, del cine al casino, del Gran Hotel a cada uno de los hogares particulares, y de ese modo nos muestra un universo minúsculo de inquietudes.

Hemos terminado nuestro paseo por Salamanca. La señora Martín Gaite me ha acompañado hasta el andén. Ya en el vagón, me asomo a la ventanilla justo cuando el tren empieza a andar y le pregunto si Julia se casó con Miguel, si Mercedes se enamoró de Federico, si Natalia pudo estudiar, si….

Entonces Carmen sonríe y me desea un buen viaje a través de los libros.

http://retratosycaricaturasdemiguelcoll.blogspot.com

Publicado en Sin categoría | Deja un comentario

Diario de un enfermo, Azorín

Estoy con el escritor alicantino en uno de los últimos bancos de la Iglesia del Carmen, cerca de la Plaza del Sol de Madrid. Aunque parezca extraño, me ha citado aquí para que hablemos de este libro. Yo supongo que lo ha hecho a propósito, de manera que el nuestro sea un diálogo breve y en voz baja. En ese tono, le pregunto por qué escogió el formato de diario para su primera novela.

Quería algo diferente. Ya habíamos dejado atrás el Realismo y el Naturalismo, había que buscar nuevas formas de novelar. Me interesaba un registro corto en el que pudiese encerrar una historia entera sin necesidad de contarla. El diario, con sus fechas y sus saltos en el tiempo, me permitía encadenar naturalmente una serie de elipsis sin tener que dar explicaciones, sin romper el ritmo narrativo. Sí, me bastaba callar durante semanas o meses, pasar de diciembre a marzo o de julio a octubre, para ahorrarme escenas intermedias en las que no deseaba entrar.

Sospecho que usted también buscaba un subjetivismo extremo, es decir, que la relación entre el protagonista y la mujer se sugiriera en todo momento a través de los ojos de aquél.

Hasta el punto de que el lector puede llegar a pensar que ella no existe. Que esa figura femenina, esbelta y pálida, es fruto de la imaginación del narrador. Que éste no la ha visto por la calle, ni detrás de unos visillos, ni a la salida de misa una mañana de lluvia. Que el hombre, en su soledad de escritor, se ha inventado al personaje y ha unido ambos destinos por medio de un vínculo literario.

No en vano, las reflexiones del principio y del final del libro son muy parecidas. Hay una depresión similar. Hay un desánimo de raíces comunes. Hay un regreso al origen. Yo quería que al lector le entrase la duda. Que, al terminar la novela, se preguntara si la enfermedad a la que alude el título no es en el fondo ese delirio por el que el autor del diario cree conocer a una mujer, enamorarse de ella, desposarla y perderla finalmente.

Aunque las frases son cortas, el lenguaje es un poco anticuado, sobre todo en las descripciones de lugares. ¿No le parece que hay demasiada obsesión por la exactitud en los adjetivos?

Es posible. Me gustaba emplear los términos precisos. Me gustaba distinguir los paisajes a través de la escritura. Hacerlos únicos para mí y para quienes leyesen mis libros. Más tarde me di cuenta de que eso no es relevante. Que el lector no retiene los rasgos de un sitio cuando son acertados, sino cuando están expresados de una forma bella. Cuando el autor ha recurrido a expresiones capaces de conmoverle. En esos casos, el lector ni siquiera diferencia entre espacios. No llega a ver el lugar descrito, sino que permanece afortunadamente atrapado en la emoción que genera en él su construcción literaria.

Usted crea un personaje patético. Alguien que se regodea en su propio dolor. Alguien que parece provocar adrede las situaciones en las que su alma pueda sufrir un poco. ¿Fue algo premeditado?

Quizá me dejé influir por el espíritu de la época. Por el Zeitgeist de entonces. A finales del siglo XIX y principios del XX se llevaban en la literatura española esos seres dolientes. Los autores éramos sensibles a la decadencia del país. Al destino colectivo. Estábamos dispuestos a compartir el mal momento y a recogerlo en nuestros libros convirtiendo ese ánimo en un tono narrativo peculiar.

Pero yo también quise reírme de mi propia criatura. Exagerar el dramatismo de la pérdida. Pienso que, en el mismo instante en que creé al personaje, ya fui consciente de su faceta cómica. Y más allá de ambos registros, el trágico y el irónico, está la crítica a esa clase de individuos que necesitan el drama en su vida para prosperar intelectualmente.

La parroquia del Carmen ha ido llenándose de feligreses. En unos minutos empezará la misa de doce. El señor Martínez Ruiz me hace una seña invitándome a salir de la iglesia. Ya en la calle, antes de despedirse, se dirige a mí una última vez.

Me gustaría que saludara a Baroja de mi parte. Dígale que le admiro mucho como escritor y que le echo de menos todos los días.

Azorín.png

Publicado en Sin categoría | Deja un comentario

La condesa sangrienta, Alejandra Pizarnik

He viajado hasta el castillo de Csejthe en Hungría para hablar sobre este libro con la autora argentina. Mientras le escucho, hojeo las páginas de un ejemplar del relato, ilustrado por Santiago Caruso. Son láminas de colores que representan las prácticas sanguinarias de la condesa Báthory, los tormentos a los que sometía a sus víctimas.

Disfruté escribiendo la historia. Intuí enseguida su potencial lírico, las expresiones poéticas que yo podría lograr a partir de tanto horror. Porque ése era mi desafío, conseguir un poema en prosa que fuese autosuficiente, que hiciera superflua cualquier novela sobre el mismo asunto. En definitiva, me propuse hallar la belleza de lo terrible y quedarme con su música, componer una canción con ella.

Se aprecia una influencia muy grande de Borges. El tono recuerda al de muchos de sus relatos. ¿Fue usted consciente de ello desde el principio?

Supongo que sí. ¿Acaso había algún autor joven en la Argentina de entonces que escapara a esa sombra literaria tan alargada? Sin embargo, a veces resulta mucho más ridículo, más forzado, huir de ciertas frases o palabras, de una sintaxis concreta, con tal de no parecerse a otros. Creo que es más acertado esperar. Seguir leyendo y escribiendo hasta que se desvanezca el hechizo, el encantamiento, ese fenómeno invasivo tan difícil de vencer. Confiar en que, más allá de éste, nazca un estilo propio con raíces hundidas en la tradición.

Ya en la referencia inicial a Valentine Penrose, a los documentos que ese presunto poeta recopila sobre el personaje de la condesa, hay un juego literario borgiano.

Claro. Pero, ¿por qué renunciar a algo que funciona? Al fin y al cabo, la remisión a alguien distinto del narrador, al testimonio de otro, es un recurso muy útil en literatura. Aporta un suplemento de verosimilitud. De esa manera, quien nos cuenta la historia se libera de cierta presión, carga sobre un tercero la responsabilidad del relato, la obligación de convencer con él. Desde el momento en que yo mencionaba a Penrose, ya no tenía que preocuparme del argumento, podía concentrarme en el lenguaje. Y si al final el lector no creía en la existencia de Erzébet Báthory, la culpa no sería mía, sino de aquel que me había hablado de ella. En todo caso, eso sólo era importante en las primeras páginas. Después, una vez seducido por la estética del libro, inmerso en su sonido, el lector ya no dudaría de nada más.

Al situarse en el siglo XVI y en un país tan alejado del suyo, usted buscaba la distancia de modo deliberado, ¿no es así?

De lo contrario, no se habría producido el impacto poético. Si hubiese ambientado la historia en mi entorno cotidiano, en mi tierra, lo truculento se habría impuesto a lo lírico. Yo necesitaba a la vez lo fantástico y lo remoto. Además, la brutalidad exagerada de la protagonista, sus orgías de sangre, pretenden empujar todo eso al terreno de lo imposible, eliminar cualquier atisbo de realidad, de forma que lo único que quede sea el eco musical, la poesía en estado puro.

Creo que eso lo ha conseguido. Sin embargo, a ratos el lector tiene la sensación de estar ante juegos de palabras, ante una verborrea brillante pero vacía.

Puede que haya una parte de experimento. Quizá yo intentaba poner a prueba mi capacidad de emocionar. De hacerlo muy lejos de mi territorio. De mis referentes habituales. Es posible que el precio a pagar por ello fuese la pérdida de sentimiento. La imposibilidad de generarlo a partir de un mundo tan distinto del mío. Leído con la perspectiva del tiempo, es cierto que el libro tiene mayor valor como ejercicio que como obra personal. A lo mejor es justo concluir que la literatura sólo emociona cuando es muy cercana, cuando arranca de un dolor real, cuando, a pesar de ser un artificio, ha brotado antes de nuestro corazón.

Oscurece en la llanura húngara. Este castillo no es un buen lugar para pasar la noche, así que tanto la señora Pizarnik como yo nos disponemos a salir. Ya en el exterior, la autora se vuelve hacia mí y me dice:

Si no me hubiese suicidado tan joven, habría escrito los diarios de Darvulia, la mentora de la condesa Báthory.

http://retratosycaricaturasdemiguelcoll.blogspot.com

Publicado en Sin categoría | Deja un comentario