El extranjero, Albert Camus

Me he desplazado hasta la curva de la carretera donde se estrelló el escritor francés el 4 de enero de 1960. He querido hacerlo en invierno para imaginar mejor cómo fue aquel día. Ahora estamos los dos sentados en la cuneta. Yo aprovecho las pausas entre los coches para preguntarle por el libro con el que se dio a conocer.

Quise crear una nueva clase de personaje. Un ser distinto. Alguien que no hubiese existido antes en la literatura. Alguien tan genuino y sincero, tan despojado de hipocresías, que acabase molestando a los demás. Meursault encarna al hombre en estado puro, pertenece a una era anterior a la de los individuos que le rodean. Su manera de comportarse no está contaminada por las emociones, por la degeneración que sufren éstas en un entorno social, y eso le hace diferente y peligroso al mismo tiempo. 

Usted le retrata en un momento de la novela. En ese pasaje, el protagonista define su naturaleza como la de alguien en quien las necesidades físicas se imponen o prevalecen sobre los sentimientos.

Sí­, y ahora creo que ese comentario sobra. Al lector no le hace falta esa especie de declaración. Por un lado, no encaja con el temperamento de Meursault el hecho de describirse a sí­ mismo. Por otro, a través de sus acciones y breves pensamientos ya sabemos cómo es él.

No recuerdo por qué no suprimí­ esa frase. Quizá me hacía falta afianzar de algún modo el carácter de mi personaje. Es posible que me viniese bien anotarla como pauta para terminar de perfilarlo. A veces ocurre que al propio autor se le va escapando la imagen de sus criaturas, va perdiendo de vista los rasgos personales que necesita más tarde para construir el argumento y escribir el desenlace. En todo caso, yo debería haber corregido ese fragmento una vez acabado el libro.

Su novela es un ejemplo de contención. No hay explicaciones superfluas ni descripciones prolijas. No obstante, a ratos esa narración tan escueta llega a hacerse algo monótona.

Puede ser. Yo me propuse seguir a Meursault en sus movimientos cotidianos. Que el texto se limitase a una serie de pequeñas acciones. No sólo para conseguir un relato claro y sencillo, sino para transmitir al lector lo más directamente posible lo que experimenta en cada momento el personaje. Quería que quien leyese mi libro participase de lo que nota aquél al andar por la arena, al beber vino, al tomar el sol, al abrazar a Marie, al acariciar sus pechos en el agua. Porque, en definitiva, eso es lo único importante para el protagonista. Su bienestar estriba en todos esos breves instantes, en ese conjunto de sensaciones corrientes. Y, tal como comentábamos antes, esas sensaciones se producen en él de manera tan intensa que no dejan espacio a los sentimientos.

Usted emplea también a Meursault como catalizador de las ansiedades, frustraciones, obsesiones y convicciones de los demás. A través de la narración en primera persona, el lector conoce las miserias de todos ellos.

Me interesaba contar de esa forma hasta qué punto el juez, el fiscal, el sacerdote, el director del asilo, practican un proselitismo inopinado con el protagonista. En qué medida le abruman con su puñado de creencias, confesiones y prejuicios. Con qué insolencia se apartan de lo objetivo, del asunto en cuestión, para intentar llevar a Meursault a sus huertos particulares. Con qué descaro y agresividad tratan de salvarlo. Cómo convierten en un escándalo el hecho de que no comulgue con sus ideas. Quizá por eso, lo que condena a muerte al personaje no es su crimen, sino su indolencia, su inmunidad frente a toda esa constelación de emociones venenosas vertidas sobre él.

Atardece en Villeblevin. Ahora el señor Camus mira una y otra vez hacia el punto donde sufrió el accidente. Continúa perplejo muchos años después. Yo me levanto de la cuneta y, antes de decirle adiós, le pregunto cómo era en realidad la relación entre Meursault y su madre.

Se querí­an sin necesidad de alardear de ello. Cuando vivían juntos en Argel, se sentaban en el balcón y observaban a los peatones. Se quedaban mucho tiempo en silencio, ensordecidos por el ruido provocado por tantos estados de ánimo diferentes estrellándose entre sí.

http://retratosycaricaturasdemiguelcoll.blogspot.com

 

Publicado en Sin categoría | Deja un comentario

La guerra del fútbol, Ryszard Kapuscinski

Estoy con el periodista polaco en el bar del aeropuerto de San Salvador. Es una mañana nublada de octubre. A través de las cristaleras se ve la pista de aterrizaje y, más allá, las colinas selváticas donde termina. Ryszard tiende a distraerse mirando una y otra vez hacia allí­. Yo aprovecho las pausas de su contemplación para preguntarle por el libro.

Hay cierta dispersión en él. Habrí­a podido incluir los reportajes sobre África en Ébano y dejar los de Latinoamérica para un volumen monográfico posterior. Ahora, diez años después de mi muerte, tampoco encuentro mucho sentido a los fragmentos en cursiva, a esos breves capítulos donde reflexiono acerca de futuros proyectos. En resumen, creo que, si hubiese dispuesto de más tiempo, habría revisado esta obra a fondo.

No obstante, usted mantiene el interés del lector por casi todo lo que cuenta. Al margen de aquellos textos donde se analiza la situación legal o polí­tica de un país con un exceso de detalles, el libro consigue entretener.

Quizá porque, a pesar de los cambios que ha habido en el mundo, muchas de las situaciones que describo continúan produciéndose. Ahora existe Internet y formas de comunicación muy sofisticadas y, sin embargo, algunos reporteros vuelven a experimentar a veces momentos de peligro y aislamiento como los que viví­ yo hace medio siglo. Ahí­ las escenas se repiten y las sensaciones se reducen a un esquema elemental. Ahí­ vemos de nuevo a un hombre que, sea por vocación o por necesidad, se adentra demasiado en un espacio de calor y riesgo, de violencia e incomodidades, y que se arrepiente cuando ya es tarde para rectificar. Luego sale más o menos ileso para poder escribirlo, para poder contarlo, y es esa angustia que nota el lector en un entorno seguro lo que le permite disfrutar de la lectura.

Supongo que, para lograr ese efecto, usted tuvo que retocar los hechos reales, arreglarlos para convertirlos en historias.

Claro. Pero no siempre en el sentido de exagerarlos, de dramatizarlos. A menudo ocurría lo contrario. Sucedía que lo que habí­a pasado en la realidad era tan rocambolesco, tan retorcido, que no me serví­a como argumento del relato. Había que simplificarlo. Habí­a que aportar un mí­nimo de claridad en el contexto de un suceso difícil de entender, de un conflicto con numerosos matices y derivaciones. Yo tenía que transformar todo eso en algo que, siendo excitante, pudiese ser comprendido por personas que nunca iban a verse en situaciones así­. Y la clave estaba en acertar con los cambios. En saber qué debía suprimir, modificar o incluir.

En cualquier caso, ése es el método habitual en la escritura de reportajes. Los trabajos periodísticos acaban siendo, en definitiva, algo tan reelaborado como una novela. Son ficciones construidas a partir de una serie de datos verídicos, artificios donde la distancia entre lo vivido y lo contado es casi tan grande como en un texto basado sólo en la imaginación.

No en vano, en algunos episodios de La guerra del fútbol, usted recrea escenas que conoció más tarde a través del testimonio de otros, se inventa el desarrollo de acciones protagonizadas por líderes revolucionarios a los que ni siquiera llegó a ver en vida.

En esos pasajes me muevo dentro de los parámetros de la novela histórica. Ahí­ sigo los pasos del personaje, me figuro cómo actuaba y de qué manera se comportaba. Imagino lo que decí­a. Describo el efecto que sus modales y sus palabras provocaban entonces en la gente.

Me gustaba esa faceta del proceso creativo. Me gustaba excluirme del todo y acompañar al hombre o a la mujer real en sus momentos de celebridad o en los inmediatamente anteriores a su muerte. A veces tení­a incluso la impresión de poder alterar el curso de los hechos, de la Historia. Me sentía tan poderoso en el pequeño universo de mi relato que creía ser capaz de llevar a mis criaturas a un destino diferente, a un final feliz.

Ahora llueve en la capital de El Salvador. El señor Kapuscinski vuelve a mirar hacia la selva, hacia un punto lejano y fronterizo donde hace mucho tiempo se libró la guerra con Honduras. Antes de despedirme de él, le pregunto si al morir se acordó de algún ser humano en esas mismas circunstancias, si aplicó alguna lección aprendida en ese sentido.

Abrí­ los ojos todo lo posible y me quedé en silencio como hacen los miembros de la tribu yoruba, que en esos últimos instantes se callan para no entorpecer el tránsito de su alma.

Publicado en Sin categoría | Deja un comentario

Platero y yo, Juan Ramón Jiménez

Me he citado con el escritor andaluz a las afueras de Moguer, en el huerto de la Piña, el lugar donde está enterrado Platero. Es una mañana luminosa de principios de marzo. Ahora, sentado al lado del poeta, le pregunto si ha podido reencontrarse con su querido amigo.

Afortunadamente. Ésa es una de las pocas ventajas de la muerte. Permite la reunión de almas. Aunque también es verdad que las nuestras ya estaban unidas en el libro. Desde que yo lo escribí­. Desde que llegó a las manos de miles de lectores de todo el mundo. No se me ocurre mejor manera de permanecer para siempre cerca de alguien.

Sigue siendo una obra conmovedora un siglo después. Ha superado de sobra la prueba del tiempo.

Me alegra saberlo. Hay cosas que no cambian, que no envejecen. En la vida y en la literatura. La relación entre dos seres vivos no dejará nunca de interesarnos. De captar nuestra atención. Podrán variar los espacios y los momentos, las circunstancias y el tipo de sociedad en el que se desarrolle, pero la historia de un ví­nculo así­, su evolución a lo largo de las páginas, despertará una y otra vez nuestra curiosidad.

El hecho de que el relato trate de la amistad entre un hombre y un animal es un punto de partida prometedor. El autor tiene al lector de su parte desde el principio. Sí, porque se da una interpelación inmediata a su sensibilidad. Al origen de sus virtudes. A lo mejor de él.

Claro que no basta con eso. Ese material de primera calidad que maneja el escritor puede llegar a malversarse, a desperdiciarse. Sucede cuando hay un exceso de sentimentalismo, o cuando se convierte el libro en una fábula. Esos eran los riesgos que corría. Yo mismo lo menciono en un pasaje. Digo que lo último que deseo es hacer de mi narración uno de esos cuentos con moraleja para niños.

Cada capí­tulo es como un poema. Usted consigue un ritmo musical con tanta armonía que el lector se siente llevado en volandas, apenas se entera del contenido.

Y lo paradójico es que logré esa melodía gracias a la historia. Me refiero a que, debido precisamente a que me centré en las andanzas del narrador y su burro, el lenguaje me salió más poético que nunca. Quién sabe. Quizá no sea suficiente con una estructura técnica de versos y estrofas, de rimas y sonidos, para conmover. Quizá sea necesario un hilo narrativo para alcanzar la emoción. No un argumento cargado de sucesos, sino el seguimiento de la vida de alguien durante un periodo concreto, el relato de un destino particular. Porque entonces, una vez familiarizado con los personajes y sus pequeñas industrias, con su rutina sin importancia, el lector ya está preparado para sentir. Pero no ocurre de repente. Es algo progresivo. La música de las frases le acaricia y le mece, le procura placer a lo largo de la lectura, y es más tarde, en el desenlace de la relación con sus prolegómenos y sus consecuencias, cuando el texto acababa afectándole de verdad.

Aunque haya dos claros protagonistas en su libro, usted traza de un modo indirecto el retrato del mundo rural de la época, del espacio que conoció en su infancia, ¿no es así­?

Quería hablar de las personas sencillas que habitaban en esos pueblos. No me interesaban las personalidades, sino los individuos peculiares. No pretendí­a en ningún caso tocar asuntos graves ni profundos, nada que fuese coyuntural como la polí­tica o los problemas sociales. Querí­a describir el campo, los trabajos y las tareas sencillas en las que se empeñaban los hombres. Los juegos de los niños, los cambios de la naturaleza, el ciclo de las estaciones. Y, sobre todo, quería ver todo eso a través de Platero, de los ojos risueños de Platero. Que fuese él, en definitiva, quien me recordara a mí y a todos nosotros la importancia del cielo y de las nubes, del dí­a y de la noche, de los animales y de los árboles.

Empieza a atardecer en Moguer. Ahora llega hasta aquí­ una luz nueva, un destello distinto. Me he levantado para despedirme del señor Jiménez. Mientras estrecho su mano, veo unas mariposas blancas revoloteando a nuestro alrededor. Entonces él me dice:

Sí­, custodian el alma de Platero para siempre.

http://retratosycaricaturasdemiguelcoll.blogspot.com

 

Publicado en Sin categoría | 1 comentario