Historias de juzgado de familia

por Maite Ruiz Aquerreta

El jueves pasado, estuvimos en el juzgado acompañando a unos clientes que tenían cita para ratificarse en su divorcio de mutuo acuerdo. Me he quedado en una sala grande que hay fuera, mientras mi compañera abogada iba con ellos al despacho de la oficial del juzgado, que es donde tiene lugar el acto de ratificación. Así que ahí sentada, inevitablemente, he tenido que observar a quienes estaban a mí alrededor.

Había dos parejas.

Primero me he fijado en los de más edad…..unos cincuenta y tantos. No tenían buena cara ninguno de los dos. Él se le pasaba un pañuelo por los ojos….no podía reprimir las lágrimas….Ella parecía más contenida. Cada uno iba acompañado por su letrada, a la que miraban fijamente mientras ellas les exponían probablemente algo relacionado con lo que les había traído hasta este escenario. En un momento dado, las letradas se han puesto a hablar entre ellas, se han acercado y ellos de pronto, un poco huérfanos en esa inhóspita sala, y sin saber dónde colocarse, se han aproximado a donde estaban las abogadas (aunque a una distancia prudencial entre ellos y de las abogadas) y les miraban fijamente, aunque no tengo muy claro que entendieran el lenguaje jurídico que utilizaban en su conversación. Hablaban del asunto de sus clientes, y yo pensaba…… ¿Cómo se sentirán estas personas oyendo a sus abogadas hablar de ellos, sus bienes, sus hijos, en definitiva, de su vida? Parece que están viendo una obra de teatro en la que ellos son los protagonistas, pero no son dueños de nada de lo que pasa en escena…… Me ha transmitido mucha tristeza…., realmente, ¿Era esto lo que buscaban cuando contrataron a sus abogadas?, ¿era esto lo que querían?

Después he observado a la otra pareja. Estaban lejos, pero las miradas furtivas entre ellos, les delataba. Cada uno en una punta de la sala. También cada uno con su letrado. En este caso ya tenían las togas puestas, preparados para entrar en la sala de vistas. Estaban nerviosos, los clientes y los letrados. También a los abogados se les veía tensos……. Debe ser que para ellos entrar en la sala de vistas es como presentarse a un examen. Para el abogado, entrar en esa sala, supone perder el control del proceso, y depende de cómo gestionen la situación ahí dentro, pueden perder, además del asunto, la confianza de su cliente, parte de su prestigio y como no, dinero (que está detrás de todo lo anterior)…. ¡Cómo para no estar tenso!

Ha entrado una funcionaria y ha llamado por su nombre a los letrados, y les ha dicho que la juez quería estar con ellos antes de la vista para intentar llegar a un acuerdo. ¡Qué bien! He pensado…..puede ser que todavía estén a tiempo de evitar airear su intimidad en una sala del juzgado. Puede ser que estén a tiempo de evitar hacer pública su vida en una sala en la que hay alguien que va a decidir por ti, para ti y además, para el resto de tu vida…. Y entonces me he fijado como la clienta, de unos treinta y tantos, de manera discreta pero firme, le ha dicho a su letrada: “¡no cedas nada!”. Buffff……. No se da cuenta de que tiene una oportunidad de no pelear, de no litigar, de no perder la relación que tienen que tener…. por su edad, seguro que tienen algún hijo y será pequeño…. que les necesita a los dos, a su padre y a su madre, y sufrirá si no son capaces de salvar de su ruptura de pareja, la relación que tienen que tener como padres.

Me ha dado también mucha tristeza…. ¿Son conscientes del camino que inician? ¿No hay nadie que pueda ponerles en la realidad de lo que les espera? Probablemente es el primer juicio que tienen en su vida…. ¿Pueden calibrar el coste emocional que va a tener en sus vidas y en las de sus hijos? Sinceramente creo que la ignorancia nos hace tomar decisiones que no tomaríamos si tuviéramos información suficiente.

Son dos parejas diferentes, dos circunstancias distintas, pero ambas en esa sala, me han transmitido tristeza….

Nuestros clientes también lo estaban. También para ellos ha sido un momento difícil y triste. Pero han establecido de manera conjunta como quieren vivir en adelante y tienen muy claro qué líneas rojas no deben cruzar por su bien y el de sus hijos.

Y nos hemos ido. Nuestros clientes se han despedido entre ellos dándose dos besos en la mejilla. Se han ido tranquilos.

¡Seguimos en contacto!

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