x
Diario de Navarra | Facebook Se abrirá en otra página Diario de Navarra | Twitter Se abrirá en otra página Hemeroteca Edición impresa Boletines
Mi Club DN ¿Qué es? Suscríbete

La Hemeroteca
    Navarra

Bajo control del proxeneta

Un periodista observa durante 30 días las idas y venidas de un proxeneta, las chicas y los clientes en un portal que lleva sufriendo esta situación cuatro años

Actualizada Viernes, 11 de marzo de 2011 - 04:00 h.
  • I.B./C.R. . PAMPLONA

PARECE su padre. Se pasea por el barrio, sin esconderse, a plena luz del día. "¡Da asco! Se agarra a ellas. Las abraza. Y su aspecto, el de esas chicas africanas, es tan frágil", expresa una comerciante de la zona, en el barrio de la Rochapea.

Le llaman el Vikingo por su aspecto normando. Es alto, mide aproximadamente 1.90, de complexión fuerte, luce una amplia melena rubia, casi canosa, recogida en una coleta. Siempre viste con chaleco. "Estamos cansados de verle actuar así. ¿Por qué hay tanta impunidad? Todo el mundo sabe que es el proxeneta". Una de las mujeres que sufrió su explotación lo confirma: "Sí, le conozco. Es proxeneta y cobra nuestro dinero. Pero tengo miedo a hablar de él".

Al Vikingo se le suele ver llevando y trayendo colchones. A primeros de mes, siempre a primera hora de la mañana, aparece acompañado de un hombre corpulento y negro que lleva un maletín. No son clientes. Tienen llave del portal. Suben y entran.

Es domingo. Un domingo cualquiera. Han pasado cuatro años desde que se comenzara a utilizar uno de los pisos como centro de prostitución. Da igual la hora. Sucede por la noche y por el día. Los clientes orinan, escupen, dejan botellas en el rellano, vacían los extintores... Los vecinos ya no saben qué hacer. Los clientes no se sienten disuadidos por las llaves de seguridad que la comunidad ha puesto en el ascensor ni las cámaras que controlan el acceso parecen dar resultado. Las prostitutas esquivan las medidas de seguridad a su antojo.

Normalmente es la más veterana de todas, la "jefa", como se les conoce en este mundo, y en permanente contacto con el proxeneta, la que baja al portal y acompaña a los clientes al piso. Si coinciden con algún vecino, las chicas responden tímidamente, procurando evitarlos. Los clientes son de todas las edades. El precio del servicio no supera los 20 euros y es negociable. "Es un piso patera. Nadie sabe cuántas chicas hay exactamente. Rotan por semanas", indica un vecino.

En la calle, se respira calma absoluta. Al trasiego de proveedores, que cargan y descargan en los comercios cercanos, se suma el juego de los abuelos con su nietos en un parque. Nada indica que a escasos metros del parque se está esclavizando y explotando sexualmente a varias chicas nigerianas. Y que unos portales más allá, haya otro piso de prostitución, en este caso de lujo.

Unas semanas antes, según los vecinos, agentes de paisano llamaron a la puerta del piso e identificaron a algunas de las chicas, sin entrar. No pudieron hacer mucho más. Todo estaba en orden. La "jefa" goza de un contrato de trabajo como interina.

La comunidad manifiesta que las chicas no son ruidosas, y que no tienen nada contra ellas, "¡todo lo contrario!", enfatizan, "se les ve tan endebles". El problema estriba en el comportamiento de los clientes, "que llaman al telefonillo a altas horas de la madrugada y a cualquier piso. Ha sido muy grande el coste económico. Hemos invertido para persuadirles, y los clientes siguen subiendo. Cuando coincidimos con ellos nos mienten, dicen que van a otro piso". Se lamentan de los robos que han sufrido y del miedo que les implica dejar a sus hijos solos en casa. "No hay una hora fija. Los clientes pueden aparecer a cualquier hora del día o de la noche". Han interpuesto denuncias, han pasado cuatro años, y, sin embargo, no hay resultados. En los papeles del alquiler del piso aparece como empresa arrendataria una inmobiliaria. "El día que se les llama para a reuniones de la comunidad no aparecen. Siempre hay una excusa".

El piso alberga cuatro habitaciones y residen cuatro chicas africanas durante cortos espacios de tiempo. Una de ellas, la "jefa", es la que controla, siempre siguiendo las órdenes por móvil de este hombre blanco de unos 50 años. El Vikingo, al parecer también dirige otros pisos de prostitución en Pamplona. Es fácil encontrarse con él. No se oculta por el barrio.

A las once y media de otra mañana cualquiera, dos de las chicas de este piso salen del portal cargadas con dos maletones y dos mochilas a la espalda. Les toca dejar el piso para cambiarse a otro. "Rotan", indican fuentes policiales, "para que los clientes no se cansen. En otros casos, estos cambios se deben a la menstruación, así sucede en algunas ciudades de España. Cuando les baja la regla las retienen en algún punto". Una de las chicas regresa al portal, se ha olvidado algo. El periodista sube en el ascensor con ella, hasta el mismo piso, aprovecha para entablar conversación.

-¿Vivís en este edificio?

-No, responden

-¿De dónde sois?

- De Nigeria

- Sois muy jóvenes, ¿no?

- Sí- ríe cabizbaja. En su rostro se manifiesta una gran tristeza.

Dos minutos después, vuelve a bajar con otra bolsa en la mano, salen del portal y se alejan con prisa, paseo arriba, arrastrando sus maletones.


Comentarios
Te recomendamos que antes de comentar, leas las normas de participación de Diario de Navarra

© DIARIO DE NAVARRA. Queda prohibida toda reproducción sin permiso escrito de la empresa a los efectos del artículo 32.1, párrafo segundo, de la Ley de Propiedad Intelectual